“¿Qué parte no se entiende?”

En el espacio público todos los sujetos somos iguales y debemos estar dispuestos a la coacción del mejor argumento.

06-10-2014

Durante las últimas semanas los representantes de las asociaciones gremiales del sector empresarial han eludido referirse directamente a las malas prácticas que han sido ya sancionadas por autoridades públicas. El argumento común es que no existen decisiones definitivas. Ellos mismos han sostenido insistentemente que la discusión de tantas reformas juntas no contribuye al buen clima y que, por el contrario, afectan la seguridad que requieren las inversiones. El presidente de la Asociación de Bancos ha señalado que al ministro de Economía le falta calle. La razón, no haber firmado cheques para una empresa.

Todas y cada una de estas reacciones dan cuenta de una cierta falta de comprensión de las lógicas de un sistema democrático en donde una democracia deliberativa de ingreso medio como la nuestra implica que todo y todos somos objeto de discusión pública.

¿Es eso malo? En mi opinión no. Como decía Nietzsche “uno no tiene nunca la razón, con dos empieza la verdad”, lo que implica inevitablemente que en la deliberación de los asuntos públicos no están los problemas. Estos se encuentran precisamente en lo contrario, en la negación a la discusión.

Los procesos deliberativos para muchos pueden ser incómodos. Requieren la construcción de razonamientos y argumentos de persuasión mutua, más que la imposición de autoridad o la de una ética integrista que niega la existencia misma del debate. En el espacio público todos los sujetos somos iguales y debemos estar dispuestos a la coacción del mejor argumento.

Hay algo que no debemos olvidar y es que la participación en los asuntos públicos es una cuestión instrumental a los propósitos de adoptar decisiones colectivas en medio de la diversidad de preferencias que existen en una sociedad plural. Lo que deliberamos y decidimos no es una teoría científica, económica o legal.

¿Por qué esto es tan relevante que lo entendamos todos?
Porque de alguna manera la negativa a la discusión en temas trascendentales, en base a las condiciones del momento, lo único que genera es espacio para un debate desigual y de alguna manera, una afectación a la calidad del sistema democrático, porque implica desconocer la pluralidad de preferencias y la imposición de visiones completamente parciales que terminan triunfando en las decisiones.

Así como hace un tiempo hemos venido discutiendo sobre la necesidad de la renovación de los cuadros en política, precisamente para interpretar adecuadamente estos tiempos, quizá el sector privado también deba pensar en esa misma renovación con la finalidad de participar en la discusión pública a rostro descubierto y sin complejos de ningún tipo.

Disponible en La Segunda