“Peligra lo común”

A riesgo de ser políticamente incorrecto, y reconociendo el profundo valor de la transparencia en una democracia, confieso que me preocupa la cada vez más extendida judicialización de nuestro debate político.

02-04-2017

CUANDO TODAVÍA no se inicia formalmente la carrera presidencial, somos ya testigos de una trifulca donde se cruzan acusaciones y recriminaciones, las que a ratos parecieran poco tener que ver con confrontar las posiciones del adversario sino, algo bien distinto, desacreditarlo o socavar la legitimidad de las personas que piensan diferente. Para muchos puede ser algo ingenuo, cuando no bobo, el una vez más reivindicar la necesidad de subir el nivel del debate, considerando que las pequeñas ventajas que aparentemente logramos cuando le hacemos una falta al contrincante que queda sin sanción, sólo contribuyen a seguir cuestionando la relevancia de respetar las reglas del juego.

De hecho, y ahondando en la metáfora futbolística, qué sentido tiene traer a un gran equipo, cuando la cancha donde queremos desarrollar el partido está llena de hoyos, sus contornos y límites se han desdibujado después de mucho tiempo, y nadie respeta las reglas del juego, amén de que pareciera que tampoco hay árbitro. La política es, en el más profundo de sus sentidos, algo así como un espacio de normas donde personas e ideas compiten por ganar el favor de los ciudadanos, cuyo poder que otorga el triunfo -más que un fin en sí mismo- se transforma en un valioso instrumento para alterar la vida de personas y grupos que padecen una situación objetivamente injusta. Es quizás por eso que muchos miramos el futuro con algo de pesimismo, en la medida que mientras no invirtamos de manera definitiva en mejorar nuestra política, incluso el más virtuoso elenco y con la mejor de las intenciones, no podrán alterar significativamente el marcador, consolidando la desesperanza y el desánimo que asiste a muchos por estos días.

Para demasiados ha sido rentable el disparar contra la política. No se trata de ser ciego o condescendiente respecto a sus muchas miserias, pero lo que no parece razonable es marginarse o subir a un pedestal, para desde ahí proferir todo tipo de recriminaciones e improperios, esperando que cuando les toque debutar, el respetable ahora sí les otorgue el beneficio de la duda. Es más injustificable todavía suponer que este es un problema que atañe sólo a quienes se dedican a la política de manera profesional o preferente, como si lo que ahí sucede no fuera a condicionar, más tarde o temprano, el devenir de nuestras propias vidas.

A riesgo de ser políticamente incorrecto, y reconociendo el profundo valor de la transparencia en una democracia, confieso que me preocupa la cada vez más extendida judicialización de nuestro debate político; la competencia entre fiscales, periodistas y otros fiscalizadores estatales por presentarse como los zares de la anticorrupción, acusando a diestra y siniestra -como aquel cowboy que dispara desde la cadera, para recién preguntar después-; y para qué decir de está hipócrita iconoclasia que se ha puesto de moda entre columnistas y opinólogos de la plaza, cuyos pecados –digámoslo con claridad en algunos conocidos casos- superan con creces el impudor de su ignorancia.

Disponible en La Tercera