“El respeto se gana”

Poner el foco en las rutinas humorísticas y en la reacción que éstas produjeron, como si no hablando de ciertas cosas -y así evitar los gest

29-02-2016

Anoche terminó el Festival de Viña del Mar y, como hace mucho tiempo, sin grandes novedades o con pocas cosas para destacar. Con todo, cual placer culpable, varios terminamos hablando del certamen o comentando el desempeño de algún artista.

Tanto la televisión como los diarios, radios o medios electrónicos, giran en torno a la dinámica de lo que ocurre cada noche, destacando las polémicas, los chascarros y todo aquello que pueda congregar el interés de la audiencia. Con imitaciones rascas de lo que se hace en otras latitudes, como esa gala previa de alfombra roja donde se pasea los más conspicuo de nuestra farándula criolla, intentamos revivir, en una mezcla de provincianismo y ordinariez, esa magia de las luces que otrora brindaban los grandes espectáculos. Pero cualquiera sea nuestra opinión sobre lo vivido en la ciudad “jardín”, lo cierto es que resulta, para bien o para mal, un fiel reflejo de lo que somos.

No fue extraño entonces que uno de los recursos baratos y fáciles del que echaron mano una parte de los humoristas, fuera intentar sacar risas denostando la política y a sus principales protagonistas. Así como en otras ocasiones fue el chovinismo patriotero, burlándose de peruanos y bolivianos, apelando a la condición de artistas “nacionales”; o algunas veces, rayando en lo patético, se intentó reclamar la compasión del público a través de melodramáticas tragedias personales, esta vez fue el turno de la Presidenta de la República, los honorables o uno que otro político de profesión sin cargo público vigente.

De lo observado por estos días, hubo dos cosas que llaman la atención. La primera es constatar que más que risa, lo que provocó la evocación del algunos políticos fue rabia. En esas pifias y abucheos había más resentimiento que sorna, donde la gracia fue desplazada por furia, y las muecas de satisfacción cedieron a la cólera en los gritos y gestos del respetable. Confieso que no sé qué es peor, pero evidentemente se trata de un síntoma de algo mucho más profundo que nos viene carcomiendo hace décadas. La segunda sorpresa fue la reacción de algunos personeros de gobierno o dirigentes de partido. La victimización que hicieron varios, pidiendo respeto hacia su gremio o las instituciones que representan, o incluso los más temerarios alegando machismo en la rutina de los humoristas, es la más flagrante evidencia de la escasa comprensión del drama que nos afecta.

Poner el foco en las rutinas humorísticas y en la reacción que éstas produjeron, como si no hablando de ciertas cosas -y así evitar los gestos de reprobación- fuera una manera de resolver el problema, es tan ridículo como no tomarnos la fiebre para así creer que estamos sanos. Antes de responsabilizar al cartero por los mensajes que nos entrega, con un lloriqueo tan ridículo como negador, sería importante hacer la autocrítica por lo que hay detrás de estas manifestaciones e indagar las causas del profundo desprecio que muchos de los ciudadanos están sintiendo hacia la actividad política y sus representantes.


Disponible en Voces de La Tercera.

* Fotografía La Tercera.