“Desigualdad de ingresos: ¿Evidencia mixta o tendencia clara y hora de alternar?”

Es hora de volver a poner la productividad al centro del debate, con propuestas sobre cómo mejoramos la calidad de la enseñanza y cómo promovemos la innovación y el desarrollo tecnológico.

18-06-2017

Antes de entrar en materia, le pido que responda la siguiente pregunta. Considere dos países. En el primero, la mitad de los hogares tiene un ingreso mensual de un millón de pesos y la otra mitad un ingreso de dos millones. En el segundo país, la mitad de los hogares tiene un ingreso de 10 millones y la otra mitad un ingreso de 11 millones. ¿En cuál país hay mayor desigualdad de ingresos? La inmensa mayoría responde que en el primero, porque en ese país los “ricos” tienen el doble de ingreso que los “pobres”, a diferencia del segundo, donde la diferencia entre ricos y pobres es de solo un 10%. La teoría económica confirma la intuición anterior, todas las medidas de desigualdad tradicionales consideran diferencias porcentuales de los ingresos.

Vamos ahora al informe sobre desigualdad en Chile publicado por el PNUD esta semana. Se trata de un aporte importante, con abundante y novedosa evidencia que invita a reflexionar y debatir sobre cuáles son las dimensiones más relevantes de la desigualdad en la actualidad. El capítulo final, sobre desigualdades políticas, es particularmente esclarecedor.

Sin embargo, este informe no valora lo suficiente los avances que hemos tenido reduciendo desigualdades. En efecto, el cuadro que se reproduce junto a esta columna muestra la evolución de diversas medidas de desigualdad entre 1990 y 2015. Las cifras son elocuentes, no importa cómo se mida, la desigualdad viene cayendo durante la última década. Todos los índices muestran un avance importante y sostenido, entre ellos el coeficiente de Gini, el cuociente del ingreso del 20% más rico y el 20% más pobre y la medida de Palma (economista chileno) que considera el cuociente del ingreso del 10% más rico y el 40% más pobre. Esta última, por ejemplo, luego de empeorar durante los 90, llegando a un valor de 4,17 el 2000, comienza a mejorar sostenidamente, alcanzando un valor de 2,78 el 2015. Una reducción de la desigualdad de un tercio en un lapso de solo 15 años.

Uno esperaría que ante estas buenas noticias la sección dedicada al cuadro se titulara: “Finalmente buenas noticias” o “Noticias alentadoras en materia de desigualdad de ingresos” o algo por el estilo. Sin embargo, el título es “La evidencia mixta sobre las tendencias de la desigualdad de ingresos”. ¿Mixta? ¿Por qué mixta? El informe del PNUD argumenta que la evidencia sería mixta porque la desigual dad absoluta ha seguido aumentando. ¿Y en qué consiste la “desigualdad absoluta”? Es un concepto que aplicado al ejemplo con que comienza esta columna concluye que la desigualdad de ingresos en los dos países descritos es la misma. Es decir, es un concepto a todas luces irrelevante para medir la desigualdad de ingresos en una sociedad. Tan irrelevante es, que ni siquiera se incluye un índice basado en este concepto -¿existirá alguno?- junto a las cinco medidas de desigualdad tradicionales que sí van en el cuadro.

Durante las últimas dos décadas, el PNUD instaló la desigualdad como un tema central de las políticas públicas en Chile, argumentando que es un determinante clave del malestar ciudadano. El trabajo empírico de Thomas Piketty y Emmanuel Sáez facilitó esta labor, al concentrar nuestra atención en el 1% más rico. La reforma tributaria, susceptible de simplificaciones y mejoras, apuntó a reducir las brechas de ingreso y riqueza y fue inspirada por estos trabajos.

Los escándalos de financiamiento irregular e ilegal de la política pusieron en el tapete la desigualdad en la política. El Congreso aprobó varias reformas ambiciosas para reducir la desigualdad política, cuyos frutos se irán notando, cada vez con mayor fuerza, en los años que vienen.

Los escándalos de colusión mostraron la desigualdad que existe entre consumidores y productores, llevando a mejoras de la ley antimonopolios que nos dejan al nivel de países desarrollados y una ley de consumidores que debiera aprobarse en los próximos meses. Si esta ley se aprueba, tendremos instituciones potentes para promover la competencia y revertir el sentimiento de abuso bastante generalizado existente en la actualidad.

Como lo ilustran los tres ejemplos anteriores, casi todo se puede expresar apelando a la desigualdad. Sin embargo, existe un tema del cual nos fuimos olvidando y que no necesariamente lleva a mayores niveles de igualdad. Es el tema de la productividad. En el mediano y largo plazo, las diferencias en los niveles de desarrollo de los países se explican en buena medida por diferencias de productividad. Es cierto que las instituciones impactan sobre la productividad, pero también existen diversas políticas que mejoran la productividad directamente.

Es hora de volver a poner la productividad al centro del debate, con propuestas sobre cómo mejoramos la calidad de la enseñanza -a nivel básico, medio y terciario y en todos los niveles socioeconómicos- y cómo promovemos la innovación y el desarrollo tecnológico. Una alternancia virtuosa entre políticas que reducen la desigualdad y políticas que promueven la productividad probablemente sea parte de una estrategia de desarrollo exitosa. En el ciclo político que viene, le toca a la productividad.

Disponible en La Tercera