“Primarias: de espaldas a la ciudadanía”

El fracaso de primarias voluntarias deja en evidencia que los cambios de fondo que requiere nuestra democracia son urgentes y que no pueden ser dejados a la buena voluntad de quiénes hoy se benefician en forma directa por las reglas del juego.

06-05-2013

Realizar primarias parlamentarias con competencia efectiva entre distintas fuerzas políticas en algunos distritos y circunscripciones del país no era un antídoto para todos los males de nuestra democracia. Pero era la única ventana que los custodios del poder habían permitido abrir.

Concluido el plazo legal para inscribir candidaturas para competir en primarias parlamentarias, el resultado final del proceso es tremendamente desalentador para quienes aspiran a fortalecer la democracia y mejorar la brecha que existe entre ciudadano/as e instituciones políticas en el país. El Servel organizará la realización de primarias internas exclusivamente para un partido: Renovación Nacional en 10 de los 60 distritos del país. Ninguno de los otros partidos legalmente inscritos ocupará éste mecanismo (16 en total), tampoco se realizará primaria legal y vinculante alguna para seleccionar a postulantes al Senado.

Difícil creer considerando que el proyecto de primarias fue aprobado en tiempo récord, apoyado prácticamente por una unanimidad del Congreso y luego reformado y revisado una vez más en ambas cámaras con amplias mayorías. Las primarias fueron apoyadas con entusiasmo por las dos principales coaliciones con el argumento que ayudarían a enfrentar algunos de los déficits más evidentes del sistema democrático. No faltaron quienes incluso argumentaron que con primarias legales una reforma al sistema binominal se hacía innecesaria, ya que corregirían problemas endémicos de competencia y falta de renovación. Difícil de entender además porque el 79 % de chilenos ha manifestado que prefiere que los candidatos sean seleccionados a través de primarias y no designados por las cúpulas de partidos (Encuesta Auditoria a la Democracia 2012).

La decisión de las cúpulas de la mayoría de los partidos de no realizar primarias para elegir a sus candidatos al Congreso ha causado sorpresa e indignación porque una de las pocas reformas políticas que había logrado ser aprobada entre las muchas que se vienen discutiendo hace años, termina teniendo un efecto absolutamente marginal. Porque dirigentes de todo el espectro político aumentaron abiertamente expectativas desmedidas respecto del potencial efecto democratizador de las primarias y al poco andar no vacilaron en desecharlas sin procesos o decisiones transparentes de cara a la ciudadanía. Porque sin que hasta ahora haya sido posible modificar el sistema binominal, las primarias entregaban una pequeña ventana de oportunidad para aumentar la competencia y abrir paso, aunque acotado, a algo de renovación generacional y mejorías en la representación del Congreso.

La decisión de las dirigencias partidarias es nada menos que temeraria. En un contexto en que los partidos políticos detentan menos del 10 % de confianza de la ciudadanía, y la participación electoral ha llegado a bajas históricas, dirigentes de los principales partidos del país deciden evadir la competencia y la participación sin evaluar el efecto que esto tendrá en su estabilidad inmediata y mucho menos en la legitimidad democrática.

No nos confundamos. Realizar primarias parlamentarias con competencia efectiva entre distintas fuerzas políticas en algunos distritos y circunscripciones del país no era un antídoto para todos los males de nuestra democracia. Pero era la única ventana que los custodios del poder habían permitido abrir. El fracaso de primarias voluntarias deja en evidencia que los cambios de fondo que requiere nuestra democracia son urgentes y que no pueden ser dejados a la buena voluntad de quiénes hoy se benefician en forma directa por las reglas del juego.

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