“Cuestión de legitimidad”

La manera de alcanzar mayor legitimidad es exigiendo que los debates sean transparentes e inclusivos.

20-07-2014

CON ALGO de amargura han reaccionado algunos personajes del oficialismo frente a la lluvia de críticas que se dejó caer por la manera en que se adoptó este preliminar acuerdo tributario. Se quejan de la absurda incomprensión de los que no valoran el objetivo alcanzado y, en cambio, parecen poner el acento sólo en esas “pequeñeces” procedimentales. Pues bien, el afán de quienes ponemos el énfasis en la importancia que debe otorgárseles a las formas se debe a la convicción de que el fundamental problema de nuestra convivencia política tiene que ver con la falta de legitimidad.

Legitimidad. Esa que sostenidamente han ido perdiendo las principales instituciones que representan a los electores, me refiero al Congreso y los partidos, ubicándonos en los países con mayor nivel de desconfianza ciudadana hacia su clase política dirigente. Y lejos de simplemente explicarse por el contexto de una tendencia mundial, las cifras muestran que hace mucho tiempo enfrentamos un grave problema, de carácter estructural y particular, el que hemos minimizado y desatendido.

Legitimidad. Esa que también abandonó a la Concertación en un momento de su historia, dando paso al triunfo de la derecha después de 50 años de no acceder de manera democrática al gobierno. La Nueva Mayoría, dicen sus autores, no sólo fue un empeño semántico, al que nominalmente se le agregaron algunas otras fuerzas políticas. Por el contrario, quiero creer, o al menos así se planteó, que constituía un genuino esfuerzo por volver a generar una mayoría social y política en torno a un programa de cambio y transformación.

Legitimidad. Esa que sí tuvo Bachelet con motivo de un arrollador e histórico triunfo en las elecciones, cuya principal consigna fue decididamente enfrentar la desigualdad por medio de corregir las enormes asimetrías del poder político, económico y social que persisten en nuestra sociedad. Para lo cual, y anclada en un profundo anhelo ciudadano, prometió una nueva Constitución, reforma tributaria y educacional, como justos instrumentos para distribuir respectivamente dicho poder.

Legitimidad. Esa que se pone en duda cuando un proyecto tan importante y emblemático como la reforma fiscal termina decidiéndose por pocos actores, algunos sin representación política alguna, sea en el living de un economista, en la cocina de una comisión o en una sala atiborrada de dirigentes gremiales, donde uno sale reivindicando la paternidad. De hecho, lo mismo vale, ahora al revés, para la reforma educacional, en la medida en que los dirigentes estudiantiles también constituyen un particular grupo de presión, como existen tantos otros.

Legitimidad. Esa que no conseguiremos reemplazando nuestra institucionalidad con la voz de la calle, el poder empresarial o la línea editorial de algunos medios. De hecho, junto con los urgentes cambios para fortalecer su representación, la otra manera de alcanzar mayor legitimidad es exigiendo que los debates sean públicos, abiertos, transparentes e inclusivos.

Disponible en La Tercera