La noche que murió el Mamo

Al Paraíso no te lleven los ángeles; y a tu llegada te reciban tus mártires.

13-08-2015

El viernes 7 de agosto llovió casi todo el día, pero a las 22.20 horas, cuando según el comunicado oficial del Ejército de Chile, Comando de Salud, “falleció el paciente JUAN MANUEL GUILLERMO CONTRERAS SEPÚLVEDA”, paró de llover. La radio, la televisión y la web, lo dejaron todo de lado para volcarse a la noticia. Los canales se llenaron de programas especiales, preparados de antemano, con la historia de sus distintas canalladas. Salvo uno que otro desadaptado de las redes sociales, nadie osó defenderlo. Hubo gente que se reunió a festejar en las puertas del hospital donde había muerto. “Es carnaval/ es carnaval/porque murió el criminal!” cantaban en Plaza Italia. Buena parte de los celebrantes habían sido víctimas suyas. Torturados o deudos. Escarmentó, asesinó, tiró cuerpos al mar, y jamás dio muestras de arrepentimiento. Pepe Zalaquett, a quien nadie puede acusar de exagerado o vociferante, y que de violaciones a los Derechos Humanos sabe, dijo que consideraba al Mamo “un monstruo”. Con excepción de sus hijos, no hubo quién lamentara su muerte, porque de un personaje así, se supone, es mejor que la humanidad prescinda. Causó tanto dolor, que nada en él se echa de menos. Morir así debe ser espantoso. A Pinochet por lo menos lo fueron a despedir unos cuantos cómplices leales, pero de Manuel Contreras arrancaron como de la lepra. Unánimemente, los políticos de derecha llenaron sus bocas de condenas para ese pervertido que había sido el mastín del gobierno en que participaron. Manuel Contreras no actuó solo: conversaba con el dictador, lo admiraba la primera dama, tuvo su propio cuerpo de generales y de soldados, lo dejaban pasar los policías, ningún tribunal lo juzgaba, discutía con Jaime Guzmán, la alta burguesía agradecía el orden recuperado sin entrar en detalles, porque para eso están los malos, y ellos no se mezclan con los malos. La clase alta entera durmió tranquila gracias a ese Mamo exterminador. “Antes de la batalla teníamos miedo y queríamos que alguien nos salvara de perecer en ella”, reconoció Hermógenes. Colaboraron con él el periodismo que lo encubrió y todos esos que dijeron un día, cuando aparecía un comunista muerto, “algo habrá hecho”. Esos a los que les gustó la transformación económica, pero no que se violaran los derechos humanos, y así justificaron su apoyo a la dictadura, hasta el último día. Pero bueno… para no hablar de esto es que nos reconciliamos. El asunto es que pasada la medianoche volvió a llover, y lentamente comenzaron a retirarse los festejantes después de bailar cueca, cantar y agitar banderas chilenas, porque el monstruo había muerto. Adentro, en el cuarto mortuorio, solo quedaban sus vástagos. Pasadas las tres de la madrugada, cuando la tormenta volvió a caer furiosa sobre Santiago, lo depositaron en una urna de la funeraria Carrasco Hermanos y lo montaron a la fuerza en un auto particular de color blanco, para que nadie pudiera escupirlo. Atravesaron Santiago vacío bajo una lluvia inclemente, hasta llegar al crematorio del Cementerio Católico. Alguien tan odiado no puede tener tumba (tampoco Pinochet), de modo que a eso de las 4 lo vistieron con la tenida de gala del ejército, y así, disfrazado de gloria y despreciado, entre gallos y medianoche, lo quemaron. Terminó de arder a las 6am, antes de que amaneciera. Estremece pensar en una muerte así. ¡Qué soledad más grande!


Disponible en The Clinic