“Cump(le)añero Parra”

Nicanor nació cuando se viajaba a pie. Siendo niño, caminó por la berma de los caminos de la mano de su madre. Iban de un pueblo a otro persiguiendo a su padre fugitivo.

04-09-2014

Nicanor nació cuando se viajaba a pie. Siendo niño, caminó por la berma de los caminos de la mano de su madre. Iban de un pueblo a otro persiguiendo a su padre fugitivo. Nicanor Parra Parra, entre otras cosas, tallaba tapas para las pipas. ”Las pipas” eran los recipientes enormes en que se guardaba el vino. Junto a ellas “el papá” se ponía a cantar. “De las pipas –me cuenta-, se pasó a los barriles, después a la damajuana, después al chuico, hasta llegar a esto, a la botella”, y apunta el envase que está sobre la mesa, y uno tiene la sensación de haber recorrido el siglo XX con él y la mutación de los recipientes. Habla de un Chile en que todos los hombres estaban borrachos a las seis de la tarde. No era hombre el que no tomaba.

Es ni más ni menos que el hermano mayor de Violeta Parra, esa mujer que en el imaginario de un niño vivió en los mismos tiempos de Bernardo O`Higgins. Es decir, en la Historia. Antes de suicidarse, la cantora le dejó a él su última carta. “Qué gran tipo es Nicanor. Sin él, no habría Violeta Parra”, escribió poco antes de apretar el gatillo. En esa carta asegura que el presidente Frei es un farsante, que Fidel es un romántico y que Lenin se equivocó. Despotrica, también, en contra de los ultra izquierdistas. “Los revolucionarios clandestinos le han quitado una luchadora legal al país”, reclamó. Para el Nica, sin embargo, la frase medular de esta carta es otra: “¡Me cago en los discursos de despedida!”.

Contó que una vez su hermana se le apareció en sueños y le preguntó por qué no se mataba. El problema le dio vueltas durante un buen tiempo, nada muy nuevo en él, porque a Nicanor de pronto se le meten cosas de distinta índole en la cabeza, y las desmenuza de tal manera, que ninguna pregunta vale más ni menos que esa sobre la muerte. Una de las respuestas que barajó se la dio un sabio oriental cuando le consultaron si estaba preparado para morir. “Sí, contestó, y para vivir otros mil”.

Pero con Parra no existen las respuestas definitivas. Apenas encuentra una, busca otra. “Amor, amor, amor, que no se formen parejas”, le escuché recitar un día. Una de sus máximas predilectas invita a vivir la contradicción sin conflicto. Valga aclarar que ninguna de estas son declaraciones al azar. El cump(le)añero es de mente rigurosa. Mal que mal, estudió Física Teórica y tradujo un gigantesco mamotreto sobre el asunto: Foundations of Physics, de Robert Bruce Lindsay y Henry Margenau. Según él, siempre ha sido bueno para comer, incluso ahora. “¿Por qué no engordé? El problema es de acá arriba, no de la guata. Si tú piensas y piensas y piensas te gastas todas las calorías. Y yo estaba todo el tiempo en eso. ¿Y ahora qué?”
Concluyó que el mundo es finalmente incomprensible. “Son demasiadas las variables ocultas”, argumenta. Es decir, muy pocos los datos con que contamos frente a la inmensidad de los que desconocemos, de modo que se vuelve imposible afirmar algo rotundamente. No es racional quien cree tener la última palabra. Cuando se habla de política, apela a jugar con “todas las cartas del naipe”. Es lo que busca la antipoesía al preferir el habla de la calle a las iluminaciones internas.

Nunca ha sido un militante furioso. El suyo es un pensamiento que no resiste compromisos. Aunque aparenta lo contrario, su pasión es el equilibrio. Las otras pasiones, las que se desbordan, le producen temor y desconfianza. “¡Loquitos no!”, me dijo un día. Este barco lleva un siglo sorteando tempestades sin perder el rumbo. Cabría imaginar que estuviera cansado, que lo tiente la jubilación definitiva. Pero no, la curiosidad es más fuerte. Si se le pregunta en qué está, no es raro que responda: “buscándole el cuesco a la breva”.

En un período de dos años se obsesionó con los narco corridos, después con el tango y ahora le dio con la “cueca apianá”, es decir, la cueca chora. Últimamente, ni Shakespeare lo convence del todo. Es un genio disolviendo grandes planteamientos. A dicha habilidad le ha llamado “humor chillanejo”, la técnica de Hamlet –el joke maker-, o “verónica”, que es lo que hacen los toreros con su mantilla roja cuando dejan pasar al toro. Meses atrás, en el restorán El Kaleuche, un tipo que llevaba largo rato mirándolo se acercó a él en actitud sospechosa y lo interrogó enfáticamente: “Tú, huevón, eres comunista como tu hermana Violeta, ¡¿sí o no?!” A lo que respondió: “Sí, pero díscolo”. “El hombre, contó Nicanor, quedó perplejo, y yo salvé ileso”.

Su filosofía es tan vacía como la democracia. Ahí las prédicas de los sacerdotes valen lo mismo que el grito de un verdulero, las piedras preciosas conviven de igual a igual con los palos tallados, y las grandes construcciones mentales comparten territorio con las preocupaciones de los niños. “Hay que darle más bola al discurso infantil”, recuerda cada tanto. A continuación, recita frases de sus nietos. No son las declaraciones “inteligentes” las que quedan reverberando en su cerebro, sino las inclasificables. Es muy raro que cite a un académico o a un pensador. Su cantera de frases célebres está en otras partes: en la prensa, el barrio, los amores y los libros olvidados. La antipoesía está bien lejos de ser un chiste, o al menos un chiste pasajero. Contiene la construcción ideológica, o anti ideológica, más completa y original que pueda hallarse por estos lados. En vez de articular un discurso, enseña la técnica para no dejar discurso en pie. Consiguió, como si fuera poco, penetrar nuestra cultura con las mismas palabras sencillas de donde la extrajo. Su estrategia: poemas disfrazados de antipoemas. Apostar siempre a la otra cara de la medalla para insistir en que no existe una moneda sin las dos. En la inmodesta historia de la literatura chilena, a la voz del pueblo enfrentó la voz del individuo, y a la Cordillera de Los Andes, la Cordillera de la Costa.

Nada en él se emparenta con la derecha nacional. Si acaso se le puede considerar un liberal, sería un liberal popular. Sus argumentos no provienen de la economía. Los millonarios nunca le han llamado mucho la atención. De hecho, no recuerdo que haya rescatado frases salidas de sus bocas. No obstante, los conquistó a todos. Hoy cuesta encontrar a alguien que despotrique contra Parra, y eso que alguna vez no halló asilo en ningún lado. Entró al panteón de los grandes poetas de la lengua, cabalgando en sus palabras insignificantes. Es el chileno vivo más ilustre de la patria. Liberó a la poesía de los absolutos. Hace unas cuántas décadas, sin embargo, él mismo escribió: “¿Y ahora, quién nos liberará de nuestros liberadores?”.

Disponible en The Clinic