“El presidente”

Así como es indispensable escuchar a las personas, conectando con sus anhelos, sueños y temores, también es importante planificar, priorizar y tomar decisiones que no siempre encuentran la comprensión de los ciudadanos. Dicho de otra manera, es el momento de gobernar.

31-08-2014

DESPUES de un largo tiempo alejado de la coyuntura, Ricardo Lagos Escobar decidió hablar. El lugar escogido fue un foro empresarial, rodeado de aquellos que hace casi 10 años proclamaron que lo amaban. La expectación era grande y el principal expositor no defraudó a su audiencia: nuestro problema no es económico ni financiero, afirmó, sino de liderazgo para tomar la decisiones que se requieren.

Pese a todo el ejercicio retórico de los actuales ministros para esquivar el disparo, lo cierto es que resulta difícil ensayar una explicación razonable que no enfrente la dura crítica proferida, la que, además, se hace cargo también de cierta intuición ciudadana. Poco sirve recordar el hecho, completamente cierto, de que la desaceleración se inició bajo el gobierno anterior y así demostrar que menos tiene que ver con el proceso de reformas iniciado, cuando en realidad el reproche no versa sobre las acciones, sino más bien apunta a las omisiones. Con todo, la referencia de Lagos a lo acontecido en los últimos ocho años no debiera leerse sólo como un regaño a las últimas dos administraciones. Lo que hay detrás, me parece, es una profunda crítica a las formas y maneras de la política actual, en la medida en que ésta se encuentra completamente desbordada e incapaz de contener primero, y dirigir después, el proceso de transformación que ha experimentado la sociedad chilena.

En algún sentido, entonces, Lagos es hijo de otro tiempo; de aquel donde la actividad pública estaba menos condicionada por el inmediato y constante favor ciudadano que nos arrojan las encuestas; donde el liderazgo conectaba menos con la empatía y más con el respeto; donde el ejercicio del poder no era tan horizontal y participativo, sino vertical e incluso a ratos autoritario; y donde los políticos tenían una visión y decidían materializarla sin más. En definitiva, una época en que la emoción cedía a la razón y la acción se imponía por sobre la conversación.

Pero esta visión importó también varios riesgos. Cuando se prefiere pedir perdón más que permiso, muchas veces los errores se pagan caro, como por ejemplo aconteció con el Transantiago. De igual manera, poner el énfasis en los resultados y no en los procesos tiende a minimizar el impacto de nuestras decisiones, soslayando el necesario componente de inclusión ciudadana que debe tener toda política pública; como también se promueve la concentración del poder -no sólo político, sino también económico y social-, en la medida en que la urgencia de los objetivos exige que las decisiones y su capacidad de materializarlas descansen en algunos pocos.

Chile cambió, se dice, pero no tanto. Las palabras de Lagos son un llamado de atención; no para retornar al pasado, sino para equilibrar la balanza, volviendo a poner a la política en un lugar que equidiste del populismo y el voluntarismo. Así como es indispensable escuchar a las personas, conectando con sus anhelos, sueños y temores, también es importante planificar, priorizar y tomar decisiones que no siempre encuentran la comprensión de los ciudadanos. Dicho de otra manera, es el momento de gobernar.

Disponible en La Tercera