“Editorial: Los Promiscuos”

Hay una tormenta anímica en curso. Los hijos de la Transición descubrieron que su madre no era virgen. Que cuando estaba encerrada en la pie

17-03-2016

Hay una tormenta anímica en curso. Los hijos de la Transición descubrieron que su madre no era virgen. Que cuando estaba encerrada en la pieza con su papá o un amigo de su papá o un tío o un perfecto desconocido, no estaba durmiendo. Mucho menos soñando con angelitos. La frágil estabilidad que sucedió a la dictadura, fue también a costa de encamadas vergonzosas, que se fueron encontrando con el morbo y la calentura. A mí las formas que asuma el sexo me despiertan más curiosidad que juicio. Justo al revés de lo que ordena la moda imperante. Debe reconocerse que mientras la mamá tiraba con dios y el diablo hasta confundirlos, no descuidó la casa, aunque sí a sus moradores. Los niños ya tenían barba cuando se metieron al dormitorio, y les dio asco, y salieron corriendo como niños con barba. Sus padres no eran castos, ¡eran promiscuos!

Entendíamos que la Transición implicaba una transacción, y salvo los del Frente Patriótico y el Lautaro, que no quisieron entrar al sistema y mantuvieron la vía armada hasta que la Oficina los desarticuló, el resto agachamos el moño. Los de ultraizquierda no estaban dispuestos a amistarse “con los asesinos ni sus cómplices”, decían, ni a transar en sus aspiraciones, mientras los viandantes menos enfáticos demandaban en primer lugar paz. Y se les dio algo de paz. La inmensa mayoría de los ricos, salvo un par de demócrata cristianos, eran de derecha. La Sofofa de Briones y Ayala parecía un cuartel de la CNI, sólo que de 5 estrellas. Mal que mal, le debían todo a Pinochet. Los socialismos “modernos”, renegadores sin “peros” de la ya muerta Unión Soviética, propiciaban el diálogo con el empresariado. Para la UDI era sencillo, porque muchos de ellos pertenecían a sus filas: el Choclo, Yuraszeck, supongo que Ponce, etc., etc. Para los demás fue un pololeo furtivo que con los años se naturalizó. Máximo Pacheco lo explicó bien hace un par de días: “se comenzó buscando contacto con los empresarios, pero el contubernio llegó demasiado lejos”. No sé si fueron sus palabras exactas, aunque la idea era ésa. Era tan clara la intervención de los empresarios en la política, que Andrés Allamand les llamó “poderes fácticos”. Hablamos de los tiempos del chorreo, cuando la pobreza agradecía las sobras. Algo para el pueblo, pero sin el pueblo.

“No nos hagamos los sorprendidos”, me dijo una amiga, “porque todos sabíamos”. En primer lugar, no todos sabíamos, le contesté yo. “Todos” es una palabra muy grande, y que acá abarcó a muy pocos. A las marchas del 2011 las movió un reclamo por participación. La democracia estaba capturada. Un lote bastante reducido se convenció de que eran los poseedores de la sensatez. Lo que al principio llamaron “política de los acuerdos” se transformó en la “política de sus acuerdos”. Eran muy pocos, en verdad, los que sabían, y mientras esos pocos organizaban el mundo a su amaño, apareció la internet, los chorreados salieron de la precariedad y quisieron y pudieron saber más. El silencio del Mercurio ya no bastó para guardar un secreto. De otra parte, agregué, no es lo mismo saber que ver, ni sospechar que constatar, que alguien asegure que la mamá no es virgen a verla chillando con sus amigos entre las sábanas. Porque entonces deviene lo indesmentible, el escándalo, la decepción y la orfandad. Se huye de la política como de un puterío. Hasta las propias convicciones parecen una gran mentira. De momento, lo único creíble es la rabia y el lamento. Un llorón parece que nunca es culpable. Es cierto, era bien puta la vieja, pero por dios que cansa tanta sensiblería.


Disponible en The Clinic.

* Fotografía The Clinic.