“La ciudad encumbrada”

Tras décadas de inexplicable indiferencia, hoy el modelo inmobiliario lentamente vuelve a reconocer la importancia de regalar la cima del edificio a sus habitantes.

09-08-2014

Hay en nuestras ciudades un mundo oculto para quien va a ras de suelo. Es un mundo luminoso y de vastos horizontes, de encantadores jardines entremezclados con las copas de los árboles que crecen en la calle; de brisa y murmullo distante, y de sol, abundante sol en estas tierras templadas. Se dice que se reconoce al arquitecto en la calle por caminar siempre mirando hacia arriba, distraído, embelesado, escudriñando los ornamentos, cornisas, remates y cúspides de los edificios. Es verdad. Con frecuencia descubrimos, más allá de la última arista recortada contra el cielo, más allá de la última balaustrada, un manchón de verde insolente, un toldo en franjas, una vieja pérgola de esas que semejan emparronados con columnas encima de las mansiones de nuestros antiguos barrios. Es que el edificio nunca termina en el último piso. Sobre la fábrica portentosa existe todavía la promesa de un nuevo suelo, lujoso, olímpico. Y ese suelo existe sutilmente repartido por toda la ciudad, privilegio de unos pocos afortunados que agradecen secretamente al generoso arquitecto por regalarles la atávica satisfacción de conquistar la cumbre.

El Modernismo del siglo 20 lo comprendió perfectamente: nuevos materiales y técnicas constructivas le permitieron desterrar los imponentes y atávicos tejados tal como renegaba de las cabezas coronadas, y propuso restituir sobre el edificio aquello que este le había arrebatado al suelo. Las obras icónicas del Movimiento Moderno ofrecen espacios mágicos sobre sus techos planos convertidos en terrazas: “la quinta fachada”. Son patios y jardines babilónicos que flotan sobre el paisaje; aparecen solarios, piscinas, pabellones; luego viviendas completas montadas encima de la torre, hasta concebir el mítico penthouse neoyorkino: un palacio en el cielo. En el viejo Santiago, una mirada desde las alturas nos revela una época en que la ciudad supo conquistar sus techos. Existen bellísimas terrazas aéreas y pequeños penthouses por encima de todo el centro histórico, en el Parque Forestal, en el barrio Poniente, en Providencia, en Ñuñoa. Son ejemplares. Tras décadas de inexplicable indiferencia, hoy el modelo inmobiliario lentamente vuelve a reconocer la importancia de regalar la cima del edificio a sus habitantes, cima que en nuestro caso, con nuestro perfecto clima y paisaje inigualable, es nuestro mayor -acaso único- patrimonio urbano.

Disponible en El Mercurio