“¿Los mejores?”

Por diversas razones se ha extendido el cuestionamiento frente a las reales capacidades del aparato público.

17-07-2016

Esta semana se lanzó la iniciativa #NoAlCuoteo, la que aboga por mayor transparencia en el nombramiento de determinados cargos públicos, al mismo tiempo que propone se instalen mecanismos para asegurar la experiencia, conocimientos y calidad profesional de los elegidos.

Se trata de una petición interesante por varios motivos.

Primero, porque resulta evidente el deterioro que ha experimentado el Estado en lo últimos años. Por diversas razones se ha extendido el cuestionamiento frente a las reales capacidades del aparato público, en especial lo que atañe a los mínimos estándares de eficiencia y eficacia que éste debe satisfacer. Segundo, dicho detrimento institucional ha puesto el foco en la idoneidad profesional -y últimamente moral- de quienes temporalmente encabezan estas instancias y organismos, tanto en los casos donde se trata de un solo individuo o cuando se discute la composición de cuerpos colegiados.

Tercero, porque la falta de legitimidad de los partidos políticos como naturales intermediadores entre el poder formal y los ciudadanos, sin siquiera hablar de los escándalos que hemos conocido en los últimos años, obliga a revisar la práctica de que sean ellos los principales, cuando no los únicos, promotores de estos postulantes. De igual manera, es sugerente interrogarse si la instancia que finalmente decide debe, o no, cuidar por los equilibrios entre partidos y fuerzas políticas.

Ahora bien, y simpatizando con los trazos generales de esta petición, pudiera también subyacer un equívoco, interesado por algunos, que supone reeditar un debate tan viejo como falaz, y que apunta a la disyuntiva entre la técnica y la política. Pretender que sea posible, como alguna vez sugirió Platón con la imagen de los “reyes filósofos”, que las sociedades sean gobernadas por una casta de iluminados, proveniente de una elite intelectual de reconocido mérito profesional, y sin importar sus ideas políticas, es una fantasía tan imposible como indeseable.

Imposible porque salvo que renunciáramos a la democracia como forma de gobierno, no habría manera de soslayar la naturaleza política de dichas decisiones. Incluso si sacáramos el nombramiento del ámbito del Ejecutivo o el Congreso, para llevarla a la ciudadanía, ¿no sería aquello justamente expresión del autogobierno? Y esa es precisamente la razón por la cual tal clásica ilusión tampoco sería deseable, ya que, volviendo a una imagen de Platón, los técnicos han de ser los mejores para asegurar que el barco arribe a puerto, pero la elección sobre cuál será nuestro destino, fue, es y será siempre una decisión política.

El problema entonces no es el cuoteo, si por tal entendemos asignar una porción de poder a una determinada expresión política de la sociedad, siguiendo así el principio de representación democrática. Lo complejo es suponer que eso sea sinónimo de mediocridad, ausencia de talento o falta de idoneidad profesional. En definitiva, prefiero seguir cuoteando, pero entre los que sí tengan méritos.


Disponible en La Tercera.