“Hugo, Donald y…”

Hoy incluso los más acérrimos detractores de las administraciones demócratas ven con pavor, tanto para ellos como para el mundo, que Donald

21-03-2016

Todo indica que el excéntrico magnate americano tiene despejado el camino para conseguir la nominación como candidato del Partido Republicano para las próximas elecciones en Estados Unidos. Pese a que nadie lo tomó muy en serio en sus inicios, e incluso varios celebraron sus exabruptos, hoy incluso los más acérrimos detractores de las administraciones demócratas ven con pavor, tanto para ellos como para el mundo, que Donald Trump los represente en las próximas elecciones presidenciales.

La explicación más fácil es suponer que se trata de un fenómeno de nicho, propio del estereotipo de ciudadanos de clase media del interior, ignorantes, poco leídos, algo brutos cuando no racistas, los que por fin encontraron a alguien que públicamente y sin tapujos dijera lo que ellos siempre han pensado. Y aunque algo de eso hay, es insoslayable analizar como este tipo de fenómenos son también fruto de la frustración, el desencanto y el cada vez más generalizado desprestigio de la clase dirigente. En algún sentido entonces, Donald Trump es también hijo de las promesas incumplidas, de la percepción de que los políticos forman una suerte de club, cuya función principal es transversalmente proteger sus privilegios y prebendas, no importando mucho el destino y suerte de sus mandantes, con tal de asegurar una posición de poder que les reditúe a ellos y sus más cercanos. Esa imagen, dicho sea de paso, fue alimentada y exacerbada por la propia oposición al gobierno de Obama, extremando las posiciones, oponiéndose tenazmente a toda sus reformas y llegando incluso a la irresponsabilidad de haber provocado el default de la hacienda pública en más de una oportunidad.

En las antípodas de esa posición ideológica es posible rastrear un patrón similar. En efecto, todos los que se lamentaron por la llegada de Chávez a Venezuela, secundado por esa versión todavía más ordinaria que representa Maduro, olvidan que dicha circunstancia no se gestó fruto del azar o la generación espontánea. El populismo en Venezuela, como en toda América Latina, fue precedido de décadas de farra de la dirigencia política, en la que sistemáticamente defraudaron no sólo al erario público sino que también traicionaron la confianza de los ciudadanos, dañando de manera irreversible la legitimidad y el afecto que las personas sentían por sus instituciones. De hecho, cuando ya era tarde y recién se tomó conciencia de la gravedad del asunto, muchos tuvieron la peregrina idea de que recurriendo nuevamente a Rafael Caldera podrían detener la debacle. Los resultados son por todos conocidos y por muchos padecidos.

Intentar buscar un rasgo común en la situación que vivimos en Chile se presta siempre para simplificaciones y caricaturas. Con todo, creo razonable suponer que no estamos ajenos a peligros semejantes, ya que afirmar lo contrario no es sólo una miopía sino también un acto de arrogancia. Entonces, le propongo que se tome un minuto para reflexionar en torno a la siguiente pregunta: ¿qué pasaría si Leonardo Farkas se presentara a las próximas elecciones presidenciales?


Disponible en La Tercera.

* Fotografía La Tercera.