“Un retiro sin honores”

Pese a las abismantes diferencias ideológicas y a su estilo tan autoritario como mesiánico, siempre me pareció loable esa dosis de indolenci

14-03-2016

Este  miércoles Pablo Longueira renunció a la UDI. En un acto cargado de un simbolismo dramático y teatral, uno de los íconos de la política de la transición representaba su propia crucifixión, no sin antes fustigar duramente a la prensa y arengar a los suyos por el difícil momento por el cual atraviesan. Confieso que Longueira es de aquellos políticos por el cual siempre tuve algo más que simpatía, al que varias veces alabé y sus fallas también relativicé. Pese a las abismantes diferencias ideológicas y a su estilo tan autoritario como mesiánico, siempre me pareció loable esa dosis de indolencia frente al qué dirán, el que a tropiezos y sin mucha elegancia intentaba rescatar esa cuota de voluntad y visión que hace rato se extravió en una actividad que está más convertida en un concurso de popularidad.

Nada de lo anterior puede oscurecer el reproche de comprobarse los hechos que se le imputan, los que no solo con los ojos de hoy, sino también con los de ayer, merecen un unánime repudio. El exsenador, ministro y precandidato a la presidencia, como tantos otros en su transversal generación, terminaron por sucumbir a la droga que para muchos representa la influencia; borrachos de poder, sellando el destino de tantos y auto asignándose una posición y rol -nada menos que una misión en este caso- que no solo los habilitaba para pontificar y decidir sobre los demás, sino peor, los excusaba de reparar en los límites legales y éticos para cumplir y prolongar dicha función. De esa manera, él, como varios, sin quererlo incluso, terminaron por consumar la peor de la traiciones: aquella que supone apropiarse del proceso de deliberación colectiva, privatizando el espacio público, olvidando las razones que los llevaron a desarrollar esta actividad y confundiendo los mandantes a los que se debía servir.

De mala forma y manera esta semana Longueira enfrentó a la opinión pública. Desconoció sus faltas, culpó a otros por la situación que hoy padece, en una escena destemplada, fuera de lugar y cuyas imágenes a ratos resultaban grotescas. Pero a diferencia de muchos, el otrora todopoderoso Coronel sí dio la cara y anunció que dejaba el partido político que contribuyó a fundar. Y aunque a muchos podrá resultarle poco, insuficiente o incluso irrelevante,  es palpable el contraste con la indignidad de tantos, en todo el espectro político, de forma individual como colectiva, que han relativizado las acusaciones que se les hacen, modificado varias veces los criterios para evaluarlas o que incluso han tenido la obscenidad para justificar las faltas y delitos propios o de sus correligionarios.

Mención aparte el tema de la prensa. Responsabilizar a los medios de comunicación por lo que está ocurriendo, es como culpar al niño de aquel cuento que gritó “el rey está desnudo”. Lo que sí podría apuntarse sobre la indecencia y miserias del gremio, es la vergüenza que deberían sentir los periodistas que, a estas alturas, aceptan sentarse, cubrir, publicar o comentar el fondo de una conferencia de prensa donde no se aceptan preguntas.


Disponible en Voces de La Tercera.

* Fotografía La Tercera.