Un nuevo amanecer para todos

¿Es posible al sur del Biobío el encuentro y la convivencia intercultural? La escuela de Llaguepulli demuestra que si lo es.

24-06-2015

A comienzos de semana estuvimos con mi familia en el lof de Llaguepulli,sector norte de la comuna de Teodoro Schmidt. Allí, a orillas del hermoso lago Budi, celebramos el Wiñoy Tripantü junto a los niños y apoderados de la Escuela Kom pu Lof Ñi Kimeltuwe, un novedoso proyecto educacional mapuche-lafkenche  fundado el año 2006 y que demuestra que la autogestión mapuche si es posible. Y también el bilingüismo. Y la autonomía territorial.
Y es que la “Kom pu Lof”, como la conocen todos en el sector costa, no es una más de tantas escuelas subvencionadas que existen en zonas rurales. Su historia es de lucha y organización. Fue en 2005 cuando las familias dijeron basta y decidieron recuperar un establecimiento por décadas en manos de la Iglesia Católica. Se trataba de un viejo recinto, casi abandonado, donde el único libro disponible para los alumnos era muchas veces la Biblia.Un pequeño grupo de profesores mapuche tomó la iniciativa. Y con la comunidad, avanzando codo a codo, su lucha se volvió imparable.

A una década de aquella gesta, “Kom Pu Lof” es hoy el único recinto educacional administrado por una comunidad indígena en Chile y su matrícula supera el medio centenar de estudiantes, en su mayoría vulnerables. Por si no bastara, su currículo de estudio, avalado por el Mineduc, contempla la enseñanza de la lengua, cultura y cosmovisión mapuche. Y ya no desde el folclore sino desde la vivencia práctica y cotidiana de sus alumnos. Desde el ser y no desde el parecer. O lo que es lo mismo; desde una ética y no desde la estética.

“En nuestra escuela para el Wiñoy Tripantü nadie se disfraza de mapuche; acá somos mapuche y todos los días del año”. Con estas palabras el lonko Jorge Calfuqueo, dirigente de Llaguepulli y profesor de la escuela, explicó a todos los asistentes el real trasfondo cultural de la ceremonia que se inició el lunes poco después del amanecer.  No, no se trata del “Año Nuevo” occidental y su fiesta de los abrazos. Tampoco de salir a recorrer maleta en mano los potreros más cercanos. O de llevar bajo la manta –para la buena suerte- alguna prenda de ropa interior amarilla. Y mucho menos, valga la aclaración, del publicitado San Juan de los católicos.

“El Wiñoy Tripantü es un nuevo ciclo que comienza, un renacer para la Tierra y con ella de todos sus hijos. Es una fecha de renovación y de reafirmar como mapuches un compromiso”, subrayó el lonko ante todos los presentes. Sus palabras, en perfecto mapuzugun y español, no fueron pronunciadas desde el emplazamiento, la crítica o el reclamo contra otros. No, en absoluto. El lugar desde el cual se situaba el lonko para dirigirnos la palabra era otro.Era el lugar de la pedagogía, el cariño y sobre todo del respeto. Sabias palabras de un tremendo dirigente.

Si bien el frio calaba a ratos hasta los huesos, ninguno de los asistentes se restó de las rogativas que comenzaron –ya lo dije- a tempranas horas. Tampoco del juego del palín o de las presentaciones artísticas preparadas con esmero por alumnos y profesores de la escuela. Nahuel Attón Cayuqueo, mi sobrino de 9 años, uno de ellos. Aquella mañana, por primera vez en su vida, Nahuel bailó la ceremonial “danza del choike” frente a sus compañeros y las familias de Llaguepulli. Fue un momento especial, emotivo, tanto para él como para mi hermana Alejandra, su madre; el Inti su hermano mayor; y Ayelén, su revoltosa hermana chica y también alumna del establecimiento.

Junto a Nahuel, muchos otros niños y niñas, entusiastas, risueños y libres, estrenaron canciones en la lengua de sus abuelos. Y divertidas actuaciones sobre un improvisado escenario montado en la cancha de tierra del recinto. Qué duda cabe. Ellos representan, en este Wiñoy Tripantü, los nuevos brotes anunciados por el lonko Jorge en aquel bello rincón del Wallmapu. La savia nueva de un pueblo que pese a todo, resiste. Y no solo eso; que también es capaz de soñar y tomar –de ser necesario- hasta el cielo por asalto.

¿Es posible al sur del Biobío el encuentro y la convivencia intercultural?La escuela de Llaguepulli demuestra que si lo es. Y es que no solo niños y niñas mapuches pueblan alegres a diario sus aulas. También lo hacen niños no indígenas, hijos e hijas de familias campesinas chilenas, vecinos o parientes de los miembros de la comunidad y que valoran el proyecto educacional del recinto. Si, en Llaguepulli es posible escuchar a niños noindígenas hablando mapuzugun en los recreos. O bromeando con sus compañeros lafkenche en una lengua de siglos.
A pequeña escala, los dirigentes y las familias de Llaguepulli nos demuestran a todos que una convivencia interétnica respetuosa no es una utopía. Sobre todo cuando ella parte del respeto,  la valoración real por la cultura del otro y no desde el paternalismo, la folclorización o la foto exótica en el Facebook. Mucha falta hace en La Araucanía –y por lo visto en las últimas semanas en la propia ciudad de Temuco- aprender a convivir entre culturas. Ser capaces los chilenos de cruzar el puente cultural que los separa de sus vecinos mapuches. Existe, al otro lado, todo un mundo con el cual poder maravillarse. Y a través de ello, crecer como personas y como sociedad.

“El Wiñoy Tripantü no es solo de los mapuche, es una fecha que debiera ser de celebración para todos los habitantes del hemisferio sur, sean indígenas o no”, me dijo años atrás Armando Marileo, destacado dirigente y profesor, también de la zona lafkenche. Razón tiene el peñi Marileo. El Wiñoy Tripantü es quizás la mejor excusa para el intercambio, la pedagogía y el cariño entre ambos pueblos, entre ambas sociedades.

En Llaguepulli las familias lafkenche lo están haciendo y la mayoría del tiempo en completo silencio. Sirvan estas letras que hoy escribo como un homenaje para todos ellos.


Disponible en Voces de La Tercera