“En el Campamento de las Farc (El Fin de la Revolución, 2da. parte)”

“Bonita tu caleta”, le comento a Juliana mientras me concentro en los afiches que cuelgan de una piola, con el rostro de Marulanda en lugar del artista de moda.

21-07-2016

El campamento guerrillero José María Carbonell fue montado en el sitio en que hoy se encuentra apenas veinte días antes de nuestra llegada. “En tiempos de tensiones –me cuenta Schneider, que usa boina y carga una metralleta calibre .223, americana, con una larga tira de balas enrollada cerca del gatillo– permanecemos cuatro o cinco días en un sitio y nos trasladamos. Pero ahora las cosas están tranquilas y aquí llevamos más de dos semanas”.

Yo hubiera jurado que vivían ahí hacía años. Caminos de maicillo recorren las caletas dormitorios –todas individuales, salvo las que cobijan a las pocas parejas que subsisten en la guerra–, caletas que además de cama tienen un escritorio de palos donde sus moradores estudian en las horas libres los distintos puntos del acuerdo de paz que un par de profesores, miembros clandestinos de la organización provenientes de la ciudad, se han encargado de explicarles malamente durante los últimos tres meses. “Bonita tu caleta”, le comento a Juliana mientras me concentro en los afiches que cuelgan de una piola, con el rostro de Marulanda en lugar del artista de moda.

Esos mismos senderos de gravilla enmarcados por bambúes son recorridos por un delgado cordel a la altura de los hombros para guiar a sus viandantes de noche. Casi nadie tiene linterna y el que la tiene rara vez la usa. La disciplina guerrillera obliga a mantenerse oculto, sin dar señales en la oscuridad. Un poco más abajo, en la quebrada del bosque, se encuentra el baño (para hacer las necesidades hay casetas con muros de hojas de palma y un agujero con tierra suelta en los bordes para cubrir el detritus), donde una tina de madera forrada de plástico recibe el flujo de una vertiente nacida entre los marichales y un mecanismo de compuertas permite mantenerla siempre llena de agua limpia.

Tres veces al día –entre las 9 y las 11.30, las 13 y las 15, y las 17 y las 19 hrs– se reúnen para asistir a clases en el búnker, un hoyo en la tierra de aproximadamente 50 metros cuadrados y 2,5 metros de profundidad con techo de madera cubierta de adobe, imposible de adivinar desde la superficie y al que se desciende por unos agujeros que, cuando llueve, se llenan de lodo. La guerrillerada usa botas de goma, porque vive con los pies en la humedad.
Cada uno de los guerrilleros con que conversamos tenía su encanto. Ellas, una feminidad joven, más inmadura que la de las citadinas de su edad. Las de veintitantos todavía parecían quinceañeras. Shirley (26), que también se hacía llamar Churri, escribía en un cuaderno maltratado pensamientos románticos que luego envolvía en el dibujo de una nube. “Hay palabras que duelen dependiendo de quién vengan. Chao amor”, “Las huellas bien puestas, jamás se borran”, “No quiero ser más tu marioneta. Prefiero ser una persona normal. No sentir nada por nadie jamás”. Hace más de un año que terminó con su novio –un guerrillero del campamento que ahora andaba con otra–, pero aún tiene colgando de una cadena la medalla de lata con las iniciales de los dos. “Él me abrazaba –me dijo–, cuando le contaba mis penas de niña”. Todo esto lo relataba sin caritas conmovedoras, como quien narra hechos consumados. No tenía idea de a cuántos había matado. “Quizás ninguno –me dijo–, porque en los enfrentamientos uno echa ráfagas y no sabe qué pasa con esas balas”.

Brenda tiene 29 y llegó a los 13 (Shirley también llegó a los 13). No piensa ser madre, aunque hace años tuvo una pérdida con siete meses de embarazo. Ella me contó cómo eran los bombardeos en la noche: “Estás dormido y escuchas un murmullo, ta, ta, ta, y de pronto un golpe seco, la bomba, y comienzan los gritos. El ruido te deja escuchando un silbido. Hubo un tiempo que todos debíamos cargar un ‘chiro’ (trapo) con agua para cubrirnos, porque el olor de las explosiones no te deja respirar. Así era con los Tucanes o las Catalinas, pero los peores eran los Cafires, porque a esos los escuchas cuando ya han pasado y soltado sus bombas de 1000 libras. Hay compañeros que han quedado enterrados y sus cuerpos desaparecidos. Después del ‘borbandeo’ (así llaman ellos al bombardeo) viene el desembarco. Los tiran en helicópteros. Por lo general, uno dispara sin ver si dio o no. Nunca me ha tocado disparar apuntándole a un hombre”.

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Sólo David, “El Mocho”, reconocía que le había dado de lleno a un soldado con el que se encontró sin previo aviso a dos pasos de distancia, luego de perder su brazo en combate, el 12 de mayo del 2010.

“Era el tercero al mando de una unidad llamada La Marquetalia, y como nos quedáramos sin alimentos tocó ir por una remesa que los soldados ya tenían ubicada. Ellos estaban escondidos a todo alrededor de la despensa. Nosotros éramos 32 y nos dejaron cargar y partir, y cuando ya habíamos caminado un poco nos emboscaron. Ahí murió el Alexis, al que le decíamos ‘Arpía’. Nosotros intentamos huir pero nos acorralaron a orillas del río Cuncia, que tiene más de 200 metros de hondo y es peña por aquí y peña por acá, de manera que no nos dieron más opciones que dejarnos reventar. Retrocedimos un poco y sacamos granadas; mientras ellos quemaban, se las arrojamos para ver si en medio de la humareda y el polvo algunos podían salir. Una de las granadas rebotó en un palo y estalló a cinco metros mío y ahí quedé atontado y ciego. Estaba recién despertando cuando escuché un clic, como suena cuando se retira el gatillo o el seguro del arma, pero dado que estaba todavía medio inconsciente pensé que era un sueño, sicología mía pues, y cuando me volteé lo único que alcancé a ver fue el fogonazo ahí mismo, a dos metros cuando mucho, y yo también disparé inmediatamente. Caí, y cuando voy a coger mi arma, no tenía el brazo. O sea, lo tenía todo desbaratado. En ese instante no sentí dolor. Me tenté de la risa. Altiro dije “quedé mocho”. Me acordé mucho de lo que predicaba el camarada Manuel: que en el intercambio de disparos tenía que haber muertos, heridos, desaparecidos y mutilados. Estuve tres días sin poder salir de ahí, con el brazo destruido. El brazo estaba, pero deshilachado. Andaba de palo en palo hasta que encontré la trocha por donde se habían ido los compañeros. Caminé dos días. Tenía que acudir a la moral para no quedarme dormido, porque sabía que si me dormía me moría. Hablaba solo. Descansaba apoyado a los troncos. En una de esas, a las 6 de la mañana, me quedé atascado en un pantano y para salir de él tuve que dejar las botas y los pantalones, así que seguí descalzo y en calzoncillos. Y fíjate que la guerrilla había dejado minas en el camino por si los seguía el enemigo y, sin saber, me monté por 25 bombas (lo supe después) y no me totió ni una sola. Dos horas después escucho bum bum bum, el ejército haciéndose mierda entre los explosivos. Al rato llegué al campamento, llegué vuelto nada y me puse a gritar. No había nadie. Solo las caletas vueltas carbón. Encontré toditas mis cosas quemadas. Y en eso estaba cuando escucho una bulla y me cogí un barranco creyendo que eran de nuevo los soldados, y en el mismo río Cuncia me colgué con la decisión de matarme cuando escucho la voz de una muchacha que dice ‘por aquí huele a feo, por aquí huele a sangre, por aquí huele a muerto’. Y en ese momento me puse a gritar y llegó la guerrillerada lista para dispararme, pensando que era una trampa, porque eso de utilizar a alguien herido para cazar al adversario es muy común en el ejército. Entonces me cogieron, y aquí estamos man, vivitos de momento. Los que me vieron cayeron desmayados. Así de mal estaba. Esto fue en las serranías de la Macarena, donde mataron al Mono Jojoy”.

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Todos tenían su encanto, menos los profesores. Yo, al menos, no tardé en despreciarlos. Eran dos jóvenes bien parecidos, ella –Violeta– blanca y de ojos abiertísimos, y él –Pablo– un tipo alto y delgado, con el pelo corto y la ropa verde de la guerrilla que no combate. Ambos explicaban el proceso de paz desde una lógica marxista. “Somos comunistas –enseñaba Violeta–, porque estamos en permanente transformación. Los pueblos están cansados de la opresión, de morir de hambre, de las mentiras de los medios de comunicación. La oligarquía tiene miedo de darse cuenta de que es la mayoría la que sigue a las Farc”. Esa primera vez que bajé al búnker y escuché estas lecciones en el aula llena de guerrilleros jóvenes reclutados al final de la niñez, Violeta terminó su lección recordando lo siguiente: “La educación tradicional es sesgada, sólo el marxismo nos permite ver la realidad tal cual es. Donde hay un comunista, está representado el partido. Estudiar, estudiar, estudiar”.

En todos los días que participé de sus cátedras, nunca escuché a estos “profesores” hablar de democracia, de abrirse a las diferencias con que se encontrarían en la vida ciudadana, de la importancia de pensar por uno mismo, de disfrutar con curiosidad al que opina distinto en lugar de atacarlo. Jamás se refirieron al mundo nuevo que se les venía por delante, donde la comida no proviene de una olla común, ni el único peligro es un pelotón que se aproxima. Con frecuencia daban la palabra para que los guerrilleros dieran su opinión o leyeran en voz alta un párrafo de los acuerdos de paz, lo que hacían a tropiezos, tartamudeando. Entre los comentarios de la tropa, abundaba la desconfianza frente al actual proceso. “Si se quiere terminar con la coca, hay que darle alternativas de cultivo a los campesinos”, comentó uno. “Deberemos movilizar al pueblo para exigir los cambios”, intervino otro. “Santos insiste en que no hay paramilitarismo, pero sabemos que no es así”, concluyó. Sus profesores no perdían ocasión de confirmarles (quizás lo contrario hubiera sido demasiado fuerte) que la lucha continuaba ahora por otros medios, pero que era la misma lucha.

Al conversar con los comandantes –yo lo hice con Timochenko, Iván Márquez y Pastor Alape en Cuba, y con Mauricio, “El Médico”, en el campamento– no era eso lo que daban a entender. Alape llegó a decirme que sólo querían que se respetara la Constitución. Con Mauricio conversamos sobre lo importante que sería, al ingresar a la vida política, no sólo volver a las propuestas de los años sesenta, sino rescatar lo aprendido en la vida sencilla de medio siglo en la guerrilla, siempre fundidos con la naturaleza y desligados de las ambiciones materiales. De cómo eso, más que lo otro, suena hoy revolucionario. A lo largo de este proceso de paz, también descubrieron la política, es decir, el arte de lo posible. La guerrillerada todavía lo desconoce. Y estos profesores, fieles a sus míseras lecturas, no hacían nada por explicárselos.

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El búnker, ese gran hoyo en el barro sin luz natural (pero con electricidad), es el lugar de reunión para los guerrilleros que viven en este campamento. Frente a las seis hileras de banquetas y mesones, hay un pizarrón blanco que también sirve de telón a la hora de proyectar videos. Es al mismo tiempo un refugio antiaéreo, una sala de clases, un cine y un salón de juegos.

Esa noche, al terminar las clases, Pablo puso un video de propaganda anticapitalista –“Servidumbre Moderna”, creo que se llamaba– donde la vida en las grandes ciudades aparecía como un infierno. Se sucedían las imágenes de casi todos los líderes del mundo mezcladas con las de los grandes magnates mientras una música chirriante y angustiosa taladraba el cerebro. Yo tuve que salir a tomar aire, y era demasiado grande el contraste entre el canto de los grillos y otros bichos selváticos, a veces interrumpidos por el grito de un mono en medio de la oscuridad silenciosa, con el crujir forzoso de la conciencia que provocaban esas imágenes en el agujero. Si tuviera que denunciar algo, sería esto: esa noche, en el búnker, presencié un abuso, una trampa, una violencia distinta de la guerra, un macabro ejercicio de manipulación cerebral. Porque si los allí presentes hubieran podido hacer zapping, habría sido un mal programa más, pero en ese hoyo negro en la mitad del bosque, constituía una encerrona imperdonable, más todavía cuando sus víctimas, dentro de poco, constatarían que ése no era el mundo de los enemigos, sino su nuevo mundo.

La última actividad oficial en el búnker consistía en la entrega de noticias. Entonces Diego, el jefe del campamento, comunicaba a la compañía las informaciones recibidas desde la comandancia e invitaba luego a los presentes a poner en común cualquier información que hubieran recibido. Entonces algunos levantaban la mano para hacer pública una novedad de afuera que habían escuchado por sus radios, a las que sólo llegaban frecuencias AM. La última noche, en esa instancia, fue que corrió entre murmullos la noticia de la rebelión de un grupo de guerrilleros del bloque oriental que no reconocían los acuerdos de La Habana. Nadie comentó la información. Al día siguiente, el Comandante Mauricio nos dijo que se trataba de unos corruptos, no más de cien, que se habían vendido a los narcos. El presidente Santos dijo que se les enfrentaría sin piedad. “Cualquiera que tenga alguna duda, que mejor la deje a un lado y se acoja, porque es la última oportunidad que tienen para cambiar de vida. De otra forma terminarán, se los aseguro, en una tumba o en una cárcel”, les advirtió. Un comunicado de la comandancia, firmado por El Médico, los entregó a su suerte. Según aseguraba el comunicado, las Farc son una organización que toma sus decisiones en conjunto, y quien no las acata, queda fuera de la organización.

Terminadas las clases, luego de que los profesores se marchaban y con el campamento enteramente a oscuras –tanto que ni las manos se podían ver–, el búnker se convertía en un salón de juegos de damas y de ajedrez. Ahí los guerrilleros recuperaban su personalidad propia, se sentaban en las mesas o se desmoronaban sobre ellas para presenciar una partida en la que todos opinaban. Mientras jugaba damas con uno de ellos, ya en la confianza que produce la ausencia de toda autoridad, le pregunté a mi contrincante y a los espectadores de la partida si no tenían películas algo más divertidas, menos discursivas, y me dijeron que sí, que muchas. Pero cuando uno mencionó a Jean Claude Van Damme y otro al “Acorazado Potemkin”, les pedí “algo más rocanrolero”, y se largaron a reír. Ahí no existen los Rolling Stones. No hay música en el campamento. Hablan de un tal Julián Conrado, cantor de la guerrilla, pero a decir verdad, jamás escuché un acorde mientras permanecimos allí. La música parece que dejó de sonar en lo que hasta antes de ayer fue la fiesta de la revolución.


Disponible en The Clinic.