“En el campamento de las Farc (El fin de la revolución, 1ra parte)”

El campamento se esconde al interior de un bosque de palmeras, parecido a otros varios que a partir de cierto punto aparecen como manchones entre las lomas de la sabana.

14-07-2016

“Hace tiempo que no hay tiros”, me dijo el cabo primero Pérez frente a la barrera que cierra el camino a la salida de San Vicente del Caguán. “Ya no es como antes”, agregó. Antes – especialmente durante el gobierno de Uribe, en que la violencia recrudeció-, la región del Caquetá fue campo de enfrentamientos entre el ejército, los paramilitares y las Farc. Desde el 23 de junio pasado, cuando el presidente de Colombia Juan Manuel Santos y el comandante Rodrigo Londoño, alias Timochenco, firmaron en La Habana el cese al fuego bilateral de una guerra que ya superó el medio siglo, con 250.000 muertos, más de 50.000 desaparecidos y cerca de 7 millones de desplazados, que las cosas son distintas. Aunque hasta llegar a esa barrera (e incluso un poco más allá) la zona continúa plagada de soldados en tenida de guerra, el ambiente se ha distendido. El rigor de los controles ya no es como tiempo atrás, cuando incluso el ganado debía descender de los camiones para ser inspeccionado antes de seguir camino hacia La Macarena, atravesando aproximadamente un millón de hectáreas que todavía hoy permanecen bajo el control de la guerrilla. Desde ahí a la frontera con Venezuela, en plena selva amazónica, incluyendo todos los llanos y las sabanas del Yarí, no es la ley del Estado, sino la ley de las Farc la que gobierna. Las huellas que surcan ese territorio no aparecen en los mapas. Son caminos pésimamente mal tenidos, interrumpidos por grietas profundas y llenas de agua que no cualquier carro ni cualquier chofer son capaces de superar, menos cuando las lluvias que últimamente no han cesado las inundan hasta convertirlas en piscinas de una hondura impredecible.

Pasando el pueblo de Los Pozos – donde en febrero del 2001 el presidente Pastrana y Manuel Marulanda “Tirofijo” firmaron un acuerdo de 13 puntos para buscar una salida política al conflicto, acuerdo que se fue cayendo punto por punto hasta volver a fojas a cero- se debe pagar un peaje de 3.000 pesos colombianos a la insurgencia. El siguiente caserío se llama La Sombra, y su nombre no puede estar mejor puesto, porque si bien abundan las colinas verdes y arboladas a todo su alrededor, ahí la vida parece subsistir en blanco y negro. Se respira un aire fantasmal. Apenas un par de campesinos recorren sus calles, hay sólo un almacén abierto con mercadería básica y una gasolinera Terpel fuera de servicio desde hace tiempo. La venta de combustible, a todo lo largo de la cuadra que dura el pueblo, se realiza en envases plásticos de dos litros que pueden encontrarse acumulados en estantes de madera, como aguardientes en una botillería de feria. Fue un poco más allá, frente a una casucha de la villa El Recreo, que encontramos al motorista anónimo que nos conduciría al campamento guerrillero José María Carbonell. Faltaba, sin embargo, todavía un buen trayecto para arribar a este refugio de combatientes comunistas: un camino de varias horas que, entre otros hitos reconocibles, atraviesa el puente colgante del río La Tunia (a Marulanda le gustaba diseñar puentes colgantes), y el hoy abandonado pueblo de Caquetania, donde permanecen en pie las construcciones más elegantes del recorrido y donde también, según supe más tarde, ocultaron durante algunos días a Ingrid Betancourt luego de ser raptada entre Montañita y Paujil, justo antes de llegar a San Vicente del Caguán.

El campamento se esconde al interior de un bosque de palmeras, parecido a otros varios que a partir de cierto punto aparecen como manchones entre las lomas de la sabana, sólo que aquí concluye esa zona de pastizales, para dar pie, a continuación, a la espesura de la selva amazónica. De ahí salieron a buscarnos, como si fueran personajes del bosque, una decena de jóvenes, hombres y mujeres, en tenida de campaña, algunos con polera blanca y otros enteros de verde cargando sus armas y cartucheras. En una mesa de madera, bajo un toldo plástico sobre una estructura curva de ramas, nos recibió el Comandante Mauricio Jaramillo, también conocido como “El Médico”, jefe de todo el Bloque Oriental –Meta, Bocayá, Guaviare, Arauca, Dinamarca…-, nueve departamentos en total, la región insurgente más grande del país, y la única que deslinda con Venezuela. Este comandante conoció a Chávez –quien le habló de la importancia de “luchar no sólo por terminar con la violencia en Colombia, sino en todo el continente”- y fue el primero en ir a La Habana para sostener las conversaciones preparatorias de lo que cuatro años después sería el acuerdo de paz que aún espera ser firmado, pero que ya parece irreversible. Él, con Sergio Jaramillo y Enrique Santos –hermano del presidente- en representación del gobierno, fueron quienes acordaron los temas a resolver antes de fijar cualquier itinerario de diálogo entre ambos bandos. “Sergio lo primero que me pidió fue que dejáramos las armas. ¡Imagínese usted! Yo vuelvo con ese compromiso y me fusila la guerrillerada. Tardamos en llegar a la palabra “dejación””, nos contó, uno de los tantos eufemismos a que ha debido acudir este proceso para volverlo digerible. Mientras más complejo es el arte de la política, más cuida las palabras. “Quería que nos rindiéramos y que no habláramos nada de paramilitares ni de Reforma Agraria ni de terminar con la compra de votos. Así no se puede, le dije, y los muertos serán su responsabilidad, Sergio”. Según él, en el plano político, no están pidiendo más que una verdadera democracia. “Al finalizar esos encuentros, rió El Médico, Jaramillo le envió de regalo a Timochenco un libro de Lisistrato en griego. ¿Qué le parece?”, y agregó con sorna que su amigo Timo apenas leía en español. “Somos un partido, una agrupación, y vemos en la paz una oportunidad. Así también lo ven los campesinos. Siempre hemos buscado la paz”, explicó a continuación. Mientras Juliana -una muchacha de 21 años que nos miraba con curiosidad a través de un mechón húmedo que le caía por la mitad de la cara- nos servía café, El Médico contó cómo había sido el bombardeo en que murió el Mono Jojoy (“arrojaron más de 60 toneladas de explosivos”, especificó), que ahí el ejército y los paramilitares son los mismos, que la droga había destruido la cultura campesina y que la justicia especial para la paz era, según él, simplemente el establecimiento de la verdad. A continuación nos dijo que debía salir a dar “una vueltica”, de modo que nos instaláramos, y que durante los días que permaneciéramos en el campamento conversáramos libremente con quien se nos antojara, y sacáramos fotos y filmáramos si queríamos, salvo, pidió, “a los dos maestros que vienen del pueblo, porque para ellos puede ser complicado”.

Ahí oscurece a las 18.30, y había pasado esa hora cuando guerrilleros que ya no se veían nos condujeron a nuestras caletas con camas de tierra cubiertas de hojas, plástico y una colcha, todo velado por un mosquitero negro. Al día siguiente el movimiento de la guerrillerada comenzó a las 5 am, única hora en que la compañía sale del bosque al llano con todas sus armas y atuendos a realizar los ejercicios matutinos, hasta que termina de amanecer y vuelven a su escondite.

Una gran historia está viviendo sus capítulos terminales por estos días: la historia de la Revolución en América Latina. Durante los últimos años, La Habana (no podía sino ser en la capital de la Revolución donde esto aconteciera) ha sido el escenario central de este final de cuento. Desde diciembre del 2014, cuando Raúl Castro y Obama hicieron pública su voluntad de restablecer relaciones, y EE.UU dejó de ser el enemigo de Cuba para convertirse, paso a paso, en su interlocutor cultural y comercial, que la palabra socialismo se escucha cada vez menos en los discursos oficiales y las conversaciones cotidianas de la isla. Todo tiende allí a la apertura económica y, aunque de momento suceda a ritmos altamente controlados, también el ingreso del mercado parece un hecho sin vuelta atrás. Al mismo tiempo, fue en La Habana que se acordó, luego de más de 3 años de negociaciones, la incorporación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia a la vida política de su país, es decir, al fin de la guerra, pero también de la pretensión radicalmente transformadora que las vio nacer el año 1964, tras la operación de Marquetalia. La idea del hombre nuevo, de una sociedad sin clases, donde los individuos produzcan lo que puedan y reciban lo que necesitan, quedó archivada hasta nuevo aviso. El sistema capitalista, en cualquiera de sus formas, terminó de expandirse a lo largo y ancho del planeta.

En el campamento José María Carbonell, sin embargo, todavía no lo tienen claro. El promedio de edad de esta compañía compuesta por 60 guerrilleros (18 mujeres y el resto hombres) debe bordear los 27 o 28 años. Todos aquellos con quienes conversé durante la semana que permanecimos ahí habían llegado entre los 11 y los 14, algunos con el beneplácito de sus padres y otros huyendo de ellos. Es sabido que las Farc también han realizado reclutamientos forzados, pero ninguno de los que hallé confesó haber ingresado de ese modo. Combatieron por primera vez antes de cumplir los 15 y no hay quién se salve de haber visto morir a un amigo cerca. Lisandro Rondón (33) entró con su hermano, pero al cabo de un par de años éste falleció en combate. “Cuando murió, sentí aburrimiento por tres días”, me dijo, “pero acá somos como una gran familia, y el comandante, que es como mi padre, me explicó y me consoló”.

No imaginan su futuro lejos de las Farc. Los jóvenes tienen en su mayoría el pelo corto y con dibujos, como los futbolistas o los reggaetoneros, mientras ellas usan más de un aro en cada oreja, tejen pulseras con sus nombres o la cara del Che con mostacillas y bordan las cartucheras de sus armas y municiones con coquetería adolescente. Hombres y mujeres realizan las mismas labores, el aborto está permitido (“la mujer decide”, dice El Médico), y las parejas duran lo que estiman pertinente, sin establecer compromisos formales. Una vez adentro, la mayoría nunca volvió a ver a sus parientes, y si lo hicieron fue en circunstancias breves y especiales, pero jamás regresaron a la ciudad. Han terminado por constituir algo parecido a una secta. Ya no imaginan su vida lejos de la “organización”. Si se les pregunta qué harán cuando se firme la paz (lo que podría suceder en agosto, según adelantan los que saben) y dejen sus armas y deban incorporarse a la vida normal, unánimemente responden: “lo que ordenen nuestros comandantes”. Si se les insiste reconocen sus ambiciones ocultas sin demasiado énfasis. Entre las jóvenes, fueron varias las que me confesaron “enfermería, porque como ya sé un poco, me gustaría saber más”. Según Shirley: “Las convicciones permanecerán, porque hay algo que ya está adentro de nosotros. Seguiremos trabajando para las Farc”. Imaginan que continuarán viviendo juntos dedicados a la causa, sin sus metralletas 223, ni sus AK 47, M 16, AK 15 o R 15 (portátil), “y por eso ahora nos pasamos estudiando en lugar de tener entrenamientos de tiro”, explica Churri, que a sus 26 años lleva la mitad de la vida en combate. Para Diego, el jefe del campamento, “la lucha sigue y el objetivo final es la toma del poder”. Todos ellos continúan creyendo en la Revolución, aunque la Revolución ya no crea en ellos.

Sólo un comentario para el cierre de esta entrega: me sorprendió encontrar ahí, en el campamento, y más tarde en Bogotá, paralelos inesperados y paradójicos entre el proceso de paz colombiano y la transición democrática chilena. En Colombia, es la extrema derecha encabezada por el ex presidente Uribe (un paramilitar emparentado con los narcos de Escobar) la que pide justicia sin amnistía, algo así como “ni perdón, ni olvido”, mientras las fuerzas de izquierda guerrillera hablan de “justicia en la medida de lo posible”.

(Esta historia continuará…)


Disponible en The Clinic.