“Ministro de Estado”

Contra varios pronósticos, donde el mío lo hice ver de manera entusiasta, Peñailillo ha desempeñado el cargo con sobriedad y humildad; ambos atributos más bien escasos en quienes han tenido que cumplir similar función.

06-07-2014

TENER LA posibilidad de escribir columnas y terciar con habitualidad en el debate público en otras tribunas constituye un enorme privilegio. Sin embargo, y como modesta contrapartida, siempre se corre el riesgo de hacer aseveraciones y emitir juicios que quedarán registrados de manera permanente, siendo difícil desdecirse o cambiar de opinión. Y aunque hay algunos que sí lo logran, con una habilidad tan sorprendente como su falta de pudor, es que cada cierto tiempo hace bien recordar ese aforismo que dice “somos dueños de nuestros silencios y esclavos de las palabras”.

No fue mi caso, y a poco de haberse designado el gabinete por parte de Michelle Bachelet, sostuve que era un error nombrar a Rodrigo Peñailillo en el Ministerio del Interior. En efecto, me parecía que dada la complejidad política de dicho cargo, donde se mezclan cuestiones tan arduas como la seguridad pública y navegar en los intrincados recovecos del poder, era preferible contar con una figura de mayor experiencia, que al mismo tiempo no fuera tan cercano a la Presidenta. Para varios, dicha cartera se asemeja a una máquina de moler carne, donde los más avezados políticos han fracasado frente a contingencias que muchas veces escapan a su control, transformándose en una lotería que consagra a unos y sepulta a otros.

A casi cuatro meses de instalado este gobierno, no puedo sino reconocer que estuve completamente equivocado en mi (pre)juicio. Contra varios pronósticos, donde el mío lo hice ver de manera entusiasta, Peñailillo ha desempeñado el cargo con sobriedad y humildad; ambos atributos más bien escasos en quienes han tenido que cumplir similar función. Consciente de las expectativas que generó su nombramiento y sabiendo, además, que enfrentaba un escenario difícil, confió menos en la improvisación de quienes se presumen talentosos y abrazó la disciplina necesaria para abordar con éxito una tarea que lo trasciende. Menos preocupado de su popularidad, conversando mucho y escuchando más, sin grandes parafernalias ha disipado cualquier duda sobre los méritos y cualidades necesarias para ser el jefe de gabinete.

Por delante tiene enormes desafíos. Una vez más, la gran mayoría de la derecha parece querer borrar con el codo lo que tantas veces escribió en campaña, retractándose de su disposición para modificar el sistema electoral. Y aunque las razones de esta nueva negativa poco importan, la verdad siempre espurias y plagadas de hipocresía, todo indica que bajo la conducción de Peñailillo estamos más cerca de poner término a uno de los debates símbolos de la transición. Más difícil todavía será la tarea de afrontar la problemática de los pueblos originarios en La Araucanía, garantizar la seguridad pública y ciudadana del país, su necesaria y urgente descentralización, o la forma y procedimiento que finalmente adoptará la discusión constitucional.

Nada garantiza que pueda tener éxito en todos estos desafíos. Sin embargo, en esta ocasión, se ha ganado algo más que el beneficio de la duda.

Disponible en La Tercera