“Evitar nuevas catástrofes”

27-03-2015

EL ALUVION de Antofagasta de 1991, dejó como triste resultado 92 muertos y 16 desaparecidos. En esa oportunidad, la madrugada del 18 de junio, los cerros sucumbieron, provocando una de las catástrofes más dañinas del norte grande. Hubo campañas de solidaridad y estudiantes de todo el país recolectamos ropa y fuimos a reconstruir viviendas para los albergados.

 

Luego de 24 años, las lluvias se repitieron casi con la misma intensidad. Muchos temieron nuevos aluviones, pero eso no ocurrió. No por buena suerte, sino porque en el intertanto el Ministerio de Obras Públicas construyó decenas de enormes piscinas de control aluvional en las quebradas que rodean esa ciudad. Esta vez la lluvia hizo daño, pero no causó los estragos, porque el MOP hizo bien su pega de largo plazo; la que importa.

Es cierto, mucha pena y expectación generan las inundaciones y aluviones provocados por las intensas lluvias que cayeron en el norte del país, y mucha atención recibe la gestión de la Onemi y de las autoridades políticas en torno a esta nueva crisis con que la naturaleza azota a nuestro país. Pero pocos se detienen a pensar en cómo se evitan estas crisis.

Lo primero es defender las ciudades y centros poblados, donde las inundaciones provocan mayores daños. En Santiago, durante la Colonia, se construyeron los Tajamares del Mapocho, y en los 90, una red de colectores de aguas lluvias. Últimamente se han desarrollado soluciones más innovadoras, como el parque inundable Renato Poblete.

Pero la naturaleza nos recuerda que Santiago no es Chile. En el resto del país la Dirección de Obras Hidráulicas ha continuado instalando defensas fluviales a lo largo del país, pero sus esfuerzos han sido insuficientes. Ciudades como Copiapó necesitan canalizar los ríos que las atraviesan.

En el norte se deben implementar obras de control aluvional que reduzcan la violencia del agua, y al retenerla también provoquen infiltración, lo que ayuda a ese desértico territorio. Combinar estas obras para prevenir inundaciones con infraestructura de regulación del agua, como embalses de riesgo, hace mucho sentido en los lugares y formas en que sea posible.

El problema es el elevado costo. Para el Estado asumir solo esta titánica tarea es difícil. Los regantes, por su parte, son reacios a contribuir económicamente con estas obras, pese a que en muchos casos los beneficiados son grandes empresas agrícolas cuya producción se ve altamente incrementada. La incertidumbre que se ha creado sobre los derechos de aprovechamiento de agua tampoco colabora al momento de pensar en embalses, tranques y canales. ¿Porque alguien habría de invertir sin estar seguro de quién va a ser el agua embalsada?

La sequía y las abundantes lluvias están más ligadas de lo que se piensa. No se trata sólo de una crueldad del destino, sino que de un desafío que debe ser encarado en forma integral. El Estado, los regantes, y las autoridades regionales y locales deben cambiar radicalmente su manera de relacionarse con el agua, en escasez y en abundancia.
Disponible en La Tercera:
http://diario.latercera.com/2015/03/27/01/contenido/opinion/11-186271-9-evitar-nuevas-catastrofes.shtml