“Balas de plata”

En el 2011 no marchábamos porque conociéramos la solución, sino la necesidad. Algunos olvidan que el 80% de la población apoyó ese movimiento. Quien lo prefiera negar, seguirá relegado por un buen tiempo en los potreros electorales.

28-08-2014

A cinco meses del gobierno de Michelle Bachelet, comienzan a escucharse nuevas voces altisonantes. Digo nuevas, porque hasta poco antes, las que sonaban fuerte venían de la calle. Esta vez, los gritos provienen de la plata. Lugar donde ella es el tema principal, se escuchan rezongos. Culpan furiosamente al gobierno y, de manera puntual, a las reformas que echó a andar. Menosprecian la desaceleración mundial, y algunos, los encapuchados, aseguran que Bachelet nos llevará a la recesión. Para darle un toque dramático, agregan que de aquí a fin de año habrá cerca de 200.000 nuevos cesantes. Si de verdad los hay, el asunto será grave, pero aún es temprano para lamentarse por esa desgracia. Nadie duda de que la economía avanza a la baja. Lo dicen las cifras y el propio ministro Arenas lo reconoció en una entrevista este fin de semana. Así como las demandas del 2011 no fueron un invento, no es de la nada que provienen estas alharacas. Para algunos, de hecho, se trata de una noticia que los estimula y que a ratos ellos mismos parecieran querer estimular. La posibilidad de una crisis económica es percibida como un arma inigualable para combatir las reformas estructurales. La demostración de que cualquier esfuerzo socializante trae consigo mayor pobreza.

Así es el mundo de la plata. La sola amenaza de ganar un poco menos los enloquece. Si algo renta poco, es peor que si renta más… y punto. No consiguen entender que a veces hay que detener el tren para subir pasajeros caídos. En esas cabezas no cabe el mediano plazo. Esquemáticamente hablando, funcionan muy parecido a los jóvenes revolucionarios. Se frustran rápidamente. Solo tienen ojos para dos escenarios, uno aceptable y otro calamitoso. Cuando el ruido de las monedas cesa, es como si la muerte muda los acariciara, y comienzan a chillar. Resulta bastante esperable que en un período de cambios se genere incertidumbre. Ni la Reforma Tributaria ni la Educacional han terminado de cuajar, de manera que para un apostador es tiempo de espera. De lo que no caben muchas dudas es de que para emprender un nuevo envión los ajustes planteados deben realizarse.

El “cómo” está buscando su curso. En el 2011 no marchábamos porque conociéramos la solución, sino la necesidad. Algunos olvidan que el 80% de la población apoyó ese movimiento. Quien lo prefiera negar, seguirá relegado por un buen tiempo en los potreros electorales, así como quien imagine que se trata de ansias desesperadas que claman por una refundación, parece no saber lo que en verdad es la desesperación. El gobierno entiende que no se puede permitir un bajón económico prolongado, y que para superarlo requiere la complicidad de los plateros privados. Arenas necesita conquistar el respeto de los agentes económicos, y estos, a su vez, entender que no viven solos. Una mano lava a la otra, y si todo funciona bien, las dos lavan la cara. ¿Cómo es posible que el Choclo Délano, un tipo infinitamente millonario, evada impuestos de manera tan descarada? ¿Es cierto que todos los ricos lo hacen? Porque si es verdad, es harto ridículo que pidan confianza, cuando en ellos no se puede confiar.

Disponible en The Clinic