“Guerra Santa”

La frase “ni perdón ni olvido” no solo cultiva la dignidad, también riega los jardines de la guerra. La recitaron durante décadas los judíos, y ahora lo hacen los palestinos. Ojo con el círculo vicioso.

07-08-2014

Tiempo atrás, Jon Lee Anderson, periodista del New Yorker, me dijo que en Gaza llevaba años gestándose la Tercera Guerra Mundial. “Aquí es donde se fusionan –argumentó- todos los conflictos e intereses, es donde cualquiera que quiera meter mano lo puede hacer”. Él se refería a los Estados, las religiones, las grandes corporaciones. Las fuerzas de Oriente y Occidente, el avance de los yihadistas… Son varios los estudiosos de Medio Oriente quienes sostienen lo mismo.

El conflicto, sin ir más lejos, apasiona incluso a los habitantes de este país del fin del mundo, donde las noticias internacionales pocas veces llaman la atención. Las muertes que están aconteciendo ahí a cada rato son un espectáculo macabro. Los niveles de inclemencia y crueldad a los que ha llegado la invasión israelí son injustificables. Iban 373 niños muertos hasta antes de la tregua del lunes; poco antes, bombardearon un recinto de Naciones Unidas. Son incluso bestiales, aunque más higiénicos que el rapto de cientos de impúberes por los fanáticos religiosos de Boko Haram, o las acometidas santas del Isis, o Putin botando aviones con 300 pasajeros y promoviendo el linchamiento de homosexuales en Rusia.

Pero algo especial posee la matanza de Gaza que nos interpela con un compromiso mayor. No es solamente un asunto de cifras o niveles de impiedad, porque durante los últimos años, muy cerca de ahí, en Siria, por ejemplo, las hemos visto iguales y peores. Quizás sea porque ambos bandos tienen en Chile comunidades fuertes. Dicen que acá está la comunidad palestina más grande del mundo y los judíos no son nada de pocos. Las dos familias tienen políticos, intelectuales y millonarios por estos lados. Pero eso no lo es todo. Parece que en la Tierra Santa la violencia se apodera del corazón de las creencias.

El tema no es quién tiene la razón, porque en una disputa como esta la razón suele extraviarse. Solo motivos irracionales pueden explicar que dos pueblos no sean capaces de convivir. Los terroristas de Hamas no son precisamente fascinantes. Más bien, son la otra cara de la barbarie. Su empeño en dispararle a los hebreos es bien poco defendible. No se trata de un heroico acto de defensa, porque llevan años al ataque. Sus cohetes, por lo demás, no salvan la vida de los habitantes de la Franja, sino que la exponen a la furia del gigante. Si pudieran matar más israelíes, lo harían: matan menos, porque, de momento, no pueden matar más. Les falta la tecnología bélica necesaria para conseguirlo.

En este capítulo de la historia, sin embargo, se supone que Hamas está del lado de las víctimas, y no es bien visto juzgar lo que sucede ahí. Con esta invasión terrestre y abusadora, los judíos terminaron de perder esa aura de víctimas que les dejó el Holocausto. Tiene razón Amaro Gómez Pablo: es impresentable que acusen de antisemita al que condene los crímenes de Netanyahu. Ahora al judaísmo le corresponde hacerse cargo de los crímenes de sus parientes poderosos, como hicieron ayer los alemanes hijos del nazismo. La victimización dista mucho de ser el camino de la paz. Existe la arrogancia del ofendido: el que se cree con derecho a todo por haber sufrido y, peor todavía, el que en nombre de la víctima, de pronto se vuelve victimario. No se es más bueno por pasarlo mal. Quiénes lo creen suelen ser sumamente peligrosos. La frase “ni perdón ni olvido” no solo cultiva la dignidad, también riega los jardines de la guerra. La recitaron durante décadas los judíos, y ahora lo hacen los palestinos. Ojo con el círculo vicioso.

Disponible en The Clinic