“Tanto va al cántaro…”

01-05-2016

Dirigir los dardos contra el Tribunal, más allá de la forma de elegir a sus miembros, es semejante a culpar al cartero por el contenido del mensaje que entrega.

 

1 DE mayo, día del trabajador, y resulta difícil escribir de otra cosa que no sea el reciente fallo del Tribunal Constitucional. Más que adentrarse en la discusión técnica y jurídica sobre sus efectos, cuestión que además sería algo temerario en la medida que no conocemos el texto de la sentencia, me interesa describir las circunstancias bajo las cuales se llegó a este punto y señalar algunas de sus consecuencias.

Pese a que varios dirigentes políticos se han declarado públicamente sorprendidos, lo cierto es que en privado todos reconocen que este desenlace era altamente previsible. Dada la composición de la instancia que de manera última interpreta nuestra Carta Fundamental, en una lógica ‘binominalizada’ y que pone más el acento en la orientación política que en la excelencia jurídica, lo que debería extrañar es que no se hayan considerado inconstitucionales otras adicionales materias que se sometieron al conocimiento de este tribunal.

¿Significa que el gobierno debió haber modificado su criterio y previamente allanarse a un resultado que sorteara con éxito este último filtro? No necesariamente. Sea por las razones que sea -enclaves autoritarios, ausencia de mayorías o falta de voluntad política- uno de los más severos reproches que se le hacen a la histórica Concertación, es que parecía que la única manera de tener éxito en el ejercicio del poder era gobernar como si no necesariamente se hubieran ganado las elecciones. Visto de esa manera, lo que aquí hubo fue un acto de voluntad que señalizaba en la dirección y profundidad de los cambios que deben introducirse al mercado laboral, aun cuando se sufriera una derrota parcial.

Pero la voluntad rápidamente puede transformarse en voluntarismo, incluso al grado de perjudicar innecesariamente a quienes se dice defender. En efecto, y habiéndose adoptado la decisión de vetar el proyecto por parte del gobierno, el tipo y contenido de esa específica prerrogativa del Ejecutivo resultará fundamental para contar con una pronta legislación que, aunque no siendo todo lo que muchos esperaban, sí contribuya a reducir la gran asimetría que hoy persiste en las relaciones entre empleadores y trabajadores.

Ahora bien, quizás el principal efecto político que le podríamos atribuir a este fallo, apunta a la beligerancia y exasperación que se le añade a nuestro debate constitucional. Dirigir los dardos contra el Tribunal, más allá de la forma de elegir a sus miembros, es semejante a culpar al cartero por el contenido del mensaje que entrega. No es la interpretación sino el objeto interpretado donde radica el principal debate: una Constitución que más allá de delimitar las básicas reglas del juego, se inmiscuye ilegítimamente en la forma con el que los equipos deben jugar, privilegiando y subsidiando el estilo, al mismo tiempo que disminuye cuando no prohíbe el otro. Una Constitución debe regular pero nunca reemplazar la deliberación política, cuestión que la nuestra hace con demasiada frecuencia; y, por lo mismo, quizás por no mucho tiempo más.

Disponible en La Tercera.