“Abstención: algo pasa”

No hay soluciones fáciles, pero el efecto de ampliar el involucramiento activo de los ciudadanos bien vale el esfuerzo.

07-11-2016

Todo régimen democrático requiere participación electoral para la elección de representantes y la toma de decisiones. Mientras mayor es la participación, mayor la probabilidad de que todas las preferencias presentes en una sociedad se manifiesten y sean representadas, y de que las elecciones e instituciones cuenten con alto grado de legitimidad. Sin embargo, esto no implica que exista un parámetro fijo u objetivo que defina cuánta participación es necesaria para asegurar dicho funcionamiento, ni cuánta abstención puede mermar la legitimidad del sistema.

La experiencia internacional es muy variada respecto de cuánto participan los ciudadanos en elecciones. Desde 1990 ha disminuido levemente la participación electoral a nivel mundial (de un 65% a un 61%), pero con alta variación entre regiones y países: en la Ocde disminuye 11 puntos porcentuales (del 75% al 64%) y en América Latina aumenta 8 puntos (de un 63% a un 71%). Más aún, la relación entre calidad democrática y participación no es automática ni lineal. No toda democracia consolidada concita altos niveles de participación electoral, pero la realidad actual sí muestra una relación virtuosa, donde los mayores niveles (tomando la última elección legislativa reportada por Idea Internacional) se producen en democracias de Europa Occidental, Oceanía y las Américas: Noruega, Suecia, Australia, Holanda, Alemania, Italia, Canadá, Uruguay, Perú, Argentina y Brasil (todas sobre el 60%). En el otro extremo, niveles menores al 30% se encuentran solo en democracias tardías de África y Medio Oriente como Liberia, Costa de Marfil, África Central y Afganistán.

La proporción de votantes depende de una variedad de factores: tradiciones históricas, reglas electorales, grado de politización y competencia, solidez del sistema de partidos, entre otros. Así, además de observar los niveles absolutos de participación es importante analizar las tendencias, los cambios a lo largo del tiempo. Estabilidad en un bajo nivel de participación -como el caso de Colombia- puede tener un efecto distinto que una caída drástica como viene ocurriendo en Chile.

Aquí participó un 87% de la población en edad de votar en las elecciones parlamentarias de 1989, y solo un 51% en las de 2013. Una caída de 36 puntos porcentuales y una pérdida de más de 1,5 millones de votos en un contexto donde la población en edad de votar aumentó casi cinco millones. Esta es una de las caídas más agudas a nivel mundial y contraria a la tendencia en América Latina. Entender sus causas y evaluar sus efectos no es simple; es un proceso de largo aliento donde confluyen factores más estructurales con otros procedimentales y de más corto plazo.

Naturalizar no solo la abstención, sino su aumento sistemático, no contribuye a fortalecer el sistema democrático y su legitimidad. Esto no implica asumir una actitud alarmista, ni atribuir efectos mecánicos sobre el funcionamiento institucional, pero sí enfrentar el fenómeno como un desafío de manera directa y colectiva. No hay soluciones fáciles, pero el efecto de ampliar el involucramiento activo de los ciudadanos bien vale el esfuerzo.

Disponible en Voces de La Tercera