Libre mercado y negación de la colusión

Hay muchos en Chile que no creen que se trata de un problema real e importante que sí existe y que hay que tomárselo en serio.

30-09-2015

La evidencia empírica muestra que la colusión es un fenómeno real en diversos mercados en muchos países y que produce un daño importante al bienestar de la sociedad. A pesar de ello, tal vez por ingenuidad o prejuicio ideológico, hay muchos en Chile que no creen que la colusión de verdad exista o sea un problema real e importante que hay que tomarse en serio.

En los últimos años, producto de las nuevas atribuciones de la Fiscalía Nacional Económica para incautar computadores y grabar conversaciones junto a la creación del mecanismo de delación compensada, han sido descubiertos y sancionados casos de colusión en mercados muy significativos, como los medicamentos en farmacias, el transporte de pasajeros en bus y los pollos. En otros países las empresas descubiertas y sancionadas suelen pedir disculpas públicas, incluso se despide a los ejecutivos involucrados, y se comprometen a tomar medidas para que ello no vuelva a ocurrir. No es lo que vemos en Chile. Todo lo contrario, es sorprendente seguir leyendo o escuchando declaraciones de ejecutivos y dueños de empresas condenados por colusión que niegan los hechos y defienden lo indefendible.

Un primer ejemplo son las declaraciones en la prensa, hace un par de semanas, del gerente general de Pullman, una de las empresas de buses condenadas por colusión en las tarifas cobradas en la ruta Santiago-Curacaví, que señaló que “fue ponerse de acuerdo para poder trabajar en armonía”. Señala además que no hubo colusión “ni de frecuencias ni de tarifas”. Sin embargo, luego explica que “es de lógica, y no creo que atente contra la libre competencia, decir ‘en vez de que vayamos los dos a las 10 horas, y después los dos a las 11, que uno vaya a las 10 y el otro a las 10.30’”, lo cual equivale efectivamente a ponerse de acuerdo en las frecuencias.

Las empresas de buses fueron condenadas tanto por el Tribunal de Defensa de la Libre Competencia (TDLC) como por la Corte Suprema. Sin embargo, el ejecutivo descalifica al TDLC diciendo que “es que no estudian a fondo las cosas, porque a veces lo que puede parecer que es, no necesariamente es”. No está de más recordar que Pullman ha sido condenada ya tres veces por colusión, algo que parece olvidar el gerente general.

Un segundo ejemplo son las declaraciones del dueño de Agrosuper, empresa condenada unánimemente por el TDLC por colusión en el mercado de los pollos, que el año pasado declaró que “no hay colusión porque aquí las malas prácticas no se usan ni se han usado ni se van a usar mientras yo esté. Y resulta que yo estoy aquí todos los días”. Al parecer hay que hacer un acto de fe en su persona y eso basta como prueba de inocencia, más allá de la evidencia dura en contrario respecto del comportamiento anticompetitivo de su empresa. Además, descalifica fuertemente al TDLC porque -según él- trajeron “a la mejor gente para hacer los estudios y ni los miraron”. Una crítica infundada, basta leer el fallo.

Este tipo de declaraciones muestra que todavía hay personas que, en la práctica, están menos convencidas de la libre competencia de lo que dicen estar. Creen en la libre competencia para el resto, pero no para ellos. En algunos casos, tal vez ni siquiera entienden bien qué es la libre competencia y aún menos qué es la colusión. Tal vez creen que la colusión ocurre solo como en una película antigua. Me imagino que no tendrían duda de que hay colusión si pensamos en una reunión secreta en una pieza llena de humo, donde empresas competidoras discuten y sugieren precios, llegan a un acuerdo respecto de un precio específico e indican su consentimiento explícito para adherir al precio acordado y monitorearlo. ¿Qué pasa si hacemos desaparecer el humo y la pieza y las empresas usan llamadas telefónicas o emails para llegar al mismo acuerdo? ¿Qué pasa si además eliminamos el secreto y las empresas se comunican abiertamente a través de conferencias de prensa sucesivas o en reuniones de asociaciones gremiales? Económicamente, la conducta y sus efectos sobre el bienestar de la sociedad en todos casos es el mismo, es un acuerdo colusivo que debe castigarse. Pero parece que para algunos no y si no es como en las películas no hay colusión. Están equivocados y es importante entender que no hay buenas razones para que las empresas se comuniquen y discutan sobre precios o cantidades en un mercado. Solo existen malas razones para hacerlo y por eso jamás deben hacerlo. Por esa razón en EEUU hubieran sido condenados -y con cárcel- con solo mirar los emails entre las empresas avícolas o las grabaciones de llamadas entre las empresas de buses.

Otra explicación posible detrás de las declaraciones en los dos ejemplos mencionados, es simplemente una conducta aún no erradicada de “patrón de fundo”, donde hay alguien que cree que tiene derecho a hacer lo que quiera, sin considerar los efectos sobre el resto de la sociedad. Si además los tribunales no le dan la razón es porque los jueces no hicieron bien su trabajo.

La buena noticia para todos, y mala para unos pocos, es que una de las muchas virtudes de un sistema de libre mercado es que la libre competencia hace desaparecer las conductas de patrón de fundo, ya que no hay agentes económicos que puedan ejercer poder de mercado sobre otros. Los que quieren que haya libre mercado, pero solo mientras ellos sigan teniendo el derecho a comportarse como patrón de fundo, en el fondo no creen en el mercado, y el rol del TDLC es sancionarlos cada vez que actúen como tal. Eso aumentará la productividad y el crecimiento económico en Chile.


Disponible en Pulso.

* Fotografía Sernac.