“Misión imposible”

Burgos fue una víctima más de estas vacilaciones, ya que se le trajo para cumplir una función que ni la propia Presidenta estaba segura de querer que cumpliera.

09-06-2016

Y finalmente Jorge Burgos dejó el Ministerio del Interior y el gobierno. Desde su nombramiento, hace un poco más de un año, mucho se especuló sobre si personalidades y concepciones políticas tan diferentes -como la de él y la Presidenta- podrían cuajar en la difícil tarea de conducir el gobierno. Pese a los esfuerzos que se hicieron de uno y otro lado, llegó el momento donde la situación se hizo insostenible y el costo de seguir aparentando fue tan evidente como ridículo. Al final, ambos se aburrieron de disentir publica y privadamente del otro.

Contrario a lo que muchos afirman, tengo la impresión de que tenían una buena relación personal, es decir, se manifestaban un genuino afecto. Lo anterior, junto a la necesidad de no acrecentar los efectos de esta ruptura, son el origen de esta extraña explicación de las “razones personales” que los dos disciplinadamente repitieron. Más allá de los rigores físicos que imponen estas funciones, siendo el Ministerio de Interior una verdadera máquina de moler carne, me cuesta creer, como dice el estatuto administrativo, que la clave esté en la salud compatible para desempeñar el cargo.

Burgos se va porque después de 13 meses en La Moneda no se logró el objetivo que me imagino personalmente él se había impuesto y que conectaba con la expectativa que hubo detrás de su nombramiento: a saber, establecer una conducción política consistente con la vocación transformadora del gobierno, la que reconociendo las evidentes limitaciones del entorno, redefiniera su estrategia, privilegiando la gradualidad, viabilizando más acuerdos, mejorando el estándar técnico en la elaboración de políticas públicas y la gestión de gobierno, al mismo tiempo que se hiciera de esto una causa común en la Nueva Mayoría y no sólo fuera el anhelo de unos pocos disidentes.

Las razones por las cuales esto no ocurrió, fueron, son y serán materia de debate en el oficialismo. La lista de chascarros, desavenencias y desaires entre ambos engrosan una larga lista, la que sin embargo es sólo el síntoma de algo más profundo: el primer cambio de gabinete, el realismo sin renuncia, el fin de la obra gruesa, o el reciente nombramiento de Mario Fernández, fueron movimientos tácticos, que no necesariamente responden a una profunda convicción de que debe enmendarse el rumbo, donde la constante es no perder pan ni pedazo, agradando a moros y cristianos, e intentando compatibilizar todos los objetivos.

Al final, Burgos fue una víctima más de estas vacilaciones, ya que se le trajo para cumplir una función que ni la propia Presidenta estaba segura de querer que cumpliera.


Disponible en La Tercera.

* Fotografía La Tercera.