Nuestras ciudades del mañana

Las ciudades chilenas hoy son el producto de 35 años del desarrollo urbano más mezquino; aquel según las leyes del libre mercado, cuya premi

31-07-2015

Carentes de una genuina democracia participativa, las obras de arquitectura e infraestructura pública de las ciudades chilenas se han hecho sin el consentimiento de sus habitantes. Al mismo tiempo, innumerables edificios de valor patrimonial han desaparecido, y con ellos, el espíritu de los barrios y la identidad de la ciudad. Las ciudades chilenas hoy son el producto de 35 años del desarrollo urbano más mezquino; aquel según las leyes del libre mercado, cuya premisa falaz es que “se regula solo”.

El resultado es que nuestras principales ciudades se han vuelto ingratas, amorfas, brutalmente segregadas, despojadas de su patrimonio histórico, afeadas con arquitectura mediocre, plagadas de problemas estructurales y ambientales, incluyendo aire venenoso, ruido excesivo, espacios públicos insuficientes y mal tenidos, congestión vial y un sistema de transporte público que apenas cumple sus objetivos.

Si el Estado comprende el error y se empeña en repararlo, incorporando a la ciudadanía en los procesos de decisión, tal como se viene haciendo desde hace ya dos generaciones en otras latitudes, nuestras ciudades podrían mejorar enormemente. En este nuevo orden, los grandes proyectos de arquitectura e infraestructura son producto de concurso público. Los procesos son más lentos, pero los resultados se convierten en bien común, que es como se construye orgullo cívico.

Junto con establecer la institucionalidad de la participación, aparecen las tareas del desarrollo urbano: la expansión y modernización del transporte público con sus correspondientes obras de infraestructura vial, incluidos Metro y Ferrocarril; la efectiva integración social (principalmente a través de la vivienda) como propósito fundamental para el bienestar de una ciudad; también la conservación del patrimonio urbano construido, tanto espacial como arquitectónico, con los instrumentos adecuados para estimular su valorización.

Luego, el fomento del espacio público: la prohibición absoluta de malls urbanos con el objeto de fortalecer la vida en la calle; la revitalización de los grandes parques, hoy decrépitos; la reforestación de la ciudad; la conversión de innumerables intersticios y retazos urbanos en espacios útiles; la racionalización del equipamiento, mobiliario y señalización urbanos. También la reparación de numerosos errores y negligencias históricas: en Santiago, por ejemplo, cubrir la trinchera Norte-Sur para restaurar la trama del centro fundacional; regresar el Congreso Nacional a su sede histórica para recuperar la atmósfera cívica de la ciudad; y por qué no, demoler sumariamente varias docenas de edificios mal diseñados y pésimamente emplazados, que ofenden el sentido común y que además huelen desde lejos a desdén y codicia.

Por último, y tal vez lo más importante, un nuevo sistema de gobierno urbano donde la participación ciudadana en temas de arquitectura y urbanismo local esté garantizada, porque sólo el interés de la ciudadanía puede hacer bellas y prósperas las ciudades.


Disponible en Voces de La Tercera