“Saltando sobre el piano”

Estamos ante un severo problema cuando el principal enemigo de la política son algunos de sus más conspicuos protagonistas.

15-01-2017

EL PROCESO y discusión sobre el proyecto de ley para la elección democrática de los intendentes, adquiere su rostro más crudo. Después de largos y sentidos discursos sobre las bondades de la descentralización y cómo esta iniciativa, según muchos, no contribuye al cumplimiento de tan anhelado objetivo, emergen ahora las otras razones que subyacían a tan sentidas aprensiones.

Tal como varias veces se ha sugerido, algunos de los actuales senadores y diputados no veían con buenos ojos la posibilidad de incorporar a otra autoridad local que, en el ámbito de la disputa por la representación ciudadana, pudiera desordenar el rebaño que con tanto ahínco ellos han pastoreado; y, de esa manera, ser una amenaza para su red de influencias locales e incluso que esta mayor competencia pusiera en duda la continuidad de sus cargos.

Pues bien, ya esta semana, en el descaro del debate, algunos parlamentarios se superaron por completo. Después de que inexplicablemente el gobierno les había concedido la posibilidad de que pudieran postular a estas elecciones de representación popular -manteniendo los cargos que actualmente tienen en el Congreso-, cuestión que afortunadamente después fue rechazada en el Senado, ahora se les ocurrió negociar una “excepción constitucional”, por esta vez y solo para la próxima elección, que les permita exclusivamente a ellos gozar de este sorprendente privilegio. Pero atentos a lo siguiente: ¡incluso volviendo a ejercer sus cargos de parlamentarios si es que fueran derrotados en la elección de intendentes!

A estas alturas, ¿qué más se puede decir? Primero, por qué se sorprenden de la paupérrima evaluación ciudadana que tiene la política, cuando su instinto básico, fuera de toda razonable estética, es postergar el interés del país, las regiones, e incluso el de los partidos, poniendo los suyos personales en primer lugar. Segundo, permitir que parlamentarios en ejercicio compitan para otro cargo utilizando todas sus prerrogativas, privilegios y prebendas, atenta contra la igualdad de la competencia, sea o no manteniendo sus dietas y asignaciones. Tercero, para qué decir sobre lo de volver a sus cargos si pierden una elección, cuestión que está vedada para todos los demás funcionarios públicos. Cuarto, qué valoración hay del rol de legislador, si se piensa que se puede pedir permiso sin ser reemplazado. ¿Quién hará el trabajo legislativo en el intertanto? ¿Es tan irrelevante que quizás por eso no importa?

En definitiva, lo más frustrante es preguntarse qué puede justificar la decisión para reformar la mismísima Constitución, permitiendo una excepción para renunciar y eventualmente volver, con un objetivo absolutamente personal y espurio, de ciertos específicos parlamentarios, cuando nunca existió la voluntad, creatividad y votos para reformar nuestra Carta Fundamental en la promoción de otros intereses del país y sus ciudadanos. Estamos ante un severo problema cuando el principal enemigo de la política son algunos de sus más conspicuos protagonistas.

Disponible en La Tercera