“La Carcel que devino en parque cultural”

05-03-2015

Columna de Arturo Navarro, miembro de la red de Espacio Público.

 

Mientras el país seguía atónito un proceso judicial muy relevante para el futuro de la relación entre política y dinero, que podría llevar a prisión a algunos de sus involucrados, otra cárcel, una ex prisión situada en Valparaíso, hacía noticia debido a la constitución de un nuevo directorio de la asociación cultural sin fines de lucro que la regentará, en la que se presume es una nueva etapa del proyecto, nacido como idea en 1999, en un restaurante del Centro Cultural Estación Mapocho.

En efecto, un grupo de profesionales porteños avecindados, bordeando la contradicción con su propia voluntad, en Santiago, formaban una más de las organizaciones informales que pretendía ayudar al puerto. Se constituyeron como “Amigos de Valparaíso” y decidieron romper lanzas por un nuevo destino para una de las pocas mesetas que formaban parte del concierto de cerros de Valparaíso, la que acoge desde 1850 un recinto penitenciario y que antes acogió -en el siglo XVI- a uno de los polvorines españoles que sustentaban con munición la defensa del puerto de los corsarios.

Alguno de los nostálgicos había escuchado que los prisioneros que cumplían condena allí, iban a ser prontamente trasladados al nuevo penal que se edificaba en el Camino de la Pólvora. Otro verificó que el terreno y sus maltenidos edificios pasarían a ser propiedad del Municipio local.

Ni cortos ni perezosos, los “amigos” designaron una dupla de entre ellos, que asumió la misión de visitar al Alcalde Hernán Pinto y ofrecerle colaboración en la empresa.

Igualmente eficiente, el edil, ofreció a los comisionados, una visita al recinto, recorriendo sus muros perimetrales, no sin adelantar que su idea era instalar allí en el futuro un complejo educacional para los secundarios porteños.

La misión -que integré- resultó dantesca: visitar una cárcel completamente ocupada con sus respectivas clasificaciones: rematados, peligrosos, homosexuales, menores, procesados, etc desde el muro que ocupan los gendarmes para vigilarlos e impedir fugas, constituye una de las experiencias más fuertes de mi vida. Constatar que algunos condenados peligrosos vivían completamente sin puertas ni ventanas para no tener un segundo de intimidad, o que la sección de homosexuales acogía una colorida y alegre multitud de seres vestidos de mujer, alteró profundamente mi visión de la Cárcel de Valparaíso, que había conocido sólo en su pensionado, cuando visité a Oscar Garretón, entonces preso político, o su amplio patio cuando me correspondió entrevistar para el diario en el que hacía mi práctica profesional, a los marineros apresados por haber intentado impedir el golpe militar de 1973.

El resultado de la experiencia fue que era perfectamente posible transformar el espacio en un centro cultural, lo que decidimos proponer a Pinto en una segunda audiencia. La mala noticia con que nos recibió fue que el recinto había sido traspasado a Bienes Nacionales, debido al aporte financiero que el gobierno debió hacer al municipio para pagar las adeudadas imposiciones de los profesores de Valparaíso.

El Seremi de Bienes Nacionales asumió con entusiasmo, de nuevo gobierno, el de Ricardo Lagos que comenzaba el 2000, la posibilidad de convertir el recinto desocupado en “un terreno para la cultura”, lo que atrajo a una serie de artesanos y aficionados a las artes a irse lentamente instalando en los edificios abandonados. De hecho, en ese año, se realizaron actividades que recibieron a cerca de 16 mil personas, lo que llevó a un grupo de usuarios a crear una corporación de amigos de la ex cárcel y el gobierno a encargar a la Comisión Presidencial de Infraestructura Cultural la tarea de desarrollar un concepto para el recinto.

Éste se discutió con usuarios, fue validado en seminarios académicos, consistiendo en proponer un Campus cultural de segunda generación, en el entendido que la primera era el CCEM, que se ocupaba de formar audiencias culturales, mientras su nueva versión agregaría a éstas, la formación de gestores culturales, en alianza con las universidades de Valparaíso. Se pensó que la oferta a servicios turísticos y formativos contribuiría a financiar el proyecto, dependiendo de una corporación cultural sin fines de lucro, de composición similar a la que hoy se constituye con Cristián Warnken, como presidente del Directorio.

La autoridad señaló que, de alguna manera, este fue un acto de fundación: “El Parque tiene una historia y esa fundación recoge esta historia pero también prepara un nuevo comienzo que esperamos sea lo mejor para Valparaíso. Hubo un espíritu común que fue claramente compartido en todas las decisiones, hubo distintas visiones pero siempre apuntando a lo mismo que es hacer un centro cultural de la máxima excelencia, que todos los procesos de búsqueda de sus directivos tengan que ver con una trasparencia y una probidad total”.
Entre aquel inicio, con el siglo XXI, y la refundación actual, acontecieron diferentes iniciativas que se fueron desvirtuando una a una, como por ejemplo el proyecto de renovación urbana de todo el cerro Cárcel que emprendió la Comisión Plan Valparaíso y que contemplaba destinar parte de los terrenos a un desarrollo inmobiliario; el plan de gestión que la Comisión de Infraestructura encomendó a la gestora Hilda Arévalo, o el proyecto que generosamente regaló el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer, creador del proyecto de la ciudad de Brasilia, pero que no acertó con la ex Cárcel.

La Ministra de Cultura vaticinó un espacio de participación y de fortalecimiento de la realidad cultural de Valparaíso donde encuentren un espacio artistas locales, nacionales e internacionales: “Tenemos que garantizar una vocación nacional e internacional, un gran arraigo con las fuerzas culturales de la ciudad y que sea un motor, una cantera del desarrollo de una ciudad Patrimonio de la Humanidad y capital Cultural del país”.

Como todo lo que se enclava en los cerros porteños, este espacio cultural, que ya tiene asegurado un financiamiento a través del CNCA, se ha instalado con dificultades pero con grandes perspectivas. Es de esperar que lo entiendan así sus usuarios, sus flamantes directivos y también quienes han sido activos en defender su presencia en el recinto.

Suena curioso decirlo en estos tiempos de fiscalías y delitos tributarios feroces, pero la Cárcel es de todos.

Disponible en el blog “Infraestructura y gestión cultural”