“El discurso presidencial y lo que resta del día”

Que las voces más prominentes del  Ejecutivo hubieran adelantado “el fin de la obra gruesa”, no sólo fue una inequívoca señal de que en materia de transformaciones “hasta aquí no más llegamos”.

23-05-2016

Interés generó la tercera cuenta pública de Michelle Bachelet, con la cual se daba inicio a la última etapa de su gobierno. Y quizás justamente porque se habían generado importantes expectativas, es que quizás algunos nos quedamos con gusto a poco.

Era predecible que este discurso hiciera hincapié en los logros del gobierno. En cada materia o área se fueron destacando diferentes avances, los que de impacto e importancia disímil, vienen a dibujar lo que será el legado de la Nueva Mayoría. Y aunque quedan algunos ajustes pendientes, fue notoria la influencia de los ministros del Interior y Hacienda para morigerar el ímpetu reformador de esta administración.Pero el que las voces más prominentes del  Ejecutivo hubieran adelantado “el fin de la obra gruesa”, no sólo fue una inequívoca señal de que en materia de transformaciones “hasta aquí no más llegamos”, sino que también se trasuntaba el peligro de instalar que esta administración, para bien o para mal, “fue lo que fue”. A mi modo de ver, había tres maneras de soslayar ese riesgo y no adelantar esa inexorable irrelevancia de la que son presa todos los gobiernos cuando se aproxima el fin de su mandato.

La primera consiste en contar con un objetivo, ojalá urgente y compartido, que dé sentido al esfuerzo que todos debemos hacer en los próximos años. A la luz del debate que se ha verificado en los últimos meses y a los propios adelantos que hicieron miembros del Ejecutivo, dicha causa común no parecía ser otra que reactivar nuestra economía, generar mayor dinamismo en los mercados, proteger el empleo y recuperar la confianza de inversionistas nacionales y extranjeros. Pues bien,  más allá de la profusa retórica y una que otra medida marginal, todo esto parece haberse resumido en la solicitud de “un pacto” sin especificación alguna de sus prioridades, acciones o plazos, que terminaron por vaciar de contenido a quizás una de las declaraciones más sugerentes de su discurso: “sin crecimiento sostenido, el progreso social termina siendo una ilusión”.

La segunda forma, y sin necesariamente renunciar a la anterior, es contar con un elenco de desafíos y acciones que justifiquen el quehacer de un gobierno, que sea coherente y consistente con los principios que dice defender. Pero no creo que se requiera ser muy crítico de esta administración para reconocer la modestia de los anuncios formulados por la Presidenta. Más allá de algunas iniciativas interesantes, como la nueva institucionalidad en ciencia y tecnología, el mecanismo solidario para los padres cuyos hijos menores sufren un accidente o enfermedad grave, la inversión en barrios o viviendas, o los anuncios para fortalecer la transparencia en diversas áreas públicas o privadas, no se ven cuestiones contundentes en los otros ámbitos que resultan muy sensibles para la población.

Por último, también es posible sostener la acción política de un gobierno cuando ésta se construye sobre un relato que conecta con el diagnóstico que los ciudadanos tienen respecto de su presente y el de los demás, al mismo tiempo que se propone una hoja de ruta que representa un mejor futuro para todos. Salvo algunos pasajes muy al final de su discurso -que, por lo demás, la Presidenta leyó de manera algo plana y sin los énfasis que la ocasión requiere- por momentos pareciera que se pasaba lista a una enumeración de logros y anuncios, de obras y realizaciones, dando por hecho lo que algunas de estas cosas significan o representan. No hubo en esta alocución, lo que es especialmente reprochable en la cultura de la izquierda, una narrativa que diera sentido a lo que hace y persigue el gobierno, perdiendo así una gran oportunidad para proponer una reevaluación y justificación de lo que han sido estos dos años y, más importante todavía, reconvocar al entusiasmo y a la esperanza por el tiempo que nos viene por delante.

Al final, la Presidenta hizo referencia a la necesidad de recuperar la confianza, apelando a la necesidad de escucharnos, fortalecer la transparencia y cambiar las conductas, como también al objetivo de construir una sociedad de valores. Siendo todo correcto e indispensable, hay algo que faltó y que me hubiera gustado escuchar de ella: una sincera autocrítica por los errores propios y de su gobierno, que también han conspirado para una mejor comprensión y materialización de la causa que convoca a la centro izquierda progresista.


Disponible en La Tercera.

* Fotografía La Tercera.