“Peligrosamente opuestos”

El profundo anhelo reformador de Bachelet ha chocado con la realidad y las posibilidades que ésta nos brinda. Se han cometido errores, y no menores. La nobleza de las intenciones de este gobierno no se corresponde con lo mediocre de su cotidianeidad.

02-11-2014

La vuelta de la derecha a La Moneda estuvo desprovista de un relato. En ausencia de una clara misión y un evidente desdén hacia la política, un elenco de administradores asumía la conducción de la Nación de manera similar a como se dirige una empresa.

Con un discurso que apelaba a la eficiencia de la gestión, generando altas expectativas sobre sus resultados, más temprano que tarde se defraudó a muchos ciudadanos, pese a la ridícula autoexaltación que los altos funcionarios de gobierno hacían de sus modestos logros. Una conducción híbrida, carente de corazón, que confundía a partidarios y opositores sobre el sentido y dirección de la política pública, premunido de un pragmatismo que coqueteó demasiadas veces con el travestismo y el oportunismo, y cuyo único mínimo común denominador consistía en la figuración del Presidente. En efecto, más que un proyecto de la derecha, ese fue el gobierno de Piñera.

Nada más distinto a los primeros meses del gobierno de la Nueva Mayoría. Antecedido de una álgida demanda social por cambios profundos, la figura de Michelle Bachelet encabezó una campaña que prometió una transformación en la sociedad chilena, la que hastiada de los abusos del poder -no sólo económico sino también político y social- exigía un nuevo trato para contar con una sociedad más justa y menos desigual. Fue así que la elección se ganó con un ambicioso programa político, cuya esperanza de éxito descansaba en el rol del Estado como el principal instrumento de cambio social, cuya ambición transformadora probablemente no registrábamos desde los gobiernos de Frei Montalva o Salvador Allende.

Pero este anhelo con profundo sentido y corazón, también ha chocado con la realidad y las posibilidades que ésta nos brinda.Son demasiadas las variables que condicionan los cambios y más todavía su fragilidad. La incertidumbre que experimentan muchos ciudadanos no es el producto de la campaña del terror que lleva adelante una parte de la derecha, como la desaceleración económica tampoco es consecuencia del boicot de los poderes fácticos y el empresariado. Se han cometido errores, y no menores, de la misma forma que se ha improvisado, y no pocas veces. La nobleza de las intenciones de este gobierno no se corresponde con lo mediocre de su cotidianeidad.

No hay cambios sin tensión, de la misma manera que no se puede transformar sin arriesgar. Pero para distribuir hay que crecer, así como para gobernar hay que aunar y priorizar. Por lo mismo, es prioritario ordenar antes de avanzar.

Disponible en La Tercera