“Editorial: El festival y el carnaval”

Comencé esta columna creyendo que terminaría aceptando que algo de carnaval había tenido este festival, apenas algo, porque en ambos el pode

03-03-2016

Alguien dijo por ahí, creo que Rafael Araneda, que en Chile no teníamos Carnaval de Río, pero sí Festival de Viña. De buenas a primeras, compararlos es una pelotudez. El carnaval no tiene un animador, no acontece en un lugar cerrado, no es un programa de televisión. Miles de cámaras pueden intentar capturarlo, pero jamás podrán conseguirlo. Este año yo estuve en el carnaval de Barranquilla, y ahí el viernes, antes de La Batalla de las Flores, para darlo por inaugurado, la reina del carnaval (que en una ciudad repleta de negras preciosas ha sido siempre una blanca de cuento de hadas), recita en presencia del señor edil las siguientes palabras mágicas: “Desde este momento, y hasta la muerte de Joselito, se dan por abolidas las leyes habituales de la ciudad, y pasan a regir las normas del carnaval”. Entonces comienza la fiesta, que en verdad ya venía aconteciendo desde hace días, o meses según algunos que no lo dicen juzgando, sino orgullosos de ser parte de una comunidad que vive para divertirse. Aparecen las Marimondas, los Garabato, los Congo y el Monocuco. Los más jóvenes se pintan el cuerpo con petróleo y salen con harapos de esclavo, semidesnudos; no hablan, quizás porque les cortaron la lengua, pero saltan repentinamente hasta el lugar por donde uno va pasando, la vuelta de una esquina por ejemplo, y ahí se quedan como estatuas, y si uno siente miedo, quizás sea porque en algún lugar de la blancura hay una culpa que espera venganza. Otros se disfrazan de curas con largas pingas que salen de sus sotanas, se vuelven caricaturas de guerrilleros de las FARC, de paramilitares, de papas, de alcalde de la ciudad, de personajes de la farándula: de famosos y poderosos. Venden alcohol en todas las veredas. No como en el Festival de Viña, donde te revisan al entrar para evitar las borracheras. En el carnaval todos bailan y pierden la razón, y la obediencia a lo que “debe ser” es motivo de vergüenza. Lo más increíble, al menos para quienes le temen al descontrol, es que durante esos cinco días de caos acordado, los crímenes disminuyen. Ni los delincuentes siguen siendo delincuentes. El pueblo se apodera de la ciudad, hace fiestas y conciertos en los barrios, y, como a mí me tocó ver, forma comparsas de parranderos que llegan a las casas donde sus habitantes duermen, y golpean la puerta hasta despertarlos, y cuando les abren, los enfiestados entran, porque ahí la propiedad privada merece menos respeto que la fiesta. Son todos iguales durante esa semana. Los disfraces y la borrachera confunden las clases sociales. Estallan amores eróticos que duran un par de canciones. Joselito Carnaval no puede vivir más allá del martes y muere producto de los excesos. A su entierro acuden en masa las mujeres de la ciudad, todas vestidas de negro con polleras cortísimas y escotes que a duras penas esconden sus mamas de embarazadas, porque Joselito las preñó a todas, y bailan moviendo sus cinturas mientras se desmayan y gritan desconsoladas frente al cajón en que portan a su amante. Los hombres despiden al amigo sosteniendo cuernos en la cabeza y desfilando con botellas de ron o aguardiente por las principales avenidas. No como en el Festival de Viña, donde los chilenos apenas se menean en los 30cm2 que arrendaron bajo sus asientos. Comencé esta columna creyendo que terminaría aceptando que algo de carnaval había tenido este festival, apenas algo, porque en ambos el poder ha sido motivo de burlas. Pero no es cierto. No hay carnaval cuando la gente aplaude desde sus poltronas. Lo que hay es un espectáculo. Y si esta vez los humoristas se rieron de la autoridad, los ricos y sus tribunos, es porque vaya que lo han dado. Pero en el espectáculo el público enjuicia desde lejos, pifia o aplaude. En el carnaval, en cambio, participa. Prefiero el carnaval.


Disponible en The Clinic.

* Fotografía The Clinic.