“Chile está cambiando”

A los chilenos, cada día con mayor fuerza, les incomoda el trato que los mapuche reciben en Chile.

11-07-2014

Siete de cada 10 chilenos se mostró a favor de las demandas mapuche. Así lo reveló el último sondeo mensual de Cooperativa, Imaginacción y Universidad Central sobre diversos temas nacionales. No sólo eso. El 76,9% de los chilenos considera que el Estado de Chile está “en deuda” con el pueblo mapuche, un sorprendente 83,9% respalda una cuota de representantes indígenas en el Congreso Nacional, mientras que un 59,7% respalda además la idea de un “territorio autónomo” en la zona sur del país. El estudio se centró en 600 casos en las ciudades de Santiago y Temuco. Y si bien existen diferencias de hasta 20 puntos en los resultados de ambas ciudades -los santiaguinos son lejos más pro mapuche que los sureños, algo de toda lógica, están menos “contaminados” por el conflicto-, el sondeo refleja algo que cae de maduro. Hablo de la creciente adhesión de muchos chilenos con un reclamo que valoran justo, con una causa que sospechan legítima, y por qué no decirlo, tremendamente necesaria.

Alguien podría suponer que sólo trata de paternalismo o sentimientos de culpa. Tengo mis dudas. Pudo ser así en los 90’. Hoy creo trata de algo mucho más profundo. No es simpatía por los “pobres mapuchitos”; trata de la necesidad que Chile salde deudas pendientes con su historia y su democracia en rodaje, y ello pese a los medios y su eterno abordaje policial del tema; a la clase política, interesada más en administrar el conflicto que resolverlo; y a la torpeza de gobiernos que se sucedieron sin cambios profundos en sus políticas indígenas. A los chilenos, cada día con mayor fuerza, les incomoda el trato que los mapuche reciben en Chile. Y ello, no nos hagamos los lesos, pese también a los propios mapuches. ¿Cuánto ayuda que algunos grupos, pequeños pero existentes, sigan promoviendo la violencia como “herramienta” de lucha? O la incapacidad mapuche para incidir en la agenda. Hablo de la agenda política de quienes detentan el poder, que de la policial y judicial mejor ni hablar.

En la batalla por la opinión pública, clave en cualquier conflicto, la causa mapuche viene anotando triunfos desde los 90’. Mucho ayudó en ello la coyuntura continental del “Quinto Centenario” y la figura de un veinteañero Aucán Huilcamán, que encarnó la rebeldía mapuche frente a un “estado de cosas” que no aguantaba más. Los 90’ fueron años de protesta, de alzar la voz, de gritar marrichiweu (“diez veces venceremos”) y de separar aguas los mapuches de numerosas ideologías foráneas -el izquierdismo revolucionario una de ellas-, cimentando de esta forma una utopía propia. De los 90’ data la bandera mapuche, la recuperación del “Wiñoy Tripantu”, el retorno de las /los machi y los lonko al primer plano y los primeros “Nación Mapuche” garabateados en los muros de Temuco. También las incomprensiones y tomaduras de pelo. Como la Ley Indígena, mutilada al estilo Jason de “Viernes 13” en su paso por el Congreso. O las represas Pangue y Ralco, símbolos de un Chile que poco y nada entendía del tema mapuche. Ni buscaba tampoco entender.

Si los 90’ fueron años de reclamo, la primera década del nuevo siglo llevó a los mapuches a pasar de los dichos a los hechos. Surgieron la CAM y un abanico de nuevas organizaciones, con postulados de control territorial, autonomía y nacionalismo. Y florecieron generaciones mucho mejor preparadas para los retos del siglo XXI. La llamada “intelligentsia” mapuche, ese batallón de profesionales y técnicos universitarios que hoy conquista espacios laborales y cargos públicos impensados para sus abuelos. El periódico Azkintuwe, sitios de internet como Mapuexpress, libros como “Recado confidencial a los chilenos”, “Escucha Winka” o “Reducciones”, dieron cuenta de esta nueva trinchera de lucha, menos heroica que la disputa de tierras pero igual de valiosa. Hablo de la batalla de ideas, de la disputa por hegemonía en los medios, en los discursos y, tal vez lo más importante, en los corazones de la opinión pública. Una batalla hasta cierto punto exitosa, a la luz de la encuesta que hoy les comento.

Y es que así como el pueblo mapuche cambió, también Chile está cambiando. Patricio Aylwin, en 1992, aplicó la Ley de Seguridad Interior del Estado por las “tomas de fundos” y el izamiento de la bandera mapuche en Temuco. Fernando Chuecas, entonces Intendente de La Araucania, llamaba “delincuentes comunes” a quienes protestaban y “trapo” a dicho emblema creado por el Consejo de Todas las Tierras. Hoy ese trapo corona municipios, marchas estudiantiles, conciertos de rock y barras de fútbol en todo el país. Hasta en el aeropuerto de Santiago la venden. Y como pan caliente, me consta. Hace pocos días, con mi hija, visitamos el primer centro invernal administrado por mapuches. Se llama “Los Arenales” y está ubicado a 8 kilómetros de la comuna de Lonquimay, montaña arriba. Lo administra la “Comunidad Bernardo Ñanco” y es de una belleza que emociona. Allí, en plena cordillera nevada, nos encontramos con el “trapo” de los 90’ flameando al viento. Turistas y mapuches se fotografiaban orgullosos a su lado. Amankay, mi hija, la más entusiasta.

Si, Chile está cambiando. Y ese cambio mucho tiene de generacional, de nuevos brotes. En tiempos de redes sociales e infinito acceso a información alternativa, los arrebatos del mundo conservador frente a la demanda mapuche remiten a oscurantismo medieval. Es lo que no captan en la UDI y en RN. Insisten por estos días en querer interpelar al ministro del Interior y en que se aplique aquel engendro legal llamado Ley Antiterrorista. Les preocupa la “paz social” en La Araucanía, aseguran. ¿Cuál paz social? ¿La de los vencidos o de los vencedores? Siete de cada 10 chilenos ya no compra ese discurso. Enhorabuena. ¿Cómo lograr que a futuro sean 10 de cada 10? Hoy, tengo la impresión, una declaración a favor de la causa de Jean Beausejour suma mucho más que una violenta jornada de protesta callejera en Temuco. Conectar con los tiempos y con la temperatura social ambiente, un desafío ineludible a la hora de hacer política y “comunicar” cosas. Pasar de la protesta a la propuesta y del emplazamiento a la invitación. La sociedad chilena, quiero creer, está madurando en su comprensión del conflicto. Sigamos dándole una mano.

Disponible en La Tercera