“El Diablo”

No había nada más importante en el mundo que terminar con la dictadura, y lo asumíamos no sólo como una causa colectiva, sino además cada uno como un objetivo personal.

04-10-2016

Hacía una noche especialmente fría y clara, como el corazón de un diamante” -así comienza el relato “Los sucesos nocturnos en el barranco del muerto”, de Ambrose Bierce-, cuando me dio por tomar mezcal más allá de lo prudente. Era demasiado joven para controlar lo que más tarde se incorporó a mi cotidianidad, y a un cierto punto, me salí de mí. Tenía 19 o 20 años, y todavía vivía en la casa de mis padres. Recién comenzaba la universidad. Con el Guarén Peralta habíamos llegado desde el colegio Verbo Divino a estudiar Derecho en la Chile el mismísimo año del plebiscito. Ese 1988 lo pasamos en paros, tomas y cortes de tránsito con neumáticos prendidos en el puente de Pío Nono. Se juntaron dos causas que fueron una: sacar a Federici, el último rector designado por los militares, y librarnos de Pinochet.

Entonces no había nada más importante en el mundo que terminar con la dictadura, y lo asumíamos no sólo como una causa colectiva, sino además cada uno como un objetivo personal. La poesía estaba ahí, y yo andaba tras ella. Cuando nos hacían votar en las asambleas si estábamos o no dispuestos a perder el año con tal de acabar con Pinochet, salvo un par de rubios que guardaban silencio, todo el resto gritaba que sí. De eso no había dudas: absolutamente ningún amigo era partidario de la dictadura. El Guarén se volvió un izquierdista extremo. (Me cuentan que hoy está muy lejos de serlo.) Incluso aprendió a vestir chompas andinas y a tocar el charango. Pues bien, esa noche estábamos en mi pieza y creo que mis padres dormían. No fumamos marihuana, porque no fumábamos marihuana. Tomábamos vino. Pero esa noche tomamos mezcal.

No recuerdo de dónde salió. El Guarén cantaba “¡Abre la muralla!” de los Quilapayún poseído de un espíritu revolucionario que hoy sería visto como extravío, pero que entonces resultaba próximo a la santidad. No había ninguna duda de dónde estaba el mal. El mal era Pinochet, y todo lo que lo rodeara, y todo lo que lo respetara, de manera que había que estar lo más lejos posible de él, y eso se parecía a cambiarlo todo, a pedir “que la tortilla se vuelva, los pobres coman pan, y los ricos mierda”. Era eso lo que pedía el Guarén mientras cantaba a voz en cuello en mi pieza saturada de humo. Fumábamos como carretoneros. Una vez, a los dos nos detuvo la CNI. Nos amarraron, nos subieron a un auto y se nos sentaron encima con una pistola apoyada en el cuello. A eso de la una de la madrugada nos dejaron en un sitio eriazo, nos pegaron unas cuantas patadas y se fueron advirtiendo que si levantábamos la cabeza, disparaban.

Acompañé al Guarén a esperar la micro y volví, pero en lugar de acostarme, tomé un último e inmenso trago de mezcal. Alcancé a leer dos o tres versos de Pasolini y arrojé el libro contra el borde de la ventana abierta. Una fuerza demoniaca se apoderaba de mí. Hubiera matado a sangre fría. Hubiera disparado gustoso la ametralladora en el teatro Bataclán. Hubiera reventado caras a puñetazos y eliminado todo lo que me contradijera. Era una energía descomunal, soberbia y fantástica que me eximía de las obligaciones de la civilización; más aún, me animaba en su contra. Quería romper, despedazar, echar a perder todo rastro de otro en el mundo, y arrasar incluso con la naturaleza, para que ningún orden me antecediera.

Fue una noche que nunca olvidaré, no sólo porque destruí una lámpara y un velador, y rajé las sábanas de la cama en que amanecí bañado de transpiración, sino también porque entendí que no era a los otros a quien más debía temer, sino a mí. Me había encontrado de frente, en medio de la noche, con ese pedazo del cerebro o del alma (cada cual sabrá) que todo humano tiene, y que algunos llaman Diablo.

Disponible en The Clinic