“Monsieur Piketty y el caso chileno”

02-02-2015

Las conclusiones de su análisis no dejan de ser controvertidas, y algunas contraintuitivas, y es ese el propósito de esta nota. Intentaré explicar su lógica (“su modelo”) y qué implicancias de política tiene, lo que naturalmente pudiera incomodar a algunos de sus seguidores. Este análisis es particularmente importante, dada la discusión actual en Chile y los esfuerzos por reducir los elevados grados de desigualdad.

 

El trabajo de Thomas Piketty debe ser de los más importantes en economía en muchos años. El debate en torno a sus datos y teorías es muy activo y masivo. Su influencia trasciende la economía, y políticos y autoridades económicas de todo el mundo hablan de él. No obstante, su enfoque, que sigue de la tradición neoclásica de Solow, tiene un conjunto de características cuyas implicancias de política pueden incomodar a sus incondicionales seguidores. Su enfoque puede usarse para discutir temas de pensiones, mercados laborales y política tributaria. El objetivo de este trabajo es revisar los datos, las ideas básicas de su enfoque y discutir las ideas e implicancias principales de su obra desde la perspectiva de discusiones muy relevantes en Chile. Desde el punto de vista del sistema de pensiones su teoría sugiere que es preferible un sistema de capitalización, desde el punto de vista tributario hay que tener un sistema que no atente contra los futuros inversionistas respecto de los actuales y que sea progresivo, y desde el punto de vista laboral hay que tener cuidado con elevar artificialmente salarios, pues la sustitución de trabajo por capital es fuerte. En todo caso, si bien los datos de Piketty son controvertidos (pero sus grandes tendencias no), su teoría es aún más controvertida y está muy lejos de constituirse en la teoría del futuro del capitalismo.

1. INTRODUCCIÓN

No cabe duda que Thomas Piketty es el economista más influyente de los últimos años, probablemente décadas. Académicamente es excepcional, antes de los 20 años obtuvo su Master en Matemáticas en París, luego se doctoró en LSE de donde fue contratado como profesor en MIT a los 22 años. Recibió el premio bi-anual Yrjö Jahnsson el año 2013 en conjunto con Helen Rey, premio que es otorgado por la Asociación de Economistas Europeos a los mejores economistas de Europa menores de 45 años. Pero su fama e influencia han trascendido la academia. Su libro Capital en el siglo XXI (Piketty, 2014a) es un best-seller, lo citan presidentes y autoridades económicas y políticas de todo el mundo. Sus trabajos, y en particular su libro, ha sido comentado por economistas de la talla de Daron Acemoglu, Charles Jones, Paul Krugman, James Robinson, Robert Solow, Larry Summers, y Joseph Stiglitz entre muchos otros. Ha habido simposios respecto del trabajo de Piketty. Recientemente en la reunión anual de la Asociación Americana (estadounidense) de Economistas se hizo una sesión especial para discutir su libro. No recuerdo a un economista académico que haya causado tanto revuelo en el mundo.

Existen muchas clases de comentarios a la obra de Piketty. Desde los “crispados” que lo descartan porque lo consideran un peligro a las “buenas políticas capitalistas” con críticas superficiales, que a veces denotan un desconocimiento abismante de lo que estos trabajos realmente dicen, hasta una crítica de corte más radical, pues su teoría es de origen neoclásico, ya que se deriva del celebrado modelo de Solow y ese es su esquema de análisis, muy convencional. Pero también hay quienes aplauden y festejan su obra, pues da sustento empírico sólido a sus preferencias, y eso está bien, pero en este caso también hay que conocer las implicancias que este análisis tiene respecto de muchas otras áreas de la política económica. En el análisis y las conclusiones de política de este prolífico economista hay que ser consistente. No basta ver los datos y adoptar las conclusiones, pues es necesario también explicar los datos y para ello se requiere de un esquema conceptual. Las conclusiones de su análisis no dejan de ser controvertidas, y algunas contra-intuitivas, y es ese el propósito de esta nota. Intentaré explicar su lógica (“su modelo”) y qué implicancias de política tiene, lo que naturalmente pudiera incomodar a algunos de sus seguidores. Este análisis es particularmente importante, dada la discusión actual en Chile y los esfuerzos por reducir los elevados grados de desigualdad. De hecho, el análisis de Piketty puede usarse para discutir la reforma tributaria, el sistema de pensiones y la legislación laboral.

Desde el punto de vista del sistema de pensiones, su teoría sugiere que es preferible un sistema de capitalización; desde el punto de vista tributario, hay que tener un sistema que no atente contra los futuros inversionistas (“emprendedores”) respecto de los actuales y que sea progresivo, y desde el punto de vista laboral, hay que tener cuidado con elevar artificialmente salarios, pues la sustitución de trabajo por capital es fuerte. En todo caso, si bien los datos de Piketty son controvertidos (pero sus grandes tendencias no), su teoría es aún más controvertida y está muy lejos de constituirse en la teoría del futuro del capitalismo. Obviamente esta es una de las tantas perspectivas que se puede adoptar para analizar estos temas, pero la de Piketty es relevante, dado lo importante que es su enfoque en Capital en el siglo XXI.

Este trabajo continúa con una breve revisión de la evidencia para después tratar de explicar de manera resumida las principales características de su interpretación de los datos. El trabajo concluye con unos breves comentarios finales.

2. LA EVIDENCIA

En términos simples, para producir bienes y servicios en una economía se necesita trabajo (capital humano más en general) y capital (capital físico: maquinarias, equipos, obras de infraestructura y plantas, entre otros). Los hogares derivan sus ingresos de estas dos fuentes, o sea, de su trabajo y de su propiedad sobre el capital (intereses, dividendos y utilidades). Por lo tanto, la distribución de los ingresos autónomos de los hogares (que excluyen transferencias del gobierno) depende de la distribución de ingresos laborales, es decir, la dispersión de años de escolaridad, calidad de la educación, y las habilidades de las personas, y la distribución de ingresos del capital, el que Piketty llama riqueza, aunque no son exactamente lo mismo, como se discute más adelante.

Piketty y sus colegas han producido una masiva cantidad de evidencia sobre la distribución de la riqueza. Su esfuerzo se ha centrado en cómo se distribuye el capital y no el trabajo, aunque tal como reconoce en Piketty, la distribución de las habilidades y la educación son también muy importantes a la hora de entender la desigualdad.

En su libro, Piketty muestra la evolución del porcentaje de la riqueza que tiene el 10 % y el 1 % más rico en los Estados Unidos y Europa entre 1810 y 2010. Ahí muestra que hubo una tendencia creciente de la desigualdad hasta la Primera Guerra Mundial, la que se revirtió hasta los 90, cuando comenzó a ampliarse nuevamente. No se ha llegado a los niveles de principios del siglo XX, pero la tendencia es clara. En Europa la concentración de riqueza era más que en Estados Unidos en el pasado, pero eso cambió en los años 60. Una pregunta central es si esto es excepcional, o es una tendencia inexorable del capitalismo, como lo afirma basado en su teoría que comento más adelante.

Antes de continuar, es bueno tratar de entender por qué este tema ha aumentado su relevancia en todo el mundo en los últimos años. Un panorama general de la evolución de la distribución de ingresos, la que – recuérdese – combina distribución de trabajo y capital, entre 1990 y 2012.

Mirando los coeficientes de Gini, que miden desigualdad, dos resultados saltan a la vista. Primero, los países desarrollados y los más igualitarios, como Europa emergente, han experimentado un aumento de la desigualdad de ingresos, comparable con lo ocurrido con la desigualdad de la riqueza. Segundo, en América Latina, una de las regiones más desiguales del mundo, la desigualdad se ha reducido, aunque sigue siendo altamente desigual. Por lo tanto, el tema de la desigualdad ha adquirido creciente relevancia por el deterioro en las economías avanzadas y los elevados niveles en América Latina.

(El Gini toma valores entre 0 y 1, y mientras mayor es su valor, mayor es la desigualdad).

Es difícil pensar que en América Latina, donde la desigualdad de ingresos es elevada, la desigualdad de la riqueza sea menor que en el mundo desarrollado. Dado que la desigualdad proviene de desigualdades de ingresos laborales y de capital, ambos factores debieran explicar las diferencias de América Latina con el resto del mundo. Por lo tanto, más allá de poder discutir los órdenes de magnitud no tiene sentido tratar de justificar que Chile y el resto de América Latina no son desiguales en la distribución de la riqueza, aunque ha habido progresos en materia de igualdad de ingresos.

No obstante, aquí surge un primer problema con los datos y es que riqueza no es lo mismo que capital productivo. La dinámica capitalista que enfatiza Piketty se refiere a la reproducción del capital productivo, pero parte importante de la riqueza está constituida por activos no productivos, como las viviendas, que en mucho países, incluido los Estados Unidos, experimentaron una burbuja, y pasaron a constituir una parte cada vez más importante de la riqueza, pero no del capital productivo.

Otro tema importante es que la reproducción del capital en el modelo de Piketty la hacen las dinastías, lo que requeriría que los más ricos de principios del siglo XX sean los mismos que de principios del siglo XXI. En el caso de Estados Unidos, hoy día los más ricos son dueños de empresas tecnológicas, superestrellas del deporte, la música, etc. y los sobrepagados máximos ejecutivos de la industria financiera, quienes no son los herederos de las fortunas de la Gilded Era de finales del siglo XIX. Con esta evidencia podemos analizar el modelo de Piketty y sus implicancias de política.

3. EL MODELO DE ACUMULACIÓN DE CAPITAL

El mecanismo fundamental de la divergencia es que el retorno de las inversiones es mayor que la tasa de crecimiento de la economía. Esto es lo que denota como r > g, donde r es el retorno al capital (la tasa de interés) y g la tasa de crecimiento de la economía. Esto permitiría que los capitalistas puedan ahorrar los retornos del capital y aumentar más que proporcionalmente su riqueza, ya que la economía crece más lento que el retorno. Este análisis preliminar ignora que el retorno de las inversiones cae a medida que hay más capital (en un país la primera central eléctrica es muchísimo más rentable que la centésima, y así para todos los bienes de capital). Esto obviamente lo contempla Piketty, pero con ciertas características especiales discutidas más adelante.

El hecho de que el retorno a la inversión sea mayor que el crecimiento de la economía no es suficiente para explicar un crecimiento permanente de la riqueza de los dueños del capital, lo que es muy conocido en economía. De hecho, es esperable que en una economía eficiente se cumpla r > g sin necesidad de que esto resulte en un crecimiento del ingreso del capital mayor que el ingreso del trabajo. Más aun, es enteramente posible, y así pareciera ocurrir en muchos períodos, que la participación del capital y trabajo se mantengan constantes en un mundo con r > g.

Si ocurriera lo contrario, que el retorno a las inversiones fuera inferior a la tasa de crecimiento (r < g) tendríamos una economía ineficiente, con excesivo capital, donde se podría consumir parte de dicho capital y producir lo mismo, con una tasa de ahorro más baja. Una tasa de interés muy baja debiera ser sostenida con una tasa de ahorro muy alta, lo que conduciría a una ineficiencia. Ni siquiera reinvirtiendo todos los retornos de la inversión se podría mantener el capital constante (en términos del PIB). Habría que ahorrar más solo para evitar la descapitalización. Más aún, en una economía donde el crecimiento siempre fuera mayor que la tasa de interés podría vivir permanentemente endeudándose y pagar los intereses del crecimiento, y sobraría plata. Esto no es sostenible. Lo razonable, y deseable, es que r > g.

El argumento de Piketty es ciertamente más sofisticado y plantea que r es mucho mayor que g y no hay tendencia a una reducción relevante en r a medida que el crecimiento de la economía baja. En otras palabras, cuando la economía se desarrolla y crece menos, producto entre otras cosas de la inversión pasada, el retorno al capital cae poco y lento, con lo cual la renta al capital (que no es más que el retorno del capital por la cantidad de capital) aumenta y la del trabajo disminuye.

La consecuencia natural de aceptar esta relación que explica la gran divergencia en Piketty es difundir la propiedad del capital, pues rentaría en exceso y todos los ciudadanos debieran tener acceso a ese elevado retorno. De acuerdo al modelo de Piketty, un objetivo central de política es favorecer que la mayor cantidad de gente tenga acceso a poseer capital.

Las consecuencias de este punto de Piketty son importantes, pues esto implicaría que un sistema de pensiones de capitalización produciría significativamente más beneficios que un sistema de reparto.

El “retorno” del sistema de reparto es el crecimiento de la economía. Esto es, cada jubilado es financiado por una generación que tiene g% más de ingresos. La población activa de hoy produce g% más que lo que produjeron en su época activa los actuales jubilados. Los trabajadores actuales transfieren sus aportes a los pensionados, con lo cual el aporte retorna g. En cambio, si estos mismos pensionados hubieran ahorrado sus contribuciones a la seguridad social, habrían obtenido un retorno r%, muy superior a g%. Esa es la base de la gran divergencia en Piketty.

Obviamente, el tema de seguridad social es más complejo. Existen muchas aristas para no trivializar la discusión. Por ejemplo los niveles de riesgo-retorno que la sociedad está dispuesta a aceptar, la estructura y organización industrial del mercado de manejo de fondos, y las formas de generar redistribución y verdadera seguridad social. De hecho, un sistema puramente de ahorro forzoso no tiene el componente de “seguro” que debiera tener la seguridad social, algo que en Chile se avanzó de manera importante a fines de la década pasada. Por ello la discusión no puede hacerse solo en el contexto de un modelo de crecimiento sin considerar heterogeneidades y riesgo. No obstante, la conclusión de que los fondos debieran invertirse en el mercado de capitales (algo razonable dado que r > g) es mucho más preferible en el modelo de Piketty que en los modelos más tradicionales.

De hecho, en el capítulo 12 Piketty sugiere que China podría optar por un sistema de capitalización, dadas sus altas tasas de ahorro. En el capítulo 13 discute más en detalle el futuro de la seguridad social en las economías avanzadas. Entre otras cosas sugiere que con las actuales edades de jubilación los sistemas actuales enfrentarán serias dificultades. Respecto del tipo de sistema, afirma que “es tentador concluir que el sistema de reparto debiera ser remplazado por un sistema de capitalización” , dado que r > g, pero a continuación agrega que las dos dificultades principales son la transición de un sistema a otro, tema que no es relevante en países que ya la hicieron, y por otra parte la volatilidad de los retornos, por cuanto a pesar que r sea mayor que g, el primero es más volátil. Aun cuando hay formas de mitigar la volatilidad, este argumento de Piketty es inconsistente con su propio análisis. Si el retorno de la inversión es volátil, el que este sea mayor que el crecimiento no sería un problema intrínseco del proceso de acumulación, sino simplemente una prima por riesgo. En todo caso, yo también agregaría como condición para un sistema de capitalización efectivo que este debe asegurar que el mayor retorno llegue efectivamente a los jubilados y no quede en los intermediarios.

Como mencionaba antes, en el modelo de Piketty los dueños del capital siguen ahorrando, invirtiendo, y aumentando su participación el PIB. Esto es lo que llama dinastías, sobre la cuales la evidencia no es concluyente porque, tal como mencioné antes, en los Estados Unidos los ricos de hoy no son los mismos que los de principios del siglo XX. Sin embargo, es importante que las instituciones económicas permitan la aparición de nuevos empresarios que puedan tener éxito, y en este contexto podemos analizar el sistema tributario. Es común que la tasa de impuesto al capital sea más baja que la de los ingresos consumidos en la medida que esto es ahorro. Esos son los incentivos al ahorro, y después se cobra el resto de los impuestos cuando los retornos son usados para consumir.

La reforma tributaria chilena establece dos regímenes distintos, con una tasa máxima de impuesto al ingreso de 35 por ciento. No obstante, quien invierta en empresas en el sistema semi-integrado pagará un impuesto de 44 por ciento al momento del retiro para consumir, mayor que si consume de inmediato. Difícil que haya mucho interés en invertir en estas empresas si se termina pagando un impuesto más alto que el que se paga por no ahorrar. Difícil que la propiedad de dichas empresas se difunda si no hay nuevos inversionistas. Se beneficiarán solo quienes no tienen contemplado en su horizonte de vida consumir toda su riqueza, al igual que las empresas extranjeras que tendrán una preferencia, ya que su tasa de retiro será 35 por ciento. Este es un ejemplo de instituciones que no favorecen la difusión del capital en el sentido de Piketty.

Sin embargo, hay que reconocer que la reforma tributaria tuvo entre sus objetivos ser progresiva, algo que coincide con los planteamientos en Capital en el siglo XXI, y eso se logró. Hoy día tendremos un sistema más progresivo del casi neutral que teníamos antes, y eso es, a mi juicio, muy positivo. Es importante también cerrar espacios de elusión que por lo general están disponibles para quienes tienen mayores ingresos para gastar en asesorías tributarias, y en eso también se avanzó mucho.

No basta con r > g para la divergencia. También es necesario que, a medida que se invierte, el retorno del capital se reduzca lentamente con respecto al crecimiento del capital, así sus ingresos irán aumentando paulatinamente. Para que esto ocurra se necesita que haya alta sustitución entre capital y trabajo. En jerga económica se requiere de una alta elasticidad de sustitución entre capital y trabajo. Si esta elasticidad es unitaria, como la mayor parte de los análisis asume, los ingresos del capital y trabajo tendrán siempre una participación constante. De hecho, esto es uno de los conocidos hechos estilizados de Kaldor, quien habría argumentado que la participación del capital en el PIB se ubicaría entre 30 y 35 por ciento. No obstante, si la sustitución es elevada, la participación del capital sería creciente.

¿Qué nos dice la evidencia? La mayoría de los trabajos indicaría que esta elasticidad es menor que uno, es decir, no hay mucha sustitución entre capital y trabajo. No obstante, el propósito de esta discusión no es ir al detalle de los argumentos técnicos sino que sus implicancias de política económica.

Si el capital y el trabajo son fáciles de sustituir, medidas que aumenten los costos laborales artificialmente afectan de mayor forma al empleo. Mientras mayor es esta sustitución, mayores serán los efectos que tendrá sobre el empleo el reemplazo de trabajadores por maquinaria y equipo. En todo caso la evidencia a favor de la hipótesis de Piketty, que la elasticidad es mayor que uno, no ha recibido un apoyo importante. Este supuesto analítico puede explicar por qué las propuestas de Piketty para reducir la desigualdad se enfocan en el sistema tributario, algo en la educación, y poco en el mercado del trabajo.

4. COMENTARIOS FINALES

No cabe duda de que Capital en el siglo XXI es un libro muy importante. Las investigaciones de Piketty y sus asociados nos han hecho mirar las dinámicas de la desigualdad no solo en la desigualdad salarial y de la educación, sino también por lo que pasa en la parte superior de la distribución y cómo esto se relaciona con las desigualdades en los ingresos del capital. Más allá de discusiones sobre los datos, no cabe duda del deterioro de la desigualdad en los países desarrollados y esto se relaciona con los ingresos de la parte superior de la distribución. Por supuesto que para proponer políticas es necesario tener una explicación convincente de la evidencia. No basta la evidencia, hay que entender cuál es el origen de esa evidencia.

No obstante, la teoría de Piketty aún no es convincente. Aun cuando la teoría es convencional y basada en el modelo neoclásico de crecimiento, los supuestos necesarios para reproducir la evidencia no lo son. Más allá de la interpretación de los datos, como por ejemplo si es riqueza o capital productivo lo que debemos mirar, la mecánica de la acumulación necesita alta sustitución de capital y trabajo.

Algo que no discutí fue que también para replicar la evidencia se necesitan tasas de ahorro muy elevadas y crecientes. De hecho, la evidencia de Piketty es que ha habido mucha inversión en el mundo desarrollado, bastante más de lo que se había pensado tradicionalmente, que la inversión ha sido baja. Empíricamente esto lo ve Piketty en el gran aumento del valor de la riqueza, pero estaría más asociado al aumento del precio de las viviendas que a un boom de capital productivo. Asimismo, sus prescripciones de política, en particular en el mercado del trabajo, podrían ser incluso contrarias a lo que sus seguidores pensarían.

El aumento de la riqueza del 1 % superior y los niveles de desigualdad que observamos en las economías en desarrollo, como es el caso de América Latina, probablemente no son una consecuencia inexorable de las economías de mercado y del sistema capitalista, pero es necesario entender estos fenómenos para proponer políticas. En este ámbito me parece más convincente, con todos los sesgos de mis propias preferencias, la idea que las desigualdades están más relacionadas con la evolución de las instituciones políticas y económicas de las naciones, como lo han propuesto Acemoglu y Robinson (2014). La dinámica del desarrollo va acompañada de evoluciones políticas y económicas que van configurando las tendencias de la desigualdad, y es por ello que podemos ver cómo países han ido por trayectorias distintas en este ámbito.

El análisis de Piketty es de una economía cerrada, y al mirar al mundo se ven también otras tendencias. La desigualdad en el mundo ha estado cayendo desde fines de los años 80, lo que coincide con el período de globalización y los grandes avances en materia de crecimiento de economías muy pobladas y con ingresos bajos, como es el caso de India, y en especial China (Sala-i-Martin, 2006, y Milanovic, 2013). Obviamente esto no remplaza la preocupación que debiera haber por la desigualdad al interior de los países, pero sí muestra cómo se beneficia el mundo del crecimiento y la convergencia de los países más pobres.

La concentración de los ingresos es relevante, pues genera captura del poder político y políticas populistas inefectivas. Esto a su vez limita el espacio para políticas que promuevan la inclusión y una verdadera igualdad de oportunidades. Existe un amplio ámbito de mejoras para construir economías más inclusivas, por ejemplo políticas que promuevan la competencia y castiguen prácticas reñidas con ella, regulaciones en el mercado de valores que castiguen el uso de información privilegiada y operaciones que expropien a los accionistas minoritarios, emparejamiento de la cancha en materia educacional y laboral, de integración urbana y, por supuesto, de financiamiento y transparencia de la actividad política.

El revuelo que ha causado Piketty con su libro Capital en el siglo XXI es saludable. La discusión sobre la equidad ha ido crecientemente tomando relevancia en círculos académicos y políticos. No obstante, tomarlo como un nuevo paradigma económico es un exageración, pues su virtud es que nos hace pensar en lo que sabemos y abre la curiosidad para seguir pensando en estos temas tan relevantes. Como se discute en este trabajo sus conclusiones pueden ser incómodas. No obstante, la generalidad de su teoría es muy discutible, lo que puede aliviar la incomodidad.

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