Exclusión e inactividad juvenil

La inactividad juvenil es una forma de exclusión social, que conlleva costos presentes y futuros para el joven y su familia, y también para las comunidades y la economía.

20-05-2015

De acuerdo a las estadísticas de la OECD, sobre un 20% de los jóvenes chilenos entre los 15 y 29 años de edad no estudia, trabaja o participa de un programa de capacitación formal.

El problema de la inactividad juvenil es complejo y no es fruto de una causa única. En parte, guarda relación con las limitaciones de nuestro sistema escolar y de funcionamiento del mercado laboral.  Pero también con factores biológicos, familiares, sociales, económicos y del entorno sobre los cuales tenemos información insuficiente.

En particular, en Chile la escasa información que existe sobre el ambiente en que se desarrollan los jóvenes está disgregada y no necesariamente entrega una mirada integral de la situación en que viven niños y jóvenes, incluyendo su bienestar físico y sicológico.

Gracias a encuestas como la Casen, sabemos bastante sobre los recursos monetarios y bienes materiales con los que cuentan los hogares. Pero nuestro conocimiento sobre el ambiente emocional, la violencia y las carencias psicosociales en las que se desenvuelven los niños y jóvenes, es limitado. Asimismo, sabemos muy poco sobre las habilidades con las que cuentan ellos mismos y su medio para protegerse y enfrentar riesgos y vulnerabilidades.

Para poder diseñar e implementar políticas eficaces hacia una mejor inserción social y laboral de los jóvenes, necesitamos de mejores diagnósticos.

Algunos jóvenes están inactivos por motivos puramente temporales –un problema familiar transitorio, por ejemplo, o debido a los vaivenes de la economía–. Ciertamente, la manera de enfrentar estas dificultades es distinta de si se trata de una situación más estructural.

Un estudio de CEDLAS, presentado recientemente en un seminario sobre inactividad juvenil organizado por Espacio Público, describe las herramientas con que las políticas públicas han enfrentado el problema del empleo juvenil en América Latina.

Algunas de ellas se han centrado en la demanda, proveyendo subsidios al empleo o flexibilizando normas de contratación y despido. Otras se han enfocado en las habilidades de los jóvenes, por medio de la capacitación en oficios o para el emprendimiento.

Por lo general, estas iniciativas muestran impactos heterogéneos y más bien modestos sobre las oportunidades de los jóvenes vulnerables, medidas por su acceso a empleo formal e ingresos laborales posteriores. En parte ello puede deberse al desafío de focalizar estos programas en jóvenes en riesgo y que poseen desventajas educativas y socioeconómicas.

Es posible que programas “estándar” no sean los más eficaces en esta población. De acuerdo al informe de la Comisión Larrañaga, que evaluó el sistema de capacitación chileno, los programas en formación de oficios para jóvenes vulnerables, financiados por medio de Sence, sí son efectivos en generar mayores oportunidades para estos trabajadores.

Se trata de programas ejecutados por fundaciones sin fines de lucro, que han aprendido a atraer, motivar y retener a jóvenes vulnerables, y que mantienen vínculos fuertes con el mundo laboral.

Asimismo, diversas ONG ofrecen programas de rehabilitación a jóvenes con consumo problemático de drogas o que han cometido delitos. También existen organizaciones que buscan reinsertar educacionalmente a adolescentes que han desertado del sistema escolar debido a un embarazo.

Buena parte de estos programas tienen escalas pequeñas. No es claro si estas mismas instituciones pueden crecer, abarcando con la misma efectividad a un grupo más amplio de jóvenes. Tampoco, si existen otras entidades capaces de crear los lazos territoriales que ya poseen las instituciones que proveen experiencias exitosas.

La inactividad juvenil es una forma de exclusión social, que conlleva costos presentes y futuros para el joven y su familia, y también para las comunidades y la economía. Estos costos no son solamente financieros; también significan el costo emocional de planes, deseos y expectativas incumplidas.

Chile tiene mucho por avanzar en una inserción social y laboral efectiva de sus jóvenes, sobre todo de aquellos en situación de vulnerabilidad. Un primer paso será el de entender mejor sus necesidades, aspiraciones y expectativas, así como sus carencias. Sólo entendiendo los factores que dificultan esta inserción, podremos avanzar en diseñar programas que los atiendan con efectividad.


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