Rumores y democracia

Los rumores son una cuestión inevitable. Con prescindencia del juicio moral que tengamos sobre su difusión, lo cierto es que existen, especi

13-04-2015

En los últimos días se ha abierto debate sobre el rol de los rumores, especialmente cuando se hacen valer como argumentos políticos en medio de la crisis de confianza que vivimos. El debate nos obliga a preguntarnos cuánto puede afectar en nuestra vida deliberar en una democracia en base a ellos.

Los rumores son una cuestión inevitable. Con prescindencia del juicio moral que tengamos sobre su difusión, lo cierto es que existen, especialmente los falsos, entendiendo por tales los ficticios, o incluso aquellos que, basados en un hecho verdadero, son expandidos de un modo deliberadamente parcial. Sus resultados son serios porque, como afirma Sunstein, con ellos se pueden afectar carreras profesionales, la política, la economía y la democracia.

Como demuestran diversos estudios, el éxito de los rumores descansa en tres cuestiones. Por un lado, porque se adecúan fácilmente a las convicciones previas de quienes los aceptan, dado que muchos se construyen en base a prejuicios que alimentan la expansión de los rumores a un nivel que pocos se atreven a objetar. Por el otro, porque dan origen a cascadas de información que hacen que se reproduzcan con rapidez, especialmente hoy con las redes sociales en las que muchos terminan por aceptar con facilidad las opiniones de otros. Finalmente, porque los rumores dan origen a polarizaciones de grupo; es decir, cuando son difundidos entre un conjunto de personas con afinidades, con frecuencia se termina defendiendo una posición más extremista que la original. Por eso los rumores alimentan teorías conspirativas, que —como expliqué en una columna anterior— se traducen en que algunos hechos inexplicables para quien los afirma, sólo pueden serlo desde la perspectiva de asegurar que alguien con algún tipo de poderes es capaz de incidir sobre determinados efectos. Cuando estas teorías se refieren al funcionamiento de las instituciones, pueden terminar por lesionar seriamente la legitimidad de sus decisiones actuales y futuras.

Una sociedad democrática moderna requiere, para un adecuado escrutinio del poder, promover y proteger la libertad de expresión, incluidas evidentemente las opiniones heterodoxas. Pero no deberíamos olvidar que cuando nos referimos a instituciones públicas, deliberar en base a rumores puede afectar la calidad de la democracia y eso implica un costo que todos debemos considerar.


Disponible en La Segunda