“Sequía de acciones; sequía de ideas”

03-03-2015

Enero de 2015 ha sido uno de los meses más cálidos en los últimos años, como uno de los más secos, siendo profecía auto cumplida de lo que muchos de nosotros pregonáramos hace más de 10 años sobre los efectos del calentamiento global en nuestro país.

 

Desde el último reporte del panel intergubernamental para el cambio climático hasta nuestros días, la evidencia sobre el calentamiento global se ha hecho cada día más patente a través de numerosas señales a lo largo y ancho del globo. Largas sequías en territorio de los Estados Unidos y Australia, sumado a las recientes tormentas de nieve, han sido muestras de cómo los eventos extremos se empiezan a dar con cada vez mayor frecuencia dejando de ser algo extraño. Tales eventos, asociados a parámetros y señales ya constantes, como el no bajar de una concentración de CO2 atmosférico de 400 milígramos por metro cúbico de aire, la acidificación de los océanos o las nuevas marcas de altas temperaturas que han superado los registros históricos en distintas partes del globo, son evidencia contundente que lo que en algún minuto se veía algo lejano, ya está ocurriendo, y que su principal efecto es la escasez de agua.

La evidencia en Chile no ha sido la excepción. Enero de 2015 ha sido uno de los meses más cálidos en los últimos años, como uno de los más secos, siendo profecía auto cumplida de lo que muchos de nosotros pregonáramos hace más de 10 años sobre los efectos del calentamiento global en nuestro país. Los resultados de los modelos de distintos grupos de investigación, sumado a la evidencia empírica documentada por distintas instituciones de gobierno, muestran que los impactos a nivel de escasez del recurso, reflejado en años de sequía, se ha profundizado. Es más, el debilitamiento de un esperado fenómeno del Niño no permitió suplir la carencia del recurso hídrico en embalses y reservorios al norte y centro del país, no dando soporte a las múltiples actividades humanas que dependen del este vital recurso. A nivel social, el conflicto por el recurso agua se ha hecho patente en el incremento en el número de demandas entre privados, o privados versus gobierno los últimos cinco años, existiendo evidencia que lentamente el conflicto por el agua será uno de nuestros principales dolores de cabeza a nivel país.

Lamentablemente, los efectos del calentamiento global sobre la disponibilidad del recurso hídrico se enlazan con temas de energía y seguridad alimentaria. Chile, hace no más de 10 años pretendía ser potencia agroalimentaria -algo bastante absurdo ante la evidencia empírica de lo que hoy estamos viviendo- así como el esperar que apuntar a una abastecimiento eléctrico basado en hidroelectricidad es la solución en materia energética para nuestras necesidades.

En este contexto, la forma de abordar la resolución del conflicto ha sido – a mi juicio- de manera política, como una reforma al código de aguas carente de una visión desde el recurso natural, donde éste es más bien visto como un factor de producción que no cambia en el tiempo, en vez de un recurso que variará en los próximos 50 años. En ningún caso tales reformas políticas harán que llueva más o que los reservorios vuelvan a sus niveles normales para dar abasto con la demanda humana y productiva de la cual nuestra economía depende.

Las lan sido lase han superado a los registros histacidifcacia, el no bajar de una concentracis de nieve han sido muestras de c principales reformas al código de aguas propuestas por el Poder Ejecutivo al Código de Aguas vigente apuntan a soluciones de tipo “legales o mercadistas”, entre las cuales se encuentran que los derechos de aprovechamiento de aguas sean temporales, redefinir el concepto de derecho de aprovechamiento, apuntar hacia la caducidad del derecho, prohibir la constitución de derechos de aprovechamiento de aguas en áreas protegidas y glaciares, o categorizar los posibles usos del agua con prioritarios, entre otras. Tales reformas no se hacen cargo de comprender que el problema va más allá de “derechos”, sino que de una vez por todas hay que hacerse cargo de la relación entre demanda por actividades humanas – demanda de agua efectiva- y reservas de agua en cada uno de los cauces de nuestro país. Es más, las reformas apuntan a los derechos que hoy no se han adjudicado -no más del 5% de lo que queda-, en vez de hacer algo con lo ya otorgado, postergando la discusión de fondo.

No conforme con ello, se nombra a un delegado presidencial que poco poder de ejecución posee por no tener presupuesto y no contar con el entramado institucional a nivel de toma de decisiones; algo como lo fue el delegado presidencial de campamentos y aldeas.

En este contexto, la reforma no ha incluido atacar la raíz del asunto: unir el mundo de los derechos y del mercado de agua con lo físico, la disponibilidad de agua a nivel de ecosistemas y su implicancia como recurso para distintas actividades humanas. Aunque usted no lo crea, muy pocas cuencas cuenta con la información disponible y necesaria que permitan una real toma de decisiones a largo plazo, haciendo que el “mercado del agua” transe derechos que en ningún momento pueden representar volúmenes existentes; es decir, un mercado especulativo donde pueden existir mas derechos otorgados que agua disponible. Hoy en los mercados de agua, el precio del recurso no sigue las consideraciones de oferta y demanda típicos, y no reflejan su escasez. En muchas regiones con alto crecimiento en el mundo – y del cual Chile no está ajeno-, el precio del agua es en realidad inverso a su escasez. La desconexión entre el precio de mercado y el riesgo hace que sea difícil de sustentar una modelo economicista para invertir en estrategias de gestión de recursos hídricos del agua, pudiendo incluso alentar el crecimiento en regiones donde el agua es escasa, y por lo tanto, que un crecimiento menos sustentable.

Hoy nadie ha hablado de la determinación de caudales efectivos en cada uno de los ecosistemas para determinar la provisión de agua o de su modelación a futuro para apoyar la toma de decisiones que permitan sostener actividades humanas, como la agrícola o la industrial. El mismo catastro de aguas subterráneas es una caja negra que no sólo oculta los volúmenes de agua disponible, sino también su calidad para ser utilizada para diversos usos. Las acciones han sido reactivas, otorgando subsidios o invirtiendo en obras que pueden transformarse en verdaderos elefantes blancos en un contexto de cambio climático, cuando nadie ha hablado acerca de los “demandantes de agua”, como lo es por ejemplo la agricultura, que consume sobre un 75% de este vital recurso sin hacer hincapié en la palabra eficiencia, muchas veces confundida con “riego tecnificado”.

En este contexto, la ingeniería ha permitido cultivar especies a lo largo del territorio en lugares donde naturalmente no se encontrarían o donde éstas son menos eficientes dado la intensidad de riego que requieren. Por tal razón es posible ver hoy grandes áreas de cultivos tipo monocultivos como si Chile fuera una geografía homogénea y que responden a precios de mercado en vez de tratar de realizar una agricultura inteligente acorde al territorio, ecosistemas y disponibilidad hídrica. Eso ha llevado a otorgar grandes subsidios a riego para especies que no son las más eficientes en ciertos tipos de territorio y que si se promocionara una agricultura acorde a la diversidad de ambientes que poseemos, ésta sería mucho más sustentable en el tiempo.

Más allá de esto, lo que veremos en un tiempo futuro, y con cada vez mayor frecuencia, es algo que ya estamos visualizando en distintas regiones: la migración de diversos tipos de cultivo a especies menos demandantes de agua, pero sin una base científica detrás, ya que lo que más necesita Chile no es más política ni reformas, sino la base científica que permita la toma de decisiones para los próximos 100 años que sustentan nuestra base productiva en vez de mirar este recurso como un factor de producción.

Disponible en Voces de La Tercera