“La traición de la palabra”

23-04-2016

¿Dónde está, a su juicio, el origen del actual conflicto?, pregunté a un lonko de Arauco en una de mis primeras coberturas como periodista. “En la traición de Patricio Aylwin”, me respondió, sin dudarlo.

 

Pocos pueblos y culturas conozco que otorguen, como los mapuche en el sur de Chile y Argentina, un valor tan trascendental a la palabra. Casi sagrado, a decir verdad. Y también a los acuerdos que de ella se derivan. No había otra posibilidad, gustaba reflexionar mi abuelo Alberto Millaqueo, descendiente de lonkos del fértil valle del Cautín. Una sociedad sin estado e instituciones coercitivas en el sentido occidental, en la palabra y su cumplimiento basaba su estabilidad y cohesión social. También su sistema político, normativo y gobernanza.

Sí, el gobierno de los mapuche era el gobierno de la palabra. Y el de los acuerdos políticos. Y el de la alta diplomacia, como comprobaron por tres siglos fascinados los conquistadores españoles. Los mapuche eran democráticos cuando el concepto, en la Europa de los monarquías, ni siquiera soñaba aún con existir. Mucho menos en el reino de Felipe II, aquel vasto imperio donde fanfarroneaba no se ponía el sol. Ponía, en pasado, ya que el mismo día que sus soldados pisaron Wallmapu se les vino encima la noche de los tiempos.

A Valdivia y García Oñez de Loyola, ambos gobernadores del Reino de Chile, tal exceso de confianza les hizo perder la cabeza. Literalmente.

El carácter ágrafo del mapuzugun ahorró a nuestros ancestros no solo toneladas de papel y un gastadero de tinta; también infinidad de malos ratos y decepciones. Los españoles, que escribían desde antiguo la bella lengua de Cervantes, gustaban confiar de los papeles y los escritos. Y desconfiar de la palabra sin registro. La guerra y sus costos obligó a ambos bandos a buscar un salomónico punto intermedio. Nacieron así los Parlamentos. Allí se hablaba mucho, como gustaba a los mapuche. Y en papel se redactaban los acuerdos, como gustaba a los hispanos.

Fueron 48 los Parlamentos celebrados entre 1593 y 1803. Fue por siglos la primera prioridad de cada gobernador entrante; ratificar el anterior o convocar lo más pronto posible uno nuevo. Estas verdaderas juntas diplomáticas no solo terminaron con la guerra abierta llevando relativa tranquilidad a la Frontera; permitieron además el florecimiento de la cultura mapuche y su expansión Allende los Andes vía el comercio ganadero y textil.

La guerra y los conflictos, concordaron ambos bandos, resultaban mal negocio. La paz, en cambio, cotizaba al alza en ambas Capitanías Generales. Convivencia pacífica, le llama hoy el derecho internacional.

Dignos y honorables fueron los jefes españoles en la Colonia. Y digna y honorable fue la respuesta mapuche. Mi abuelo, que además de la tierra sabía cultivar la memoria, gustaba contarnos de Ambrosio O’Higgins, gobernador de Chile y más tarde Virrey del Perú. Con los mapuche, nos decía, un caballero por donde se le mirase. También de cómo, en las guerras de independencia, lonkos de diversos territorios guerrearon a favor de España y contra los chilenos. Honraban la palabra dicha y comprometida por sus mayores en los Parlamentos. Y al hacerlo, también honraban a sus clanes y linajes. Hasta hoy sus apellidos gozan de admiración y respeto.

Chile y gran parte de los historiadores del siglo XIX nunca perdonaron aquello. Le llamaron “traición”. Y al honor mapuche, “anti patriotismo”. “En los indios no se puede confiar”, escribió Barros Arana, furibundo, al justificar el avance militar sobre nuestras tierras. Lo mismo hizo Benjamín Vicuña Mackenna. El mote sigue vigente hasta nuestros días. Y se ha sumado a otros más actuales, como el “bárbaros y salvajes” de mediados del siglo XIX, el “flojos y borrachos” de comienzos del XX, el “pobres y comunistas” de la Guerra Fría y el “violentos y terroristas” de la actualidad. Perlas del racismo criollo que pueblan todavía almuerzos familiares de domingo, charlas de café y redes sociales.

¿Dónde está, a su juicio, el origen del actual conflicto?, pregunté a un lonko de Arauco en una de mis primeras coberturas como periodista. “En la traición de Patricio Aylwin”, me respondió, sin dudarlo. Hacía referencia al Pacto de Nueva Imperial, firmado entre el entonces candidato de la Concertación y los pueblos indígenas el año 1989. Aylwin, buscando apoyos para las presidenciales, prometió aquella vez el oro y el moro a un movimiento indígena esperanzado en el retorno de la democracia. La principal promesa de campaña, el reconocimiento de los pueblos indígenas en la Constitución Política del Estado. La de 1980, aquella que el mismo había preferido no discutir al dictador.

No pasó mucho con lo pactado solemnemente en Nueva Imperial. Sí, se legisló una nueva Ley Indígena y se creó la actual Corporación Nacional de Desarrollo Indígena. Pero aquello, seamos serios, ya existía como institucionalidad pública desde comienzos del 50’. Conadi antes se llamó Dirección de Asuntos Indígenas (DASIN, 1953-1972) y después Instituto de Desarrollo Indígena (IDI, 1972-1978). Lo mismo aconteció con la ley promulgada el año 1993; una reedición de anteriores textos legales, el último promulgado por la UP en 1972. Fue en síntesis lo único que hizo Aylwin en materia indígena; reedificar aquello que los militares habían desmantelado. Y no digamos que de la mejor forma. Recuerden que todo se hizo “pactando”.  O lo que es lo mismo, en la medida de lo posible.

De la entonces principal promesa, el ansiado reconocimiento constitucional, nunca más supieron lonkos y dirigentes. Ni en sus cuatro años de mandato ni tampoco en los siguientes tres de gobiernos de la Concertación. Hasta hoy, mes de abril del año 2016, los mapuche y otros ocho pueblos originarios siguen sin ser reconocidos en la Carta Magna. Chile y Uruguay, los únicos estados blancos químicamente puros que descienden de los barcos en la región. Y no de naciones preexistentes al estado como consignan Argentina, Colombia y Bolivia, entre otros países.

De lo que sí supieron aquellos mapuche fue de represión y cárcel. Poco se dice, pero Aylwin inauguró, junto al entonces intendente de La Araucanía, Fernando Chuecas, el actual desfile de lonkos y comuneros por tribunales de justicia. Y no precisamente en la medida de lo posible. Tan solo en 1992, 144 mapuche terminaron tras las rejas por reclamar tierras y crear la bandera mapuche. ¡144! Eran liderados por un joven Aucán Huilcamán. A todos se les aplicó la Ley de Seguridad Interior del Estado. Fueron encarcelados por usurpación de tierras y desórdenes públicos el mismo año de los “festejos” oficiales por el Quinto Centenario.

Esta sería, junto a la profundización del modelo neoliberal -otra característica central de su mandato- la mecha que encendió la pradera en el sur. Y con ello la renuncia a las vías institucionales de parte importante del activismo mapuche. Para los desmemoriados, así nació más tarde la CAM en el gobierno de Eduardo Frei. ¿Les suenan las represas Pangue y Ralco o los camiones ardiendo en aquella cuesta de Lumaco?

Fernando Paulsen, con quien intercambio ideas sobre esta columna, me advierte que el de Aylwin fue un gobierno signado por el temor a la bota militar y a una regresión política. Y que cuando el miedo domina a un gobierno, la virtud y la dignidad no es precisamente lo que campea. Puede ser. Pero hoy, cuando la beatificación del ex mandatario pareciera avanzar a paso firme, oportuno resulta hacer memoria. Memoria histórica para reivindicar el valor de la palabra y los acuerdos en la cultura mapuche. Y memoria contingente para calibrar la responsabilidad de los jefes de estado en el descalabro sureño actual.

Duro resulta el juicio en materia indígena del gobierno de Patricio Aylwin. Y es que duro es el juicio del pueblo mapuche sobre Chile.

La República representa desde su origen para los mapuche la traición de la palabra y los acuerdos. Así lo prueban las cartas que lonkos como Mañil y Calfucura intercambiaron con las autoridades a mediados del siglo XIX. Y la seguidilla de decisiones políticas que culminaron más tarde con la guerra de ocupación. Despojo, robo y asesinato, la santísima trinidad del arribo del estado y los colonos a Wallmapu. Y luego, el deshonor transformado en política de estado. La mentira y la tomadura de pelo, frecuente en gobiernos de diverso cuño en un siglo de pésima historia. El de Aylwin, uno más de una larga lista que se extiende hasta nuestros días con Bachelet.

Y todavía hay quienes se preguntan, consternados, cómo diablos fue que llegamos al escenario de violencia actual.

Disponible en Voces de La Tercera.