“Editorial: Sindy”

Se supone que la marihuana sirve para aliviar ciertas dolencias, así como el whisky es un vasodilatador, pero nadie promociona el whisky com

03-12-2015

El Tribunal de Familia de Talcahuano decidió que Sindy Ortiz –una joven de 27 años, de aspecto muy cuidado, emparejada con Cristhoper Montorfano, un italianote parecido a Alberto Sordi–, sólo puede ver a su hija recién nacida 2,½ hrs al día. Además, con prohibición de amamantarla. El delito: haber fumado marihuana para aminorar el dolor de una fractura en la mano. Según ella, se lo recomendó su terapeuta, pero para defenderla con convicción, prefiero asumir que fumó por puro gusto una tarde durante su embarazo. Autorizar la marihuana solo porque hace bien para la salud, me resulta irritantemente demócrata cristiano. Se supone que la marihuana sirve para aliviar ciertas dolencias, así como el whisky es un vasodilatador, pero nadie promociona el whisky como remedio. Nadie discute, tampoco, que la cannabis daña menos que el alcohol, y no creo que a una mujer le quiten su hijo recién parido por una noche entonada. Ninguna de éstas son cosas buenas. ¿Pero quién hace solo “cosas buenas”? ¿Sería mejor la vida si solo hiciéramos “cosas buenas”? Yo creo que no. El hombre se pasma cuando obedece demasiado, y aquí nada huele a crimen. Entre los datos publicados acerca del perjuicio que una baja dosis de marihuana puede provocar en un lactante, las opiniones van desde que ninguno, hasta cierta delgadez en el crío si el consumo es mucho. Las mujeres jamaicanas, durante el embarazo, en lugar de fumarla la convierten en té, y según los experimentos del Instituto de Medicina Washington DC, sus hijos “no mostraron diferencias en el desarrollo neurológico”. Hay quienes sostienen que incluso mejora la visión del neonato. Una vez más, este es asunto de los médicos, de la ciencia, no de la moral. No es juego decirle a una madre que está impedida de amamantar a su criatura. La mañana en que nació mi hija mayor, un cura pasó por las piezas de la clínica ofertando la comunión, y cuando mi esposa de entonces la rechazó, el sacerdote le dijo “pues dele entonces la leche sucia”. ¡Qué hijo de puta más grande! Hasta las lobas saben que ni Dios tiene derecho a destetarlas de sus cachorros. ¿Corresponde prohibir las caricias entre dos enamorados mientras no se laven la manos? Yo creo que en ese cura, como aquí, primó la ignorancia y el prejuicio. ¿Por qué, si no, un tribunal podría impedirle a esa mujer estar junto a su recién nacido? Parece que la intención hubiera sido castigarla de la manera más cruel por haberse fumado unos pitos, a ella y al niño, que debe sentir una soledad cósmica lejos del cuerpo en que se gestó. ¿Hubiera sido mejor que no los fumara? Es muy posible, pero la ausencia de lo mejor no constituye crimen, y exigírselo al prójimo muchas veces sí. Va a llegar un día, mucho más temprano que tarde (le acaban de levantar a Sindy la prohibición), en que estos actos nos parecerán una barbaridad, como sancionar a alguien por ser homosexual, a un negro por querer votar, o a una mujer violada por abortar. La democracia no es el reino de la virtud, sino del respeto y la libertad.


Disponible en The Clinic.

* Fotografía The Clinic.