“¡No te creo!”

Poco sirve seguir ahondando en los diagnósticos, y resulta imperioso abordar una cuestión que se avizora como el principal obstáculo para los desafíos libertarios e igualitarios que impone el común anhelo de vivir en una sociedad madura y civilizada.

16-11-2014

El tema de la confianza y la manera en cómo ésta se ha deteriorado los últimos años, dejó de ser una preocupación de sociólogos y cientistas sociales, para transformarse en una condición crítica de nuestra convivencia. En los espacios donde me ha tocado intervenir últimamente, suelo mostrar algunos de los datos que se recopilan en el informe “Auditoría para la Democracia” preparado por el PNUD y publicado hace un par de meses.

Las cifras que ahí se consignan arrojan tres importantes conclusiones. La primera, es que estamos frente a un problema de carácter estructural, el que lejos de circunscribirse al ámbito político, alcanza también a la esfera del mercado y a nuestras relaciones cotidianas. Segundo, y contrario a lo que se afirmó por mucho tiempo, lo que ocurre en nuestro país no se explica sólo en el marco de una tendencia mundial, ya que la profundidad y velocidad del fenómeno es de una magnitud muy diferente a lo que ocurre en otros Estados de la región y, para qué decir, cuando nos comparamos con las naciones más desarrolladas. Por último, y como si  estas noticias no fueran lo suficientemente desalentadoras, los datos muestran que no hay ninguna evidencia de que las cosas vayan a mejorar al corto y mediano plazo, sino todo lo contrario.

Sobre las causas de la desconfianza se ha especulado mucho. Una temprana tentación es ligarla al proceso de modernización capitalista, como si el fenómeno del individualismo, tan propio de la sociedad moderna, fuera la inevitable antesala de creciente sospecha que hemos generado sobre la conducta de los demás. Para el caso de Chile, me inclino por agregar dos razones más. La primera, y para decirlo de una forma muy sencilla, es que el traje nos quedó chico.

La retórica pública es generosa en la reivindicación de los derechos, pero particularmente famélica cuando se trata de identificar y cumplir las obligaciones correlativas que los informan.

Pero poco sirve seguir ahondando en los diagnósticos, y resulta imperioso abordar una cuestión que se avizora como el principal obstáculo para los desafíos libertarios e igualitarios que impone el común anhelo de vivir en una sociedad madura y civilizada. Y aunque los flancos son tantos, que a ratos incluso nos abruman, el punto de partida fue, es y seguirá siendo, la esfera pública. Mejorar la política, como la principal forma de organizar la convivencia y procesar racionalmente nuestras diferencias, sigue siendo la principal prioridad. Mientras ésta siga tan deteriorada como desbordada, nada de lo demás podrá mejorar sustantivamente, más bien será al revés.

Disponible en La Tercera