“Razones de la demora”

19-01-2015

El cómo sortear esta coyuntura, cualquiera sea la dirección o velocidad que se le imprima a la gestión del gobierno y sus políticas públicas, sigue siendo la principal duda que probablemente atribula a Bachelet.

 

Después de tanta especulación en torno al cambio de gabinete, el caso Penta dio un respiro al gobierno, el que nuevamente comprobó que aunque uno esté mal, siempre el adversario puede arreglárselas para estar peor. Las enormes facilidades que continuamente da la oposición contribuyeron a que por estos días cediera la presión a la cual estaba sometido el Ejecutivo, cuyo flanco no sólo alentaba la prensa y las continuas disputas al interior del oficialismo, sino también ya se había trasladado a la evaluación que hacen los ciudadanos. Pero estas ventajas político-comunicacionales, además de no ser eternas -lo que el episodio del “yategate” reveló con inusitada sorpresa-, tampoco despejan la cuestión de fondo y que apunta a la urgencia de modificar los equipos para corregir y reimpulsar el gobierno en este segundo año de mandato.

¿Por qué la Presidenta no ha efectuado el cambio de gabinete?

Una primera explicación, muy difundida en la prensa, se refiere a la personalidad de Bachelet y a su aversión a ser pauteada por terceros, menos todavía en atribuciones que le son exclusivas. Y aunque algo de esto pudiera ser cierto, es extraño, particularmente en ella, que se interprete como un signo de debilidad o falta de autoridad el que la función pública se desarrolle en un contexto donde se acogen las críticas, sugerencias o la evaluación que hacen diversos agentes externos.

Una segunda razón puede tener que ver con el costo político que acarrearía tal decisión, que sólo podría interpretarse como una renuncia o derrota; más todavía por la entera libertad con que Bachelet escogió a sus ministros y al hecho de que los cargos más sensibles y donde probablemente habría que hacer los cambios para generar el punto de inflexión buscado, son hoy ocupados por sus más leales, confiables y estrechos colaboradores.

Por último, hay una tercera posibilidad, la que personalmente suscribo, y que supone entender que un cambio de gabinete es sólo la consecuencia o el resultado de una decisión política que, a la fecha, la Presidenta no ha adoptado. En efecto, habiéndose agotado el tiempo de las evaluaciones o diagnósticos, no hay duda de que existe una tensión, externa e interna, sobre la orientación y profundidad que deberían tener algunas reformas, tanto las que actualmente se discuten como las muchas que todavía no se han desplegado, a resultas de nuevas variables que han enrarecido el escenario: mayor resistencia ciudadana, desaceleración económica, incertidumbre y deterioro de las confianzas.

El cómo sortear esta coyuntura, cualquiera sea la dirección o velocidad que se le imprima a la gestión del gobierno y sus políticas públicas, sigue siendo la principal duda que probablemente atribula a Bachelet.

Es esa definición la que determinará qué ministros se van y quiénes serán sus reemplazantes. En el intertanto, no hay que ser muy sagaz para advertir que muchas reparticiones de gobierno están paralizadas a la espera de una resolución que, sea la que sea, debe llegar pronto.

Disponible en Voces de La Tercera