“Historia de dos alcaldesas”

06-05-2016

La comparación entre las gestiones de Tohá y Errázuriz permite concluir que no es bueno idealizar la nueva política, ni condenar la vieja, y que la participación ciudadana como fin en sí mismo es un arma de doble filo.

 

La última elección municipal en Santiago y Providencia fue emblemática debido a la importancia económica y simbólica de ambos municipios, por la sorpresiva derrota de Cristián Labbé y por las diferencias en el tipo de liderazgo que han ejercido sus alcaldesas.
Carolina Tohá forma parte del ADN de la Concertación. Militante del Partido por la Democracia (PPD), inició su carrera como dirigente estudiantil en dictadura, estuvo al lado del presidente Lagos en la escena del dedo a Pinochet y luego fue diputada y ministra de Estado.

Josefa Errázuriz tiene una historia completamente distinta. Su liderazgo surgió de las organizaciones vecinales del barrio Bellavista, donde ganó notoriedad al encabezar la oposición al trazado inicial de la Costanera Norte. No tiene vinculación con los partidos políticos, lo que suele destacar como atributo, y que explicaría en parte su sorpresiva victoria sobre Labbé.

Visto así, podríamos afirmar que Errázuriz encarna la nueva política que hoy se idealiza, alejada de los partidos tradicionales y asociada a nuevos movimientos, como Revolución Democrática. Una política que podría resolver la severa crisis de legitimidad que afecta a las instituciones del Estado con un liderazgo ciudadano, limpio y renovado.

A seis meses de terminar sus períodos, conviene evaluar qué modelo de gobierno ha funcionado mejor para las personas. Primero, es interesante constatar que las dos debutaron organizando mediáticas protestas contra las nuevas líneas de Metro: Tohá, para rechazar la expropiación de un boliche de arrollados, y Errázuriz, para exigir una estación adicional a la decena que tendrá Providencia.

Ambas tuvieron una alta rotación en sus equipos, que fue más notoria en el caso de Josefa Errázuriz debido a las fuertes y desleales críticas de los que salieron. Las dos alcanzaron notoriedad por su oposición a las torres de departamentos, por cambiar los planes reguladores para proteger los barrios y por comprometer una participación ciudadana activa en todo su período.

Pero en este punto surge una primera diferencia relevante. Pienso que Tohá entendió que la participación era un mecanismo para diseñar mejores políticas comunales, mientras que Errázuriz la vio como un fin en sí mismo. Desde este punto de inflexión, las alcaldesas siguieron cursos distintos. Tohá impulsó cambios relevantes en lugares emblemáticos de la capital, como la Plaza de Armas, el entorno del Palacio de Tribunales, las calles del centro histórico, y los cités y galerías. Además, tomó medidas impopulares como sacar a los vendedores de maletas del Portal Bulnes, recuperándolo como espacio público o aprobar ordenanzas para controlar el comercio ambulante, entregando soluciones dignas a los locatarios.

Se fijó metas complejas, como controlar el grafiti y la basura mediante el programa ‘Santiago Limpio’ o incentivar una movilidad sustentable con el ‘Plan Centro’ que tuvo repercusión nacional cuando achicó calles para ampliar veredas, limitar el uso del auto y promover el transporte público y el uso de la bicicleta.

Josefa Errázuriz también avanzó en la construcción de ciclovías, que han sido la marca de su gestión junto a los cambios normativos para limitar la altura de los edificios. Además impulsó actividades culturales, recorridos patrimoniales, levantó nuevos centros comunitarios, que ahora incluyen abogados que atienden a las víctimas de delitos.

Sin embargo, estas acciones son menores respecto al presupuesto que maneja Providencia, y cuesta encontrar alguna que constituya un legado equivalente a los descritos para la comuna de Santiago, con la excepción probable del Teatro Oriente, un regalo que le hizo el gobierno central en un momento crítico de su gestión, y que demoró 20 meses en reparar e inaugurar.

A diferencia de Tohá, Errázuriz deja una gran deuda en el distrito central de Providencia. Salvo por el arreglo de algunas calles como Orrego Luco o la instalación de cicleteros, permanecen los focos de deterioro que prometió erradicar en su campaña, mientras que el comercio informal se ha masificado en su gestión, invadiendo veredas y plazas.

¿Qué explica la diferencia entre ambas administraciones? Ciertamente no fue la disponibilidad de recursos. Según datos de la Contraloría General, el municipio de Providencia tiene el presupuesto por habitante más alto de la capital y es la tercera comuna más rica por ingreso per cápita, a diferencia de Santiago, que tiene el doble de su población, con una fracción importante de hogares de clase media.

Una primera explicación es la existencia de un proyecto comunal que ordene las acciones y fije una hoja de ruta clara. Tohá lo formuló desde su campaña y lo fue afinando con los cabildos, dejándola en buen pie para partir con su cartera de proyectos desde el inicio. En el caso de Errázuriz, este proyecto nunca estuvo del todo claro, más allá de un listado de medidas, y ello hizo que perdiera mucho tiempo.

Otra clave fueron los equipos de trabajo. Si bien ambas tuvieron mucha rotación, Errázuriz puso gente sin experiencia en puestos estratégicos, lo que comprometió sus metas de inversión y le generó conflictos en servicios claves como la recolección de basura. Además, mostró falta de decisión en temas complejos como el control de los horarios de los bares, donde cambió de opinión varias veces sin dejar conforme a nadie.

Podemos concluir, entonces, que la diferencia entre el avance de Santiago y las pocas luces de Providencia tiene que ver con la experiencia y la capacidad de tomar decisiones. En ello influyó la trayectoria política de Tohá surgida al alero de la Concertación, que suele ser denostada por los jóvenes políticos que han sido el soporte de Errázuriz, lo que no deja de ser paradojal considerando su deficiente gestión cuando tuvieron la guitarra en Providencia.

La comparación entre Tohá y Errázuriz también permite concluir que no es bueno idealizar la nueva política, ni condenar la vieja por defecto, y demuestra que la participación ciudadana puede ser un arma de doble filo si se entiende como un fin en sí mismo, sin un proyecto comunal que le dé sentido y un liderazgo para implementarlo. Las elecciones de octubre serán un buen barómetro para ver si esta evaluación tiene un sustento en los votos.

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