“El fin de la leña en Santiago: una solución acertada”

Esta solución podría evitar cerca de 3 mil muertes prematuras en los próximos diez años, reducir significativamente los episodios críticos de contaminación y ahorrar millones al siempre congestionado sistema de salud pública.

11-07-2016

Las múltiples alertas, preemergencias y emergencias ambientales decretadas en Santiago en los últimos días son muestra de que esta enfermedad crónica que aqueja a nuestra capital no da tregua.

El vaso medio lleno es que ha habido una mejora sostenida en la calidad del aire en Santiago en las últimas tres décadas, lo que es meritorio en vista de que la ciudad ha crecido de forma importante en este periodo. Así, el incremento en el número de episodios críticos respecto de hace algunos años no significa que estemos peor: pasa que recientemente comenzó a regir una norma más estricta; nos pusimos la vara más alta y, en consecuencia, aumentaron estos episodios.

El vaso medio vacío –y tal vez más vacío aún– es que para tener un aire aceptable necesitamos avanzar aún más (entendiendo que Santiago, por sus adversas características geográficas y climáticas, difícilmente conquistará los limpios cielos de otras ciudades). Requerimos disminuir casi a la mitad las emisiones de contaminantes.

Luego de costosas transformaciones realizadas por la industria y el transporte capitalino, uno se pregunta cómo seguir apretando el cinturón de las emisiones cuando parece no quedar espacio para mejoras gruesas como las que ya se lograron en el pasado y que permitieron aquellas importantes mejorías. Al parecer, solo restan medidas cada vez más costosas para reducir cada vez menos emisiones.

Pues bien, hay un sector que, en todos estos años, no solo no ha mejorado sino que también ha mostrado un empeoramiento sostenido: la leña.

Tal y como indican las cifras del Ministerio de Medio Ambiente (los últimos dos inventarios de emisiones), el uso de leña se ha triplicado durante los últimos ocho años. Hoy representa el 35% de las emisiones totales, las que se concentran precisamente en los meses fríos y con peores condiciones de ventilación de la cuenca de Santiago.

Durante los últimos 15 años no ha habido ninguna mejoría en el control de sus emisiones. Lo único que se ha confirmado es que, en la práctica, es inviable contar con un uso regulado de una fuente como esta. Fiscalizar que cada estufa, instalada en miles de casas, cumpla con la normativa, se use adecuadamente y con leña de buena calidad, sería extremadamente costoso. Y se hace menos necesario en una ciudad como Santiago, en la que existen alternativas de calefacción a precios equivalentes.

En ese sentido, lo que ha propuesto el Gobierno en el último plan de descontaminación es acertado: no queda más remedio que prohibirla de una buena vez. El problema de la leña en Santiago requiere de una política restrictiva fuerte, que elimine para siempre su uso como fuente de calefacción durante el invierno y que facilite su fiscalización: desde ahora en adelante, cualquier chimenea humeante podrá ser sancionada.

Esta solución podría evitar cerca de 3 mil muertes prematuras en los próximos diez años, reducir significativamente los episodios críticos de contaminación y ahorrar millones al siempre congestionado sistema de salud pública. El desafío estará precisamente en contar con sistemas de fiscalización efectivos para asegurar que no se queme más leña en Santiago.

Por supuesto que, en paralelo, los otros sectores también deben seguir apretándose los cinturones. Pero aquí hay una luz de esperanza para lograr reducciones importantes de contaminación: el fin de la leña puede significar el comienzo de una nueva etapa en la calidad de nuestro aire.


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