“Idealistas incomprendidos”

Como alguien lucidamente apuntó esta semana, el único revolucionario de aquel día era quien estaba crucificado.

13-06-2016

La imagen de encapuchados saqueando una iglesia, para posteriormente robar la imagen  de Cristo crucificado, procediendo a destruirla con palos y pies, pareciera haber colmado la paciencia de algunos. No digo todos, ya que el lugar común, la tontera, los complejos o simplemente el doble estándar, se están transformando en una institución nacional.

A pocas horas del episodio, escuchábamos de importantes líderes políticos y sociales decir cosas cómo que esto da cuenta de un problema educacional. “No imaginan lo agradecidos que estamos por tamaña revelación”, deberíamos contestar algunos. Otros podrían replicar “gracias por habérmelo aclarado, ya que no me había dando cuenta”. Los más entusiastas incluso podrían sacar sus propias lecciones y con similar lucidez y convicción sentenciar ahora que “los problemas del gobierno son políticos”. Pero cuando se logra zafar de las frases hechas, la pregunta siguiente es qué significa, por ejemplo, que varias autoridades, incluidos esta vez la propia Presidenta, encabecen sus declaraciones con expresiones como “no vamos a aceptar”.  Y la verdad sea dicha, es que referido a seguridad pública o seguridad ciudadana, esa alocución no representa casi nada.

Pertenezco, junto a la gran mayoría de las personas que se declaran parte de la familia de centro izquierda, a una cultura política algo atormentada frente a los temas del orden, y que por defecto sospecha del uso de la fuerza socialmente organizada, es decir, del poder del Estado para castigar y sancionar con acuerdo a lo que disponen las leyes.

Las razones son varias. Hay una explicación histórica, que se vincula a nuestro pasado reciente y al trauma de la dictadura militar, especialmente para quienes padecieron la violencia de manera más cercana. De igual forma, y quizás con el propósito de dotar de cierta justificación a nuestras omisiones, existe también una tendencia a sobreteorizar estos fenómenos, la que de manera muy condescendiente termina por presentar a los victimarios como víctimas de la sociedad, confundiendo garantismo con impunidad. Pero tal consideración la tenemos con sólo aquellos que calzan en nuestro estereotipo ideológico, pues al mismo tiempo que justificadamente pedimos cárcel para los delincuentes de cuello y corbata, toleramos que a vista y paciencia nuestra se saquee un supermercado o farmacia. Peor aun, y en el paroxismo del doble estándar, discriminamos en la protección que merecen los afectados. Dicho de otra manera, ¿se imaginan la escandalera en el progresismo, si la figura religiosa profanada hubiera sido de una mezquita musulmana?

Como alguien lucidamente apuntó esta semana, el único revolucionario de aquel día era quien estaba crucificado. Del resto de los encapuchados, sólo una manga de patéticos vagos e imberbes mimados, tan estúpidos como cobardes, que todavía siguen contando con la inexplicable complicidad y protección de los que marchan a su lado y de quienes, quizás ahora recordando otros injustificados actos de barbarie, querrán minimizar o explicar éste.


Disponible en La Tercera.

* Fotografía La Tercera.