“Araucanía, la historia sin fin”

¿Qué llevó a un pueblo pacífico, a una cultura apegada a los protocolos del diálogo y la diplomacia a recurrir a la violencia? En lo persona

16-12-2015

El pasado fin de semana la Presidenta Bachelet habló con revista Sábado sobre la situación actual del gobierno y también sobre el conflicto en la Araucanía. “Sí, por supuesto. Voy a ir pronto”, fue su lacónica respuesta al ser consultada sobre una posible visita al sur. Para quien no lo sepa, la Araucanía es la única región donde la mandataria no registra todavía una visita oficial. Y la única del país donde un conflicto interétnico no resuelto amenaza con hacer estallar su ya fragmentada convivencia social. “Voy a ir pronto”, respondió la mandataria. Quizás se refería a las vacaciones y a su casa de veraneo en Caburgua. A estas alturas uno nunca sabe.

No se trata de un tema trivial o de simple protocolo. Si la Araucanía reclama su presencia es porque el conflicto lejos de arribar a una solución, empeora cada día. Y la responsabilidad, seamos claros, es casi exclusiva de La Moneda. Desde la abrupta salida de Huenchumilla y la renuncia del gobierno a un abordaje político, las cosas han ido de mal en peor al sur del Biobío. Protesta social, represión, otro camión quemado para las estadísticas. Acción, represión, acción. Y la espiral de violencia que lejos de terminar se incrementa con cada torpeza gubernamental. Un deja vu del primer gobierno de Bachelet y aquel diálogo de los calabozos en el Bicentenario de la República.

Burgos, cuánta razón la de Huenchumilla, lejos está de comprender el conflicto. Y mucho menos lo peligroso de su evolución. Su ex asesor en La Moneda, Andrés Jouannet, lo convenció que el conflicto chileno-mapuche no existe. Se trataría de simple delincuencia rural, es decir, de habilosos patos malos escudados en la “causa indígena”. A lo más estaríamos en presencia de una “tensión intercultural”, similar a la posible de observar entre peruanos y chilenos en un abarrotado cité de Santiago. Es lo que Jouannet habló al oído a Burgos durante meses. Su esfuerzo fue premiado con la intendencia de la Araucanía. El pasado domingo, en El Mercurio, Jouannet habló largo y tendido de ello. De la delincuencia. Del estado de derecho. Y del conflicto que no existe.

Bastante poco original Jouannet. Libertad y Desarrollo ha defendido por al menos dos décadas la misma tesis. También la derecha con los diputados Edwards y Paulsen como guaripolas. Y ello pese a los informes de tres relatores de la ONU, sendos fallos de la Corte Interamericana y al menos tres informes del INDH. Con todo, que así lo crea la derecha no preocupa mayormente. Si oírlo de Bachelet. “En la Octava y Novena regiones hay violencia pero que es delincuencia. No es un tema ahí de tipo étnico, es otro tipo de temática”, señaló la mandataria en su entrevista con revista Sábado. El diagnóstico de la derecha terrateniente sureña y de cuanto general de zona ha pasado por la Araucanía, hoy en boca de la Jefa de Estado. No aconteció tal cosa ni siquiera con el tándem Piñera-Hinzpeter.

El razonamiento, por sus consecuencias, créanme resulta escalofriante.

Si el conflicto chileno-mapuche no existe, el tema no es político, es de simple seguridad pública. De allí los blindados con los cuales Burgos se fotografió sonriente en Temuco. De allí el “acuerdo público” anunciado en el Senado por Aleuy para el mes de enero y en que participarían “jueces, fiscales y policías”. Nótese los actores del acuerdo. Ninguna comunidad, organización mapuche o sector involucrado en el entuerto. Y es que es obvio; el conflicto chileno-mapuche no existe. Es solo delincuencia, robo de madera y, en último caso, agitación extranjera. ¿Les cabe alguna duda? Lean por favor a Sergio Villalobos. Aprenderán de paso que los mapuche tampoco existen. Jouannet, si bien no lo ha dicho, convencido estoy lo cree a pie juntillas.

Pero –lamentablemente para algunos- los mapuches si existen. Y el conflicto también. Y por cierto la violencia política, fenómeno estudiado entre otros por el historiador Fernando Pairicán, autor de “Malón, la rebelión del movimiento mapuche”. Disponible hace más de un año en librerías, fue el libro que Huenchumilla recomendó al ministro Burgos cuando aún estaba en el gobierno. Mi sospecha es que Burgos nunca lo leyó. O que su comprensión de lectura es bien como las reverendas. El estudio revisa el movimiento mapuche desde los años 80 hasta la actualidad. Y subraya el ascenso de la violencia política como estrategia de lucha de diversos lof y reducciones mapuche. Debiera ser lectura obligatoria en La Moneda.

Y es que el conflicto si existe, es real y ¡vaya si lo saben las víctimas! También es real la violencia política, utilizada como forma de resistencia, autodefensa o bien para llamar la atención del gobierno por diversos grupos. Ello y no otra cosa son los camiones calcinados en la carretera. Un grito. Un mensaje. Un llamado de atención. Negarlo a estas alturas resulta un despropósito. Esta violencia hasta tiene fecha de inicio; 1 de diciembre de 1997. Aquel día, tres camiones madereros fueron emboscados en las cercanías de Lumaco por comunidades en conflicto con Bosques Arauco. Fue el estreno de una vía, de un camino, que desde entonces asumieron también otros. Y que no ha parado. Ni por asomo.

¿Qué llevó a un pueblo pacífico, a una cultura apegada a los protocolos del diálogo y la diplomacia a recurrir a la violencia? En lo personal tengo una teoría; el blindaje de los gobiernos al patrimonio de la industria forestal. He allí la madre del cordero. Hablamos de más de un millón de hectáreas. Y de conflictos interminables que vía represión y encarcelamiento fueron radicalizado hasta el mapuche más diplomático. Pocos han caído en cuenta de la evolución del conflicto; de zonas madereras de Arauco y Malleco a fines de los 90’ a los valles agrícolas de Cautín en la última década. El jamón del sándwich, los parceleros mestizos pobres de Ercilla. Allí están, abandonados a su suerte por el estado y por defensores de la propiedad que siguen distinguiendo víctimas de primera y segunda clase.

El despido de Huenchumilla uno hasta cierto punto lo entiende. Su propuesta, diseñada en 2014, cero posibilidades tuvo en el año de Caval, SQM y el desplome del gobierno en las encuestas. Consideraciones de real politik sellaron la suerte del ex intendente en el gobierno. ¿Es ello condenable de buenas a primeras? En absoluto. De ello también trata el arte de gobernar. De tomar decisiones, impopulares muchas veces. Pero sucede que en la Araucanía hay un tema pendiente que es grave y que se arrastra por más de un siglo. Y que diagnósticos y abordajes equivocados han traído como consecuencia protestas, crímenes, atentados y una convivencia interétnica que en no pocas zonas pende de un hilo.

Es allí donde las consideraciones de real politik, a mi juicio, no caben con la Araucanía. ¿Será consciente Bachelet que renunciar a un abordaje político implica dinamitar la paz social en la región? Hoy la Jefa de Estado nos dice que el conflicto no existe, que es un tema de delincuencia, dejando en manos de la justicia y las policías la resolución del problema. El retroceso en el análisis resulta sorprendente. Y terrorífico. “Hemos retrocedido 20 años en materia indígena”, señaló Huenchumilla en una reciente entrevista. Vaya si tiene razón. Hoy Bachelet y el ministro Burgos son los principales promotores de la violencia en la Araucanía. La negligencia de ambos es la que nos tiene como estamos. Ya es hora que alguien lo diga.


Disponible en Voces de La Tercera.

* Fotografía de La Tercera.