“El modelo nórdico”

Presidenta Bachelet, el mensaje pareciera ser claro; no nos den una mano, sáquennos mejor las manos de encima.

21-07-2016

Existe una curiosa fascinación en Chile con los países nórdicos. No hablamos de superpotencias. Todo lo contrario; se trata de pequeños países cuyo peso en la escena global es inexistente. Lo mismo a escala europea. Pero sucede que allí se vive bien, extremadamente bien. Según informes de la ONU, allí, en Dinamarca, Noruega, Finlandia y Suecia existe la mejor calidad de vida del planeta.

Estabilidad democrática, crecimiento económico, servicios públicos de calidad, sistema educativo de excelencia, es el llamado “modelo de bienestar nórdico”. Este se sustenta en la intervención del Estado en la economía y en una notable conciencia cívica de la sociedad. Hasta chistes existen al respecto. “¿Qué pasa cuando dos noruegos se encuentran en una esquina? Forman una cooperativa”. Y ello a pesar del frio.

Son las cosas que destacó Bachelet a su arribo a Suecia la semana pasada, primera escala de su reciente gira europea. Ante el Parlamento local la mandataria resaltó el “valor” de la experiencia sueca como un ejemplo para Chile. “Nuestro objetivo es construir un modelo inclusivo social, con crecimiento económico sostenible y una democracia participativa”, dijo Bachelet. Tal como hicieron los suecos.

Si, de Suecia se puede aprender. Y también en el conflictivo tema indígena, donde –siempre olvidan mencionarlo nuestras autoridades viajeras- los países nórdicos constituyen otra referencia a nivel global. Y ello por su relación con el pueblo Sami, los indígenas rubios del Círculo Polar ártico.

Los sami habitan Suecia, Noruega, Finlandia y Rusia. No siempre fue así. Ellos, de hecho, ya vivían en esa remota zona del norte de Europa antes que los estados nórdicos soñaran siquiera con existir.

Su historia no es muy distinta de otros pueblos indígenas en el mundo. Sus primeros vestigios datan de hace 10.500 años. Pese a lo durísimo del clima, los sami se adaptaron muy bien al entorno. Vestían con pieles de animales y eran cazadores trashumantes hasta que la agricultura y el comercio los volvió sedentarios. Por siglos la crianza de renos fue su principal actividad económica.

Esta forma de vida duró hasta el siglo XVII, cuando Suecia, Dinamarca y la República de Nóvgorod empezaron a colonizar sus territorios. Poco a poco fueron dibujándose las fronteras estatales, el territorio quedó dividido y la asimilación fue avanzando. A nivel identitario este proceso supuso a los sami la pérdida de su propia cultura. A nivel político, la pérdida de su independencia como pueblo.

Esto cambió a partir de la segunda mitad del siglo XX, cuando la cultura sami experimentó una fuerte revitalización. Clave en este proceso fue la creación en 1956 de la Conferencia Nórdica Sami, defensora de la cultura y promotora de los derechos sami a nivel internacional. En 1975 sería una de las fundadoras del Consejo Mundial de Pueblos Indígenas, institución pionera en el cabildeo indígena en el seno de Naciones Unidas.

Desde entonces y con apoyo de la ONU, la lucha de los sami por recuperar sus derechos no ha cesado. Reclamación de derechos sobre el territorio, lengua propia y participación política, las principales demandas. Frenar el avance de las industrias extractivas, otra de sus batallas cotidianas. Tal como los mapuche en Chile.

Veamos entonces. ¿Cuál ha sido la postura de Estocolmo al respecto?

En Suecia la relación del estado con el pueblo Sami dista mucho del indigenismo de Estado existente en Chile con los mapuche. Y de su inherente paternalismo. El “modelo nórdico” se sustenta en el traspaso de atribuciones para el desarrollo autónomo de los sami. Si, autónomo, palabra que tantos temores acarrea en dueños de fundo y columnistas de El Mercurio.

Los sami en Suecia son considerados una “minoría nacional”, un estatus diferente al de otras minorías étnicas que han llegado al país en un tiempo histórico reciente. Tienen bandera propia desde 1986 y hasta celebran cada 6 de febrero su Día Nacional.

A nivel político desde 1993 los sami han elegido en Suecia su propio órgano de representación: El Parlamento Sami. Este se encuentra conformado por 31 miembros que representan la variedad de los partidos y las asociaciones sami. Tienen derecho a voto los inscritos en un registro electoral especial donde el único requisito es la autoafirmación cultural.
El Parlamento Sami lejos está de ser decorativo. Tiene facultades en el área económica, así como en lengua y cultura, siendo consultivo en otras materias. También coordina la relación con los parlamentos de Noruega y Finlandia, fortaleciendo la cooperación entre los sami y la conexión de estos con otros pueblos indígenas del mundo. Es financiado vía subvención estatal.

A nivel cultural, en 1962 la lengua sami pasó a ser asignatura en las escuelas y el año 2000 fue reconocida como lengua minoritaria oficial en Suecia. Hoy existen escuelas secundarias, primarias y jardines infantiles sami en todo el país con apoyo estatal. A nivel superior es posible estudiar dicha lengua en las universidades de Umeå y Uppsala. Académicos y científicos sami brillan hoy en diversas áreas.

Suecia queda a 13 mil kilómetros de Chile. La distancia no solo es geográfica, también mental. En Chile, sabido es, el conflicto con los pueblos indígenas lejos está de ser resuelto. Por el contrario, se agrava cada día. Las diferencias saltan a la vista. Donde los suecos han abierto canales de diálogo y participación, en Chile observamos tanquetas y fuerzas especiales. Donde ellos han apostado por autonomía y empoderamiento, acá observamos paternalismo y subvaloración.
Si, de Suecia se puede aprender y bastante. No es un jardín de rosas, aclaro. Conflictos existen pero el abordaje político garantiza no se desborden. Presidenta Bachelet, el mensaje pareciera ser claro; no nos den una mano, sáquennos mejor las manos de encima. Tal como hacen los suecos.


Disponible en Voces de La Tercera.

* Fotografía La Tercera.