“El Metro de Santiago”

Yo destacaría que el Metro es quizás el único espacio que no está segregado en la ciudad de Santiago.

18-09-2016

Nunca pensé que pudiera entretenerme y disfrutar con un libro sobre una obra de ingeniería. Eso fue lo que exactamente me ocurrió al leer las historias de vidas, detalles y situaciones con las que convivimos a diario, pero descritas y contadas en un teatro, un escenario que se llama el Metro de Santiago. Hay lindos relatos de amor, como ese que le ocurrió a Carmen Pérez, hoy jubilada a los 61 años, que conoció a quien sería su pareja por más de un cuarto de siglo; o la de Óscar Rivera, ahora un ingeniero de 53 años, que después de un flechazo arriba del vagón, sigue persiguiendo a su Carmen, como aquel primer día en que la vio.

Hay también guiños generacionales muy notables, como la historia donde el propio Gustavo Ceratti se confunde como un pasajero más del tren que recorre Santiago. Y aunque no está registrada en este libro, a propósito de rock y la década de los ochenta, no puedo dejar pasar que por estos días se cumplieron 30 años del disco “Pateando Piedras” de Los Prisioneros, cuya foto de la carátula está justamente tomada al interior de un vagón del Metro, un espacio que era habitual para los oriundos de San Miguel, comuna en la que vivían y estudiaban.

Esa sencillez y sobriedad es la que también se refleja en este libro, un homenaje a una de las obras urbanas más significativas de nuestro país. Desde una perspectiva emocional y ciudadana, en más de 200 páginas que recorren sus primeros 40 años en imágenes, recuerdos, testimonios y anécdotas, algunas de ellas nunca antes publicadas. Pero el mayor logro de este libro, creo yo, es que nos obliga a preguntarnos qué es para nosotros el Metro de Santiago.

Algunos harán hincapié en sus virtudes como medio de transporte, en la conexión que no congestiona, uniendo familias y compañeros de estudio y trabajo, desde un extremo a otro de la ciudad. Otros destacarán su dimensión en el espacio público, como referente y punto de encuentro, o su aporte a la cultura y el arte, generando esa identidad y pertenencia que permite conocer otros mundos a través de la lectura. Será insoslayable también reconocer su dimensión social, especialmente paliando las dificultades del transporte de superficie en la capital.

Y aunque por estos tiempos debe soportar grandes rigores y dificultades, yo destacaría que el Metro es quizás el único espacio que no está segregado en la ciudad de Santiago. No hay trenes de primera y segunda clase. El Metro más moderno, ese último que se construye, no es necesariamente el que llega al Barrio Alto. El Metro no discrimina, vamos todos apretados en la hora punta, pitucos y gente modesta transpiramos de la misma manera; y nadie en el vagón sabe, o le interesa, si el que va al lado es ABC1, C2 o C3. El Metro es un símbolo de lo que nos gustaría fuera nuestra sociedad, aquella que cobija a grupos sociales diversos, etnias, inmigrantes, colores de todo tipo, ideológicos y de piel, haciendo carne la más básica y esencial promesa de una democracia: a saber, representar, tratar y cuidar a todos los ciudadanos de la misma forma.


Disponible en Voces de La Tercera