Marcas del subdesarrollo

Lejos de ser inocentes manifestaciones sociales o de arte callejero, los grafitis vandálicos profundizan la inequidad y afectan aún más a la

31-07-2015

En 1992 se inauguró en el cerro Bellavista de Valparaíso, el Museo de Cielo Abierto, con más de 20 murales de connotados artistas como Roberto Matta, Mario Toral, Matilde Pérez o Gracia Barrios, y rápidamente se transformó en un hito de la ciudad y un símbolo de su denominación como “patrimonio de la humanidad”.

Lamentablemente a los pocos años el museo comenzó a ser vandalizado. Primero fueron transeúntes y turistas que dejaban sus firmas y mensajes, y luego llegaron los “artistas callejeros” que, a diferencia de Matta o Toral, carecían de talento y que, quizás por ello, decidieron saltarse concursos, trayectoria o debate ciudadano. Sencillamente plasmaron sus “obras” sobre las originales hasta producir un daño irreversible en muchos murales.

Hoy el vandalismo urbano se ha transformado en una plaga que afecta a muchas ciudades chilenas y que opera casi con total impunidad. Además del grafiti no autorizado, y del tagging o los rayados, están los destrozos en celebraciones de partidos de fútbol o marchas donde podemos ver a grupos de enajenados saltando sobre paraderos, estatuas y jardines o arrancando luminarias, mobiliarios y señales de tráfico.

Algunos minimizan el daño que producen estos vándalos y otros justifican su accionar, señalando que se trata de manifestaciones “ciudadanas” o expresiones de descontento social contra un sistema neoliberal, capitalista y egoísta, que endiosa el lucro y el beneficio personal, por sobre el bienestar de la sociedad.

Detallo los argumentos antimodelo por la contradicción que suponen al momento de validar el vandalismo, ya que difícilmente existe un acto más individualista, egoísta y “neoliberal” que rayar o destruir un espacio de todos para representar la visión particular de una persona o de un colectivo formado por sus compadres.

Se trata además de un acto profundamente antidemocrático, que desprecia la participación ciudadana, ya que se impone sin considerar la opinión de las personas que residen o circulan por los lugares afectados y que deben convivir, por la fuerza, con la acción prepotente y altanera de quienes se sienten artistas, genios incomprendidos o nuevos líderes sociales.

Hay que tener claro que el vandalismo urbano no es solamente un problema estético. La “teoría de las ventanas rotas” plantea que genera condiciones de inseguridad que favorecen la comisión de delitos, de abandono e impunidad donde el deterioro opera como incentivo para seguir destruyendo hasta matar barrios completos. Además, produce pérdidas patrimoniales que pueden ser irreparables, como ha ocurrido en el Museo de Cielo Abierto.

El vandalismo también profundiza la inequidad urbana, ya que los municipios más pobres no tienen recursos para reparar rayados y destrozos, así que estos se pueden mantener por meses o incluso años, afectando las condiciones de habitabilidad y seguridad de barrios carenciados, que ven cómo sus pocas plazas, paraderos o jardines terminan como ruinas prematuras, repletas de marcas de control territorial o intercambios de mensajes entre barras bravas.

Por estas razones, muchas ciudades se han tomado en serio este problema y han diseñado políticas para controlarlo. Una de las más exitosas fue la aplicada en Nueva York por el ex alcalde Rudolph Guiliani en 1995, bajo el programa Mayor’s Anti-Graffiti Task Force, que operó en tres frentes complementarios.

En lo operativo se crearon unidades especiales destinadas a reparar los destrozos apenas ocurrían a fin de evitar el fenómeno de las “ventanas rotas”, coordinando al resto de las reparticiones bajo tuición municipal. Ello obligó, por ejemplo, a que el departamento de transporte tuviera que comprometerse con metas para limpiar rayados en autopistas o estaciones de trenes, algo que tradicionalmente estaba fuera de su ámbito de acción. Lo mismo ocurrió con la unidad encargada de los parques.

En segundo lugar se elevó el costo de dañar los bienes públicos. Se aprobaron ordenanzas que prohibieron la venta de aerosoles a menores de edad, se elevaron considerablemente las multas y se aumentó la fiscalización usando a los equipos de la Task Force coordinados con el resto de las reparticiones municipales y la policía para detectar acciones de vandalismo y actuar deteniendo a los infractores.

El tercer frente fue cultural y consideró un trabajo con las comunidades para enseñar el valor de lo público desde las escuelas. Este trabajo se complementó con talleres y concursos con jóvenes grafiteros para que desarrollaran sus pinturas en lugares autorizados, de acuerdo con los vecinos e incluyó muestras de sus dibujos en el Metro y las estaciones de trenes que eran las más afectadas por el vandalismo urbano.

La política antigrafiti de Nueva York funcionó: logró reducir el problema, instauró una cultura de respeto por los espacios públicos y sirvió como complemento para apoyar la revitalización de barrios degradados donde el vandalismo era uno de los temas a resolver.

En Chile necesitamos una estrategia similar, ya que se ha llegado al extremo de plantear que la Plaza Baquedano debe ser relocalizada, o rodeada de muros, para evitar que los vándalos sigan haciendo de las suyas, o que el Museo de Cielo Abierto debe asumir que será una mezcla de notables obras de arte con garabatos callejeros.

Para controlar esta plaga, el primer paso es no minimizarla ni validarla bajo ningún argumento, entendiendo que el vandalismo acentuará problemas sociales y culturales que superan, con creces, el daño estético que hoy vemos en fachadas y espacios públicos.


Disponible en revista Qué Pasa