“Editorial: Mala mano”

¿Por qué no le contaron a Burgos de este misterioso viaje a La Araucanía? ¿Cuál es la verdadera historia detrás de este desaguisado? ¿La pre

07-01-2016

¿Por qué no le contaron a Burgos de este misterioso viaje a La Araucanía? ¿Cuál es la verdadera historia detrás de este desaguisado? ¿La presidenta le dijo a quién –o quién le dijo a la presidenta– que era mejor ocultárselo? No es difícil entender que prefiriera ir sola. Burgos tiene allá una maquinaria en curso, más vinculada con el tema de la seguridad pública que con la solución de un conflicto histórico. Ya ha ido varias veces a la región, se ha juntado con las autoridades policiacas, sacó a Huenchumilla de la Intendencia y lo reemplazó por Andrés Jouannet, uno de los suyos. El cambio de intendente significó un giro copernicano en el modo de entenderse con los mapuche. Mientras Huenchumilla estuvo ahí, alcanzamos a escuchar la voz de esa tribu. La historia era más larga y compleja que la quema de un camión. Es posible que la Bachelet quisiera desmarcarse de esa mirada, como ha hecho otras veces con medidas que lleva a cabo su propio gobierno. Nadie hace exactamente lo que quiere, y a ella eso le molesta sobremanera.
Pero, ¿por qué no se lo dijo? Todo indica que incluso ordenó guardar el secreto al intendente Jouannet, porque si no es de suponer que este hubiera comentado el viaje con Burgos, su jefe directo. Es decir, existió una operación para ocultar: no se le dijo a nadie de la comitiva hasta que el avión hubo despegado, adónde iban. ¡Ni Fidel Castro viajaba así! ¿Por qué no explicitó su estrategia en lugar de dar pie a una conspiración innecesaria? ¿Quiénes le dijeron que era una buena idea? ¿La Ana Lya y la Haydeé? ¿Los uniformados de la escolta? ¿Pedro Güell? ¿Unos minions que viven adentro de una caja fuerte de la que solo ella conoce la clave? ¿O fue acaso una ocurrencia suya que implementó como un acto de locura la madrugada del 30 de diciembre, tras una noche de pesadillas? Me cuentan que los niveles de desconfianza en Palacio bordean el delirio: que la reina ve dardos en lugar de lapiceras sobre los escritorios. Que lo que es, es y no es al mismo tiempo. Que impera el antiparménides y la creación de monstruos que por obra y gracia de la incomunicación se vuelven realidad. Jorge Burgos, que será mañoso pero no prepotente, le levantó el dedo a la presidenta. Los generales de su propio ejército DC llegaron a La Moneda con sus chaquetas desabridas, es decir, en tenida de campaña, para demostrar que el ofendido no era solo él. El senador Pizarro, uno de los políticos más impopulares de Chile, que había jugado la carta bacheletista para conquistar el poder en su partido, habló como príncipe para mantenerlo. Y a los príncipes este gobierno les carga desde que obtuvieron sus cargos jurando lo contrario. No es solo el tenor de las reformas lo que les molesta, sino ese protagonismo del Estado y cierto desdén por el crecimiento que ellos homologan con el cultivo de la mediocridad, como si comulgar con esas ideas fuera algo semejante a fomentar el rasquerío. Y el error más grave de esta administración consiste en no haberles sabido tapar la boca. No con la fuerza, sino con el ejemplo. La convicción ha cegado al entendimiento, el apuro a la reflexión, el deseo a la paciencia, el hambre ha cegado a la cocinera. La buena política cocina a fuego lento para que los guisos no se arrebaten; recurre a múltiples ingredientes, incluso a algunos que dan asco sin compañía; no confía en las recetas de autor, sino en las reescritas por generaciones; revuelve y mezcla productos diversos para conseguir sus objetivos; y procura una mesa en la que quepan todos. Controla a los comilones, pero nunca tira del mantel.


Disponible en The Clinic.

* Fotografía The Clinic.