“Editorial: Bowie y las Cleopatras”

“No hay nada qué aprender del éxito. Todo se aprende del fracaso”, dijo el difunto Bowie.

14-01-2016

Hubo un tiempo, no hace mucho, en que la buena salud no era lo importante. Los sanos quedaban fuera de la fiesta. No habían gimnasios. Solo se corría para arrancar de los pacos. Era de pésimo gusto obedecerle al papá. A los hijos ejemplares se les detestaba. Las familias buena onda o eran ridículas, o una vil mascarada que ocultaba las peores hipocresías. Había que irse de la casa lo antes posible. Nadie soñaba hacerse rico ni pobre, porque no había tiempo para eso; la lucha por la libertad era con música estridente o sonidos inéditos; si alguien lloraba, se secaba con la manga antes de ser descubierto, mientras otro abría la botella de pisco, o aparecían los ácidos, las pepas y la cocaína. El cielo se caía a pedazos, las estrellas daban bote en el suelo, el sexo perdía su especificidad y el interlocutor podía ser santo o criminal, sin que a nadie le importara. Los que escapaban del barrio alto se encontraban con los que escapaban de las poblaciones en el centro de la ciudad, para festejar lo inaceptable. No se tomaba para pasar las penas, sino para pasar los días lejos del tedio, lejos de la vulgaridad doméstica, de las compañías que corresponden. La contracultura tenía su orgullo: despreciaba el orden y la estética oficial con la tupé de un noble que se siente superior. “Todo era feo: las estolas de Lucía, las canciones de los hippies, las corbatas de Maluenda, el discurso de los comunistas, el lavado de cerebro sistemático de los fachos, las frases de Merino, las torturas del Mamo, la Iglesia”, decía uno de los Pinochet Boys. El asunto no era la justicia social, ni “una patria de hermanos”, ni ninguna lista de buenas intenciones, sino dejar correr esa energía humana –la más bestial de la selva- capaz de bailar sobre cadáveres si es necesario, para demostrar que nada la puede subyugar. En ese tiempo, los consumidores de drogas no eran jóvenes vulnerables, o no más que cualquier otro joven del mundo, sino una etnia de contestatarios que buscaban el extravío, torpes para seguir mapas y hábiles para dibujarlos. A toda una generación de europeos la mató su heroína. Pero acá no habían heroínas, aunque quizás sí. Entonces era frecuente una enfermedad que parece haber desaparecido: la sobredosis. Hoy todo es más mesurado. Y si es en exceso, se guarda como un secreto vergonzoso. “Había un abuso endemoniado de creatividad, amor, sexo, drogas y desafío y terror a dormirse. En las noches se escuchaban disparos”, leyó Patricia Rivadeneira en Nave, durante el lanzamiento del disco Las Cleopatras, Chicas del Nilo. La reina egipcia se enamoró de Cesar y Marco Antonio, cuando ellas, a fines de los años 80, sostenían que “las mujeres de nuestro país amaban a Augusto y sus ojos azules”. Las Cleopatras (Rivadeneira, Fresard, Aguayo y Gómez), pasaban por putas, por locas, por reventadas, y apenas eran artistas en dictadura. Veían los videos de David Bowie en casetes de VHS y Betamax cuando en Chile no había ropa de colores y la música oscilaba entre el maestro Horacio Saavedra y los lamentos de Schwenke y Nilo. Entonces no era necesario saber cantar para hacer buen rock, ni tener asesores de imagen, ni hacer ninguna estrategia comercial. Solo había que perderle el miedo a la muerte, destruir los cálculos con deseo, correr hacia adelante ignorando precipicios, porque total, en una de esas, caer no era tan malo. Es un ritmo que contradice la nostalgia y el paraíso. “No hay nada qué aprender del éxito. Todo se aprende del fracaso”, dijo el difunto Bowie, “(…) depende de lo aventurero que sea uno”, agregó. Son cosas imposibles de recomendarle a un hijo. “Cosas terribles”, es lo que debe decir el padre, justo cuando las echa de menos.


Disponible en The Clinic.

* Fotografía The Clinic.